Los límites transgredidos: breve diagnóstico transformador de una izquierda moribunda
Lo que viene al mundo para no perturbar nada no merece consideración ni paciencia.
—René Char
Actualmente vivimos una época muy convulsa, tanto por el auge de las derechas populistas, neoliberales o neoconservadoras, como por la izquierda reaccionaria. Por un lado, las derechas acusan, desde la conspiración, a las izquierdas de extenderse por el mundo debido a la implementación de políticas, a su forma de verlo, «progresistas» o por medio de instituciones internacionales que, supuestamente, quieren imponer el socialismo a nivel mundial. Por otro lado, las izquierdas reaccionarias se la pasan atacando a las organizaciones de resistencia al poder micropolítico —las llamadas «políticas de la identidad»—, acusándolas de ser organizaciones o formaciones sociales aburguesadas, ideológicamente compatibles con el capitalismo y de «haber fragmentado» la organización, que antes era homogénea según sus pareceres, del proletariado.
Esta situación es paradójica y curiosa, precisamente porque las críticas por ambos lados se sostienen por razones contrarias: un lado considera que la izquierda avanza apabullantemente por el mundo y que hay que ponerle un alto para regresar a las tradiciones y las «buenas costumbres»; el otro, por su parte, cree que la ideología burguesa, de derecha, se está colando en las luchas de izquierda al grado de que ya no hay unidad en la izquierda. Ambas partes, entonces, observan en el panorama actual cosas opuestas la una de la otra, puesto que las derechas consideran que las políticas de la identidad están excesivamente encerradas en el compromiso político promoviendo «ideologías» que tienen por objetivo el destruir a Occidente, mientras que las izquierdas reaccionarias afirman que las políticas de la identidad están despreocupadas casi por completo del compromiso político, dedicándose a discutir nimiedades o enfocándose en cosas de «nulo valor» en lugar de luchar por los «verdaderos oprimidos», por lo que estarían, al final, manteniendo el sistema opresor que caracteriza a Occidente.
Según Wendy Brown, el tradicionalismo en la izquierda no es algo realmente nuevo, pero sostiene que en estos tiempos ha ganado fuerza debido a las insuficientes medidas tomadas por la izquierda ante el crecimiento de los neoconservadores, al desarrollo de las políticas culturales y al fracaso del proyecto emancipatorio socialista del bloque soviético y el consecutivo descrédito en el que cayó, con él, todo discurso de izquierda. Al mismo tiempo, la mezcla de ese tradicionalismo con la pérdida de expectativas realmente sólidas en la superación del modo de producción capitalista traen por consecuencia a una izquierda que palidece ante su incapacidad para producir verdaderas alternativas al contexto histórico y sociopolítico que vivimos, viéndose en la necesidad, siempre melancólica, de querer señalar a otros grupos de izquierda que no se apegan a su tradicionalismo. En sintonía con eso, dice Brown, Hall interpretó que nuestra circunstancia es crítica porque la izquierda no ha sabido estar a la altura de los tiempos, no haciendo otra cosa que enfocarse para contemplar los modelos que no supieron interpelar al grueso de la población del pasado añorando una revolución que nunca sucedió.
Es por todo esto que Brown nos propone superar esa melancolía de izquierda, una melancolía inerte y estéril que sólo conduce a la inacción y al encierro academicista que se consuela con apegarse incesantemente al análisis político sin dar el siguiente paso. Nos invita a desechar todos los hábitos de la izquierda reaccionaria y tradicionalista para tomarse en serio la lucha por la transformación, una que de verdad pueda trastocar la profundidad de lo social, su raíz. No se trata de buscar refugio en un pasado que nunca se concretó, sino en replantearnos y comprometernos a examinar y analizar detalladamente los sentimientos que nos empujan a la melancolía de izquierda para poder superar y darle la vuelta a ese conservadurismo que se disfraza de lucha revolucionaria. Tenemos que aprovechar las herramientas que tenemos a disposición para conseguir la lucha radical. Recordemos que, en el fondo, el que hayan saltado a la arena pública y que hayan tomado el poder figuras como Milei, Trump, Bolsonaro, etc., es un síntoma, no la causa de la enfermedad. Así como el fascismo no fue una casualidad histórica, sino la reacción y la respuesta del propio sistema a la lucha obrera para frenar su avance geográfico e histórico, el neofascismo que nos toca observar de primera mano, tanto por la izquierda tradicionalista y reaccionaria como por la derecha, no es un accidente: se trata de la respuesta que la sociedad ofrece en su proceso de fascistización ante el fracaso de la izquierda provocado por seguir insistiendo en la necedad de renunciar a querer comprender el espíritu de la época que le toca vivir.


Un reflexión genial. Coincido contigo en la necesidad de una lectura de lógica cruzada, de impugnación de las inercias identitarias y del reconocimiento de la mismidad en la otredad. Lo que te choca te checa, vox populi). Es necesario perturbar todo régimen de identidad (me vienen a la mente personas que han logrado sobrevivir a los encantos de una vida "congruente", léase: identitaria, ensimismada, ocluida y, sobre todo, oportunista). ¡Vaya mundo en el que la idea de estar liberado (red pilled; woke…) es peyorativa! La lucha de clases ahora es lucha de identidades, que, por otro lado, emergen desclasadas, operando identidad a través de los encantos del asistencialismo (al que, ni izquierda ni derecha, nunca se abdicará). Tal vez sea útil, una vez más, recuperar el trabajo impolítico, ese que "des-obra", "in-opera", "in-utiliza" porque la singularidad no es patrimonio del pensamiento burgués sino un punto álgido de la capacidad de resistencia.
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