Ni de aquí ni de allá.
Ser de aquí y de allá es estar suspendida entre mundos que no terminan de aceptarte por completo. Crecer con un pie en cada país es una suerte de condena silenciosa. He estado siempre una especie de limbo identitario, donde no pertenezco por completo a ninguno de los dos lugares que me daban nombre. En cada uno de esos mundos, las expectativas son claras: si eres de aquí, deberías ser así, comportarte así, pensar así. Pero ¿qué pasa cuando no encajas por completo en ninguno de esos moldes? Lo que pasa es que quedas flotando, sin un sitio definitivo en el que poner los pies.
El concepto de identidad, de ser parte de un lugar, de sentirse arraigado a algo, se vuelve difuso. Como una planta que crece sin poder echar raíces profundas, te adaptas, pero nunca del todo. Es como si una parte de mí estuviera siempre mirando hacia atrás, hacia lo que dejé, mientras la otra parte avanza, siempre buscando encontrar un lugar que me reciba completamente. Pero, ¿Qué he dejado?, nada en realidad. ¿Hacia dónde voy? Hacia ningún lugar.
En Gaza ante la historia somos invitados a reflexionar sobre la memoria, sobre cómo el pasado se construye de acuerdo a quién lo narra. En mi caso, mi historia está fragmentada. Dos historias, que tratan sobre partes de una persona, dos tradiciones que nunca se fusionan del todo. Cada una con una visión distinta de lo que debería ser, pero ninguna de lo que es. Como en el caso de Gaza, donde las luchas y los relatos se multiplican y se entrelazan, mi vida también está marcada por esa multiplicidad, por ese ir y venir entre dos mundos, que no son completamente míos. A veces, esa fragmentación se siente como una ausencia, como una lucha interna por construir una identidad que nunca será completamente una o completamente otra.
¿De dónde eres?, me preguntan pero la respuesta no es sencilla. ¿De qué país hablo? ¿De dónde pertenezco? ¿De dónde viene realmente mi ser, mi historia, mi vida? No es solo una cuestión de ciudadanía, sino de pertenencia, de ser aceptada, de sentir que tu nombre tiene un eco en algún lugar específico. Pero ese eco se diluye cuando respondo “de aquí” y esperan que pruebe que soy de aquí, donde sea que sea aquí. No puedes abrazar una cultura porque eres extraña”, como ajena.
Mientras mi cuerpo camina por calles que parecen pertenecer a otro, mi mente vaga entre recuerdos de un hogar que ya nunca ha existido como tal, dividido entre dos mundos que no terminan de aceptarme, como si siempre faltara algo. Esa falta de identidad se convierte en un espacio que, aunque doloroso, también es liberador. Es un lugar donde no se espera que encaje, donde no tengo que ajustarme a una narrativa predeterminada. En ese vacío, tal vez, pueda encontrar mi lugar, un espacio que no sea de uno ni de otro, sino uno que me pertenezca a mí.
Ser una persona con dos nacionalidades es entender que no se es de un solo lugar. Es aceptar que la identidad no es un concepto fijo, sino un campo en disputa, que puede ser moldeado por las historias que decimos, por las memorias que elegimos preservar. Como en Gaza, donde la historia nunca se cuenta de una sola manera, mi identidad también se construye a través de esas tensiones, de esas rupturas y encuentros, de los lugares donde no soy completamente bienvenida, pero también de los lugares donde puedo finalmente ser yo misma, sin etiquetas, sin fronteras.

Comentarios
Publicar un comentario