Alejandra Pizarnik.
Que belleza guardan aquellos que no encuentran su lugar entre la gente; no es soledad, es un privilegio no encajar
Cuando regreso a Buenos Aires, publico
sus obras más destacadas como Extracción de la piedra de la locura (1968)
y El infierno musical (1971). Paso sus últimos días internada en un
centro psiquiátrico por crisis depresivas frecuentes e intentos de suicidio.
Finalmente se quito la vida el fin de semana el 25 de septiembre de 1972 en su
casa a los 36 años.
En su obra “La condesa
sangrienta”, habla acerca de los métodos de tortura que usaba la condesa Báthory
para torturar a sus sirvientas, Alejandra menciona la melancolía del siglo XVI que
representaba la condesa, pero a mi parecer también representa la melancolía que
tratamos en el curso. Esto debido a la imagen de persona detenida en el tiempo
que no sabe que hacer y se limita a ser. La obra dice:
“Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre por esa inercia. Éste quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro; matarlo, entonces, habría exigido matarse. Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y espejos que es el alma de la melancolía. Y más aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá de retornar a la inmovilidad y al silencio. La cajita de música no es un medio de comparación gratuito. Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto. De allí que ese afuera contemplando desde el adentro melancólico resulte absurdo e irreal y constituya “la farsa que todos tenemos que representar”. Por un instante- sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia-, el ritmo lentísimo del melancólico no solo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; y el yo vibra animado por energías delirantes. Al melancólico el tiempo se le manifiesta como suspensión del trascurrir- en verdad, hay un transcurrir, pero su lentitud evoca el crecimiento de las uñas de los muertos- que precede y continua a la violencia fatalmente efímera. Entre dos silencios o dos muertes, la prodigiosa y fugaz velocidad, revestida de variadas formas que van de la inocente ebriedad a las perversiones sexuales y aun al crimen. […]” Alejandra Pizarnik. La condesa sangrienta.
Bajo los ojos de Pizarnik, hay un
yo inerte que hay que liberar, un yo inerte que sufre a través del yo de afuera.
Es el que siente el tiempo pasar tan lento y el que vive la vida monótona. El yo
inerte sabe que hay maneras de salvarse, pero estas o son temporales o llevan a
la muerte. Los “remedios” son solo para disfrazar el problema, para esconderlo
por un momento, son fugaces y momentáneos, pero parecieran conectarnos también con
el afuera del que estamos alejados. En el afuera esta esa alegría y brillantez
que Alejandra representa con la cajita de música y que en los ojos del melancólico
es absurda e irreal. El afuera para el melancólico es una farsa constituida por
todos, como si fuera una obra de teatro pero solo el melancólico es consciente
de que lo que esta usando es una máscara.


Sobre tu texto me llama la atención la noción de temporalidad que rescatas de Pizarnik, esto es, el sosiego del melancólico en contraposición con el frenesí de la vida misma. Intuitivamente parecería que no hay una reconciliación entre ambos, pero tal como lo describes hay una breve reconciliación, aquel momento en que el melancólico cruza la frontera y permite el intercambio vivencial.
ResponderEliminarEl Renacimiento ha sido visto, innumerables veces, como el siglo de oro de la melancolía. Lo hemos comentado ya en el curso, pero lo dejo escrito ahora aquí. ¿Es del todo una coincidencia la efervescenia del furor melancólico y la crisis del sistema de producción feudal, y el surgimiento del capitalismo?
ResponderEliminarLa "communitas" feudal colapsó ante el atractivo de una forma de ser egoica y autodeterminada (prima facie). Los barbarismos de Erzeberth Bathory no son más profundos que los de la caza de brujas, o la matanza de bogomilos... es sólo que la falta está iluminada por la atribución a un espacio egoico, justo ese que señala Pizarnik como mundo interno. Uno de los dramas del mundo moderno es, sin duda, la falta de sincronicidad entre eso que llamamos "afuera" y el mundo interior, y el problema aumenta ante la sensibilidad de mundos subjetivos tan intensos como el Pizarnik, condenados a perder la sincronía con la mascarada de la comunidad.
Finalmente, sobre los "remedios fugitivos", claro, una vez más, como en Aristóteles y su problema XXX, la narrativa sobre los males melancólicos colinda con el furor sexual, pero sobre esto tengo menos ideas claras, pero alcanzo a ubicar la relevancia del cuerpo como territorio de tentativas ontológicas, y escribo "tentativas" porque eso me parecen, la noción de cuerpo, de placer corporal, no es suficiente para lanzar el vade retro a un río que se desboca en el precipicio de las ilusiones.