Apuntes de nihilismo y melancolía en la izquierda

 



Quien pretenda participar, ser testigo del juego de la política contemporánea, en especial aquel que se cobije bajo el escaparate de esa angustiosa, siempre lejana palabra –izquierda- ha de afrontar una multitud de paradigmas que tal vez no fueron muy contemplados hace cien años. Seré honesto con vos: la teleología proveniente de esas propuestas afines es como un ave de alas ralas que vuela un instante en el firmamento, antes de desaparecer de la vista. ¿Acaso se estrelló, perdió de súbito su cuerpo en una noche eterna? Incluso algunos trataran de afirmar que el ave nunca partió, como si ello brindase el consuelo de pensar que aún puede.

Pero si uno es generoso –o cruel- puede tomar a los ejemplos facticos de los grandes proyectos del siglo pasado y analizar la decepción: o no funcionaron ante las expectativas teóricas supuestas y mutaron en un modelo de mercado liberal o cedieron ante la presión en la lucha por la hegemonía. Como un tren que parte sin horario de retorno, las condiciones de posibilidad que facultaron tales intentos han partido.

Si uno asume la carencia de un horizonte teleológico, se es presa ideal para el nihilismo, sin por ello quedar absuelto de las condiciones socioeconómicas que permiten la subsistencia, si acaso queda mejor acondicionado para un juego absurdo de compra y venta. Inclusive las respuestas diseñadas para combatirlo tales como el existencialismo palidecen ante circunstancias que sustraen al sujeto de la Historia debido a, irónicamente, reforzar su sentido histórico a tal grado de inmovilidad.

Traverso en Melancolía de izquierda señala el alza de la figura arquetípica de la víctima como un paradigma en la memoria occidental, una reducción de los conflictos humanos a una binaria repetición de víctimas y victimarios. Si pretendemos ser auténticos y correspondiente a nuestros actos –es decir, al pasado- es imposible ignorar las atrocidades que pensabanse plausibles en pos de alcanzar un estadio breve de justicia social y económica, o al menos esa es la interpretación que parece derivarse de los estándares sugeridos por el mundo globalizado en aras de unificación. Basta buscar unas palabras en el navegador de preferencia para percatarse que esta normatividad cargada de derechos humanos sin una justificación que exceda parámetros de utilidad (a veces parece tan solo pragmática) elude a la defensa de la integridad nacional, es decir, quien tenga la autoridad fáctica e histórica –véase de nuevo, quien pueda llamarse la víctima- estará en su derecho de retornar al antiguo proceder de la guerra de exterminio sin muchos reproches.

Ante tal incongruencia se abre un horizonte de sentido que bien podemos aducir posterga nuestras preocupaciones por el fin final para concentrarnos en la inmediatez del presente conflicto, pero solo lo conserva mientras sea una lucha; cuando termina la revolución, seriamos como el ángel de Benjamin, que contempla con horror el cataclismo humano así como la efímera vida del laurel manchado. Y la asunción de tantas responsabilidades, incluso más allá de las perniciosas consecuencias contadas- excede en esta lógica un criterio aceptable para continuar. Pienso en Nietzsche en sus Intempestivas, condenando el exceso de historia como un freno para las intenciones vitales de los humanos. Es preciso para describir el contemporáneo mundo: atascado de historia de antigüedades hasta el absurdo de dar un relato aceptable de todos sus acontecimientos, que cuando se intenta erigir un nuevo monumento el feroz ataque de la crítica derruye cada primera piedra a mera baratija de coleccionista, este último siendo un modelo inocuo y seguro que perpetuara –absurdamente, sin más- su juego individual en solitario.

Ea pues, el panorama no es muy favorable para el partidario de izquierda que de hecho pretenda superar estas barreras, pues solo es posible en el marco comunitario. Será blanco de una alineación absoluta, procedente de las cadenas conceptuales que lo atan a la realidad capitalista, afín a una temporal y eficaz treta de un demiurgo apático, viejo y en continua renovación. ¿Alternativas? Un retorno a antes de la modernidad –al anti humanismo- resulta más una vid que pretende coaptar a la economía especulativa y al estado leviatanico, pues en realidad no son tan diferentes, y lo peor es que no pretenden antagonizarse: que ironía, parece que se llevan mejor que los vástagos del antiguo proyecto civilizatorio, el carmesí y negro.

Y aun así…pensar en estas cadenas –los derechos humanos- que por sí mismas no permiten transfigurar el sentido común de la aparente única vía posible de subsistencia, no habría de implicar desecharlas. Creo que aún es razonable figurar un horizonte de sentido –tal vez breve- reestructurando las consignas que hemos heredado de las últimas luchas del siglo XX. ¿Será vía un proyecto de paz si ocurre? No lo sé. No por la diferencia entre el poder factico de los “bandos”; sino por lo difícil que es mantener un mismo proyecto humano, uno no indiferente a la ausencia de brújula, sino en pleno consciente del mar desconocido. Incluso procediendo es un viaje corto en la gran escala cósmica. Pero, me has hecho creer que vale el esfuerzo planear una vía que nos aproxime, por un motivo u otro. Quiero responder al deseo de acción, aunque sea díficil creer, confiar. 

Comentarios



  1. Vaya, me ha gustado mucho tu texto, te veo, y me veo en él, esa lucha entintada de claroscuros, la contundencia de un saber escéptico (el antiteologismo, en particular) y de la permisión de una apuesta que, sí, es melancólica [insertar aquí el universo de Daniel Bensaïd], la torsión de la crítica que, al retorcerse, también logra un clinamen del ensimismamiento. Valoro un chingo estas pulsaciones del pensamiento, la intempestividad que no tiene por qué obedecer a modelos nihilistas previos, que le basta su propio cerco histórico, su propio desdén al orden temporario del un ser-ahí minúsculo, que mañana desaparecerá y devolverá la agitación al sereno "destino de las estrellas" [insertar aquí el universo de Aguste Blanqui].

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