Utopías ausentes
El término “melancolía de izquierda” es utilizado para describir una actitud ante la derrota colectiva de los movimientos sociales de izquierda, particularmente, en torno a la derrota del socialismo y comunismo ante el triunfo del liberalismo y el proyecto capitalista. Traverso, distanciándose ligeramente de otros autores como Benjamin Walter o inclusive Wendy Brown, tiene una visión que podríamos llamar “positiva” sobre el concepto pues lo entiende no como una actitud paralizante e incapacitante sino como una actitud reflexiva y critica respecto a las luchas y derrotas pasadas que, con el impulso o momentum adecuado puede potencialmente generar/gestar una nueva revolución de izquierda, un nuevo esquema político y social que haga frente al que está en curso.
Frente a este planteamiento me cuestioné en torno a la ausencia de movimientos sociales con pretensiones de derrocar el sistema actual y, aún más, la aparente inacción social en la que estamos inmersos y que pareciese indicar que esta contra propuesta, este nuevo levantamiento impulsado por la melancolía de izquierda no llegará en un momento próximo.
¿Por qué las derrotas pasadas parecen no estar surtiendo efecto en la sociedad actual?, pienso en múltiples respuestas a este cuestionamiento.
En primera instancia considero que, para experimentar una pérdida y que esta alimente el deseo de luchar debe existir la posibilidad de obtener algo, y ese algo debe dar la impresión de ser alcanzable (aún si no es en el momento inmediato). Debido a las condiciones políticas y económicas que gestaron y rigen este nuevo milenio, las generaciones surgidas en él no pueden tener conciencia de lo perdido o arrebatado porque se les ha negado desde el momento del alumbramiento.
Pienso que las derrotas y su carácter acumulativo presentan un saldo negativo que se ha tornado impagable; cada retroceso de las revoluciones de izquierda pudo haber significado una lección aprendida para quienes libraron la batalla, pero un elemento menos para sus vástagos, una confirmación de que las batallas libradas inevitablemente desembocarán en pérdida y vejación.
¿Por qué sería mejor rendirse ante la posibilidad de librar batalla que luchar? Esta actitud ante la realidad aplastante y violenta que se vive no parece responder a un genuino deseo de rendirse o de no luchar; Mark Fisher podría explicarlo a través de la “impotencia reflexiva”, y señalar el estado de apatía generado por las condiciones desventajosas que se dan dentro del capitalismo, frente a esto me gustaría ir un poco más lejos y afirmar que no sólo se trata de una apatía colectiva sino (quizás) de un miedo colectivo, miedo a generar acciones que no sólo no surtan efecto sino que transformen la potencia de actuar en impotencia; en este punto estoy pensando en Elsa Dorlin y su propuesta filosófica sobre la violencia, en donde afirma que en múltiples ocasiones (o todas las ocasiones) la lucha, o la mera pretensión de luchar contra la injusticia, significa “lastimarnos a nosotros mismos” y, al mismo tiempo, dicha lucha es potencialmente señalable como un acto de agresión hacia quienes agreden, con lo que la defensa de uno mismo se convierte en impracticable (aun cuando se desee practicarla).
El enemigo común e identificable contra el que marchan los miembros de las primeras revoluciones mencionadas por Traverso, la burguesía, se ha trastocado en algo a lo que ya no es posible hacer frente, pues su poder ha pasado a ser entendido no sólo como inamovible sino como necesario. Los valores del capitalismo deben ser defendidos porque solo adscribiéndose a ello los que tienen nada pueden aspirar a hacerse de algo, y solo bajo esta lógica es posible justificar la existencia de estos. Sólo una sociedad inscrita en los valores capitalistas podría germinar tales condiciones infrahumanas, sólo bajo la justificación de la responsabilidad individual y no colectiva esto es aceptable y no señalable.
La melancolía de izquierda debiese nutrir un anhelo por la revolución, por un nuevo sistema que garantice ciertas condiciones de vida aptas, un anhelo por pensar y buscar nuevas utopías, no obstante, el espacio de este anhelo ha sido ocupado por la oferta del capital. Como mencionaba anteriormente, pareciera que sólo inscribiéndose en la dinámica capitalista actual una persona puede pensar en obtener algo, en este punto, se deja de pensar en utopías colectivas, que necesariamente implican la existencia de una comunidad que las piense, busque, genere, y se comienza a pensar en utopías individuales, estas utopías, artificiales, pasajeras y falsas, brindan alivio momentáneo y distraen de la ausencia de un proyecto más firme y ventajoso.
Respecto a las utopías individuales, quisiera apuntar a un fenómeno que se ha estado gestando, algo a lo que me referiré como utopías artificiales, se trata de espacios comunes generados por empresarios en donde se pretende vender la idea de una vida prospera, acomodada y en aparente comunidad pero que, en términos estrictos, aún ante la presencia de una comunidad, en realidad se termina cayendo en valores individualistas. Estos espacios comunes sólo son accesibles al sector con alto poder adquisitivo de la población.
Kassandra Q. Báez García

No entiendo muy bien la definición de una utopía artificial, pienso más en el encumbramiento burgués de ciertos de modos de vida (como la villa cerrada, aunque correspondan mejor a la clase media en países económicamente desarrollados) mas concuerdo en la particularización del éxito como propiedad única del sujeto, aunque también sus fracasos. Esto último parece clave para entender la apatia: no tenemos modelos morales que nos permitan operar en la complejidad, y aun si pensamos extramoralmente el alcance de las consecuencias se vuelve difuso y un proyecto de comunidad distinto tan solo una posibilidad. Aún así...no puedo aceptar el dilema kierkegaardiano de "Hagas o no te arrepentirás" pues en nuestra condición de agentes racionales finitos no podemos arrepentirnos al infinito, hay causas ininteligibles para nosotros, por tanto, efectos más allá de nuestro horizonte. La responsabilidad reside en la capacidad.
ResponderEliminarA tu pregunta ¿Por qué las derrotas pasadas parecen no estar surtiendo efecto en la sociedad actual? Intentas responder con la transformación del estatus de la burguesía, de ser clase parasitaria a ser condición estructural necesaria, puesto que sólo a través de ella, de las vías de acceso que active, es que cada uno de nosotros puede, o no, cambiar sus condiciones materiales de vida. Y es consecuente atender la dinámica del daño, tanto al otro como a uno mismo. Pero, pareciera, no se trata de un daño no deseado, si fuese así podríamos trabajar con un tipo de terapia del deseo (pienso en Fisher, por ejemplo); pero parece ser estructural, un poco como lo bosquejas a través de Elsa Dorlin y la lógica de las autodefensas. De todas formas, el desafío es la gestión del daño, de la derrota. Siendo así, creo, con Traverso, que es necesario el trabajo de duelo, en el seno de la melancolía, para activar fuerzas que perviven en los utopismos polimorfos.
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