Lo que la melancolía da

 

Fácilmente, a lo largo del día todos los días me encuentro con cosas que no me parecen, como todos. Puede ser algo en el comportamiento de la gente, puede ser algo en las estructuras de los edificios, algo que esta a la venta en alguna tienda o anuncio o bien, algo que surge de mi como un reflejo. Mucho tiempo creí en la lucha contra problemas específicos para mejorar las distintas situaciones: es lo que se enseña. Así en la escuela como en la casa. Es también la forma en la que se postulan candidatos del gobierno.

 La cosa cambia cuando, por alguna casualidad, en algún lugar se escucha alguna vocecita que propone algo diferente y raro: culpa al sistema. También por alguna casualidad es que se toma, si no enserio, al menos no como mentira lo que dice esa voz y se usa, primero muy conscientemente y luego automáticamente, como herramienta de interpretación de la vida diaria. Se empieza por ver algo, cuestionarlo, ver sus problemas e investigar lo que lo une a ese mágico todo culpable. Es fácil encontrar los hilos.

El sosiego que brinda el saber me viene también acompañado del desconsuelo de no saber compartir lo que sé con cualquier persona, que estas cosas que tienen tanto sentido al aparecer complejas y llenas de palabras extrañas que intentan articular algo invisible sean tan sencillas de desestimar como teorías de conspiración.

También la gente en general se da cuenta de que hay cosas que están mal, pero sus humores están orientados de otra forma: aunque yo también padezco la melancolía pasiva que me inspira a no pararme de la cama (porque las ideas conquistadas hace mucho vuelven a atacarnos cuando estamos cansados y yo seguido estoy cansado) también conozco y soy abordado por la melancolía políticamente cargada que le gustaba a Benjamin. Me resulta de lo más vigorizante espiritualmente creer en las potencias que hay en la humanidad de cambiar las cosas. De alcanzar otras realidades. En este gusto hay mucho amor y mucha voluntad, fe, que en efecto es muy parecida a una religiosa, pero mucho más arriesgada.

Es necesario regresar la utopía al pensamiento de la gente, aunque en un principio, a causa del realismo capitalista, parezca ficción y buena voluntad. Recordar los viejos futuros perdidos y cargarse políticamente.

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