Bajo el hechizo de la ciudad
La
obra Libro de los pasajes de Walter Benjamín
dilucidaba aquella relación que el capitalismo desarrollaría, casi de forma somática,
en las ciudades. Benjamín recurre a la figura de flâneur de Baudelaire que, alejado de una simple crítica, decide mezclarse
para revelar el sentimiento de alienación que aqueja a las ciudades; “El flâneur
adopta la forma de explorador del mercado. Es al mismo tiempo el explorador de
la multitud.”
Las
descripciones de los pasajes parisinos adornados con vitrinas, construcciones
ostentosas el fluir de las personas que paseaban delante de los objetos simple
mente como deleite; apunta a el quehacer de las ciudades destinadas a el
mercado y una estética de artificio:
“Estos
pasajes, una nueva invención del lujo industrial, son galerías cubiertas de
cristal y revestidas de mármol que atraviesan edificios enteros, cuyos
propietarios, que reciben la luz desde arriba, se alinean las tiendas más
elegantes, (…) en el que comprador ávido encontrará todo lo que necesita.”
La
ciudad no solo ofrece su arquitectura a la clase burguesa, sino que de forma
voraz convirtió los espacios en grandes almacenes o bodegas, como la llama Benjamín,
que no solo se muestran objetos bajo un
aura solemne más bien, convierte en mercancía a quienes habitan en ella en
objetos de consumo y deseo. Las ciudades que son descritas en las citas de
Benjamín mantienen un sentimiento de vacío, el acelerado cambio de los paisajes
citadinos genera en los parisinos el sentimiento de no pertenencia.
De
acuerdo con Henri Lefebvre, filósofo y urbanista, en la actualidad nos
encontramos ante la desaparición de espacios de encuentro que con rapidez son
sustituidos por plazas comerciales o espacios artificiales que tienen como
finalidad vender productos, acompañada siempre de una imperiosa industrialización.
Los objetos también nos otorgan un sentido de pertenencia, pero su corta vida y
el imperativo de lo nuevo no permiten crear una correspondencia en nuestros
espacios y objetos.
Las imágenes mentales a la que nos remonta Benjamín
nos marcaba las pautas de las ciudades industrializadas que aludiendo a Marx,
el fetichismo de la mercancía va más allá de la relación del trabajador con los
productos de su trabajo, se convierte a sí mismo en mercancía para grandes
masas:
“La
multitud hace nacer en el hombre una especie de embriaguez acompañada por
ilusiones muy particulares (…) Ahí es donde se manifiesta, en el corazón de la flânerie,
una fantasmagoría angustiosa. El individuo así presentado en su multiplicación
como siendo siempre el mismo testimonia la angustia del habitante de la ciudad.”
La fantasmagoría supone un espejismo,
es decir, la representación estética de las apariencias en las ciudades nos
mantienen en un hechizo del engaño. La fantasmagoría, de acuerdo con Benjamín
forma parte de la sociedad, oculta pero a su vez devela su apariencia por lo
que la figura de Baudelaire es importante como aquel que captura en alegorías
el doble sentido de la palabra, danza sobre las ciudades develando la
alienación: “Baudelaire califica de
infernal el aspecto de esta procesión. Pero lo nuevo que él ha acechado toda su
vida no está hecho de otra manera distinta que esta fantasmagoría del “siempre
lo mismo”.


Imagino que deambular por las plazas comerciales que tenemos ahora aún suscita el mismo asombro que aquel del que habla Benjamin, asombro mezclado con ansiedad, con angustia, con una exaltación que no sabe resolverse entre deseo de acercamiento o la distancia melancólica que emplaza la compra porque, a fin de cuentas, no podría ser saciado el deseo de una fantasmagoría.
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