Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.
—Nietzsche, Friedrich, Más allá del bien y del mal, §146
Nuestro presente es un presente disociado de su propio tiempo, o diciéndolo en otras palabras: lo «contemporáneo» no parece tener una presencia real en nuestra época. Suena paradójico, pero podemos afirmar que en la cultura nos estamos enfrentando a un atasco bastante particular, uno que nos ha condenado a repetir las formas exitosas del pasado. No estamos a la altura de los tiempos, por lo menos no en el sentido de que nuestro presente, posterior a la década de los noventas, parece que no ha logrado marcar una verdadera ruptura cultural respecto del pasado. No hemos presenciado productos culturales radicalmente diferentes de los que ya conocíamos desde la segunda mitad del siglo XX. Fisher, sobre esto, apunta que la música es especialmente llamativa porque muestra con claridad que nuestro presente no es innovador. En el pasado, era común observar que la música desarrollada en cada década lograba superar con creces las expectativas del futuro. El Rock n' Roll, por ejemplo, se vio superado por la música disco de los setentas; a su vez, la música disco de los setentas se sentía anticuada cuando se le comparaba con el metal naciente de los ochentas. Las expectativas del futuro parecían quedarse cortas frente a lo que el porvenir realmente nos traía. Sin embargo, esto no se mantendría por siempre. Después de la disolución del Estado de Bienestar, aproximadamente en los ochentas, la realidad cambió: la música no lograba superar las expectativas esperadas. Mientras que en el pasado la cultura del futuro ofrecía una grata sorpresa, en el presente, y desde los noventas, lo que vivimos en la contemporaneidad no es más que decepción, decepción por las grandes expectativas de un futuro que al final no emerge en el presente.
Esta situación tan extraña de la cultura se ha extendido por nuestras vidas. El sentimiento de que nada en la cultura cambia actualmente como sí lo hacía antes nos ha entregado a una expectativa negativa sobre el futuro —entiéndase no algo malo sobre el futuro, sino cierto sentimiento de apatía—: ya no esperamos nada, o esperamos más de lo mismo. Esta experiencia es tan común que se ha naturalizado en nuestro mundo social. Nadie cree realmente y de corazón que tendremos otra vez un grupo como The Beatles o su música, por lo menos no en mucho tiempo. Esa emoción y esas ansias que tenía la gente de antaño por lo que el futuro les podría traer se ha transformado en indiferencia y desinterés. En cierta medida, la observación de Jameson sobre el pastiche se ha convertido en la realidad omnipresente de la producción cultural contemporánea, pues, ciertamente, lo que nos ofrecen hoy en día no es más que el refrito, por decirlo de algún modo, de lo que ya se ha presenciado en el pasado, pero con un agregado de actualizaciones para que no se sienta una especie de desagrado por la recuperación de lo que, ahora, es arcaico. La realidad de la cultura del presente, entonces, no es más que la reconstrucción actualizada de un pasado que nos sigue persiguiendo. Por esta razón es que Fisher se refiere al espectro para caracterizar la naturaleza cultural del presente. En efecto, el espectro, en una de sus acepciones filosóficas, se entiende como algo que, en estricto sentido, ya no es, pero que sigue teniendo cabida o presencia a través de una realidad virtual. El pasado y su legado cultural es ese espectro que, aunque su realidad temporal ya se agotó, sigue manifestándose y reapareciendo continuamente para recordarnos que no hemos podido ofrecer una identidad propia de lo contemporáneo. Así, podríamos entender que no tenemos un presente realmente presente, o, en otras palabras, que nuestra circunstancia es tal que la realidad de nuestro presente consiste simplemente en un pasado espectral.
Todo esto nos muestra que la pérdida de utopías se acompaña también de la pérdida del futuro. El neoliberalismo se diseminó por todos los rincones, y desarticuló no solo a la sociedad como conjunto de individuos, sino también a la cultura. Y no es de extrañar, por lo menos no si tenemos en cuenta la apreciación que ya hacía Debord hace casi sesenta años, cuando decía que el capitalismo ha ido mutando y evolucionando para adaptarse a las diferentes épocas de las que ha tenido poder. El capitalismo se convirtió en imagen, pero en imagen no en el sentido más coloquial del término, sino de la espectacularización, ese nombre tan específico a la vez que ambiguo del capital. El totalitarismo acaparador del capital avanzó hasta nuestras vidas de un modo imprevisto, pero que le fue de suma utilidad para controlar la individualidad de las personas, como es el caso del entretenimiento. Las ganancias y la producción ya no son solamente las de la industria o el trabajo en general, pues el espectáculo ha hecho del entretenimiento un punto importante de nuestras vidas para explotar y capitalizar hasta con el tiempo libre. Por eso es entendible que la vida actual busque incesantemente el descanso, el ocio y el entretenimiento, pero siempre con miras a la atomización social, a la desarticulación de la lucha y la resistencia organizada. En tanto tal, esta nueva etapa que nos toca vivir fomenta un ethos individualista, tanto en lo político como en lo social. Por esa razón es que trazo el vínculo entre la espectacularización de la sociedad y el neoliberalismo, porque entiendo que ambas cosas no son tan diferentes porque ambas implican la necesidad del individualismo. Tatcher, como una de las grandes exponentes del neoliberalismo, afirmaba que «no existe la sociedad»; en su lugar, el espectáculo, en su lógica del modelado del sujeto, llevó a cabo lo necesario para que esa afirmación tuviese sentido. Los automóviles son, en esa lógica de atomización, la expresión de la necesidad de desarticulación del proletariado: como vehículos privados, separan de toda la cantidad de experiencias y de intercambios con la clase trabajadora para consigo misma. Y por si no fuese suficiente, ese impulso de llegar lo más pronto posible a casa, al fin de semana, a las vacaciones, etc., es otro recurso del espectáculo para sumir a las personas subalternas al consumismo y a la sumisión ante el capitalismo. Los gestos de las grandes estrellas, o ahora influencers, son nuestros gestos; su función, por tanto, es como la de los espejos. Por ello, la lógica espectacularizante del entretenimiento en el capitalismo contemporáneo es también la de la subjetivación, esto es, un módulo de control y de construcción de la subjetividad.
El panorama, con todo, es duro de afrontar. Parece ser que nuestra historia, como la historia de la clase trabajadora, se ve sumergida nuevamente en el fracaso. Ahora más que nunca, incluso más que en las épocas de Debord, el espectáculo es la ley de nuestras vidas. Las redes sociales y la cultura de lo digital abarcan muchísimo más de nuestra vida que hace 20 años. Y hoy más que nunca experimentamos el martirio de ese espectro del pasado, de esa mezcla de fórmulas ya conocidas del pasado con actualizaciones del presente: no parece que podamos tener innovación musical por un buen tiempo todavía. La enfermedad del capitalismo se ha enraizado en lo profundo de nuestro ser, tanto en lo personal como en lo histórico y lo cultural, cosa que ha generado un monstruo. Este monstruo, a mi parecer, es el monstruo de lo que es y lo que no ha sido, al mismo tiempo, pero en diferente sentido. Es el monstruo de lo que es, porque comprendo que el presente, en cuanto a lo que es, sigue arrastrando ese pastiche monstruoso del pasado espectral. Pero es el monstruo de lo que no ha sido porque seguimos estando a la espera, desde finales de los ochentas, de un futuro que no logra aparecer todavía. Seguimos esperando, o buscando la manera de traer, esa revolución que desde 1968 no se consolidó y que siempre hemos querido, una que nos logre sacar del atasco cultural y la melancolía de la que nos hablaba Wendy Brown, esa melancolía que debemos enfrentar con fuerza para superarla mediante el duelo productivo. Porque, sin duda, de momento sólo podemos observar al monstruo y darnos cuenta de que él ha impedido, en cierta forma, que el siglo XXI nazca conforme a nuestras expectativas. Se puede sostener, por consiguiente, a pesar de la perplejidad que puede ocasionar una afirmación como esta, que el siglo XXI no ha tenido lugar, o, lo que es lo mismo, que vivimos en el siglo XXI aunque dicho siglo aún no haya comenzado. Por ello, y haciendo eco del título de un libro, el monstruo de nuestra centuria nos dice: «“Yo soy el monstruo que os habla”: el siglo XXI no ha tenido lugar, no todavía».
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