Una elegía a Picnic at Hanging Rock: modernidad fracasando
El
fracaso de la comunidad ficticia en esa obra
es síntoma de una revelación, como observaron en su momento Fisher y Colquhoun,
ante lo que deseo indagar en la cadena de duelos acaecidos tras San Valentín,
pero primero necesito contar una anécdota pertinente a mi primer encuentro con
esta joya.
Fue durante el largo
encierro de los 20. Ante la generalizada apatía me halle perdido en el algoritmo
de los videos, cuando advertí un video del canal I’m just a cyborg but that’s
okay, dedicado a mezclar metrajes de películas con diversas canciones, en este
caso, Mrs Magic de Strawberry Guy:
https://www.youtube.com/watch?v=a7WgfVB9zys
La
lejana melodía fundiase en la sutileza de las escenas, evocando una inocencia
localizable a la imaginación de un Edén terrenal y por tanto, albergando la
primigenia melancolía que devora feroz la actualidad del mundo, como la
multitud de hormigas devorando un pedazo de pastel. Poco después abría la
página de Zoowoman (ahora perdida) y en el catálogo daba con el origen: Picnic at Hanging Rock, de Peter Weir
(mejor recordado por El show de Truman).
La
primera toma nos conduce a la vasta estepa de Australia, la estrafalaria escenografía
de la suntuosa escuela de muchachas inglesas, contrastando con el cálido clima
australiano, mientras escuchamos una flauta primaveral. Es un 14 de febrero, el
Día de San Valentín, del año 1900. Y en esa mañana, antes de que ocurra la
escisión del cosmos, las muchachas se entregan regalos, leen entre ellas poesía
amatoria, bordan, cuchichean. Incluso alguna espera con ansia el atardecer para
entregarse en absoluta devoción, no a un chico, por supuesto.
Las
estudiantes del instituto para señoritas Appleyard viven en una isla
artificial, atiborrada en apariencia de la Inglaterra rígida con sus
inflexibles dogmas, que devela una vacuidad de permisión, un último suspiro
antes de integrarse a la Gran Institución del matrimonio. Para algunas, un mero
cambio de patronazgo, pero para otras la fecha en que el horizonte termina, el
cese de una ilusión.
En
unos momentos partirán a un día de excursión a Hanging Rock, un basamento volcánico
elevado que solía formar parte de las prácticas sagradas de los aborígenes australianos.
Un ejercicio de secularización e hybis, así
puedo entender algunas aproximaciones a las ruinas del pasado pretendiendo
ignorar su potente efecto sobre los caracteres melancólicos. Pues, en esta
narrativa, es momento de abrir el sello de la verdad: tres de estas voces nunca
volverán al instituto…y no es tan importante saber que ocurrió, sino tratar de
entender como fue plausible la
desaparición.
Entre los duelos personales que se
desarrollaran a partir de ese día me gustaría enfatizar el de Sara, amiga de
Miranda, la más icónica de las desaparecidas. Sara es una estudiante becada y
al no cumplirse el plazo para el pago de su estancia se le prohíbe asistir a la
actividad curricular…una digresión. Es claro que Sara ama a Miranda, entre la poesía
que le escribe, el frenesí con que esperaba su retorno…su eventual
desesperación. En una de sus últimas conversaciones, Miranda exclama unas
palabras perturbadoras a su compañera: “Tienes que aprender a amar alguien más
que yo, no estaré aquí mucho tiempo más”. Referencia al fin de la isla sáfica,
su retorno a la casa paterna y de allí a otra aún más cruda… ¿sí? ¿O que
pretende Miranda decir entre dientes? Quien es dejado no solo afronta la
perdida de los amados, también la ruptura definitiva con un futuro del cual
pudo participar (comunistas de los 90, amantes suicidas sobreviviendo).
Al
escuchar los diálogos de las otras desaparecidas, es advertible una pulsión
hacía el abismo, el limite no solo de la juventud, sino de la cosmovisión de la
que se han hechos participes y ahora se escapa, en dirección a un mundo
amortajado. La contemplación hipotética de suicidios múltiples no queda
descartada (en realidad, no hay explicación que quede prohibida del todo) pero
resalta la pudorosa abnegación a considerar la posibilidad para las
institutrices: es falta de disciplina la actitud apática de las jovencitas,
piensan.
Es
una comunidad nacida de las necesidades de una clase aristocrática en
decadencia incapaz de admitir el cambio de paradigmas que ocurre bajo sus
narices; ya reemplazados por la burguesía consolidada en otras colonias del aún
imperio más grande del mundo. No estoy tratando de equiparar esta disonancia a
la melancolía de la izquierda que acontece un siglo más adelante, sino tratando
de indicar como los sujetos que quedan atravesados por proyectos magnánimos en
pugna tratan de encontrar un alivio inútil a su baja capacidad de acción
efectiva.
Los lazos de sororidad entablados en tal instituto no son parte de la planeación de la pedagogía inglesa –aun recordando que es una ficción- sino a la pena conjunta y el esfuerzo a como trascender la fundación de sus vínculos…de una forma u otra. Sin embargo, el enfoque de la comunidad externa a las jovencitas (llámese pueblo, directriz académica, policía) solo es capaz de centrarse en la explicación fáctica de la desaparición, y lo peor de todo es que no podemos reprocharles de forma absoluta tal enfoque, es la que tienen por concebible para sostener la comunidad; pero los registros necesarios incluyendo, por ejemplo, un examen médico para verificar la castidad de una de las involucradas (un tanto más por la castidad que por la implicación de abuso) merman las verdaderas posibilidades de escape a las chicas, que incluso ahora parecen sospechar de la estabilidad de las relaciones forjadas entre ellas. Tal vez sea esa otra revelación para ellas, escondida en su corazón: todas sus vivencias, dicha y luto, quedan reducidas a un contingente estadio para los curiosos y burocracia.
Son
las condiciones esperables del final del periodo victoriano: decoro sin virtud
implicada, confianza ciega en la razón instrumental, irónico cuidado en la configuración
y desarrollo de un individuo cuya subjetividad es tratada como caja negra
carente de importancia. La suma de las negligencias acarrea una última
tragedia: Sara, al entender que nunca volverá a ver a Miranda, salta desde lo
alto de la escuela. Pero parece que ya no habrá quien puede llorar en verdad
esa perdida.


Al intentar comentar tu texto me siento extrañamente ansioso, como si se tratase de un asunto más íntimo. Quizá se deba a que Picnic at Hanging Rock es una historia sobre vidas vinculadas y las contingencias de sus lazos, vidas expuestas a la pérdida, a la desaparición. Por un momento pensé contigo en que "no es tan importante saber qué ocurrió, sino tratar de entender cómo fue plausible la desaparición". Pero, en un segundo momento, reparé en que el cómo podría ser secundario, qué más da que sea en un día de campo o enclaustrado en el propio hogar. Lo que tensa la imaginación es el horizonte de cómo rehacer el vínculo, sobre todo si el otro ya no está más. ¿cómo seguir adelante? Es llamativo que, en uno de los comentarios al video referido en tu texto (del canal de YouTube "I’m just a cyborg but that’s okay") alguien haya querido dejar una frase lapidaria: "im afraid of the future". ¿Cómo seguir adelante? Matt Colquhoun atiende la misma obra en su libro Egreso, lo hace a propósito de la desaparición de su maestro, con la conciencia espoleada por la muerte, puesto que "la muerte aun no comprendida es lo que quiebra (…) el mundo". La desaparición puede tener esa fuerza, la punzante condición de vivir inmerso en vínculos afectivos. Y como no somos solo cuerpos individuales, el drama vinculante debe ser también leído en términos del cuerpo histórico que somos; colectivo adolorido que se debate entre su suicidio o su egreso especulativo.
ResponderEliminarFué una agradable sorpresa ver que trajeras a colación esta obra, presente tanto en Fisher como en Colquhoun. En efecto, de poco o nada serviría dar una explicación a la desaparición de las jóvenes cuando lo que está en juego es la presencia terrible y [espeluznante] de lo sagrado, del sacrilegio cometido por el colonialismo británica a ese recinto sagrado que es Hanging Rock. En su análisis/reseña en Lo raro y lo espeluznante, Fisher enfatiza la presencia del misterio de la desaparición (lo raro) y la fuerza misteriosa detrás de esa desaparición (lo espeluznante); Lo raro (estar fuera de tiempo y fuera de lugar) y lo espeluznante (presencia donde debería haber ausencia y visceversa) nos sacan de nuestros marcos ontológicos y epistemológicos convencionales para exponernos al Afuera, a lo no-humano, y aunque Fisher tal vez no estuviera muy en sintonía con la fenomenología y demás filosofías post kantiana (pues él y buena parte de su generación eran adeptos a un movimiento filosófico conocido como "realismo especulativo"), yo también incluiría a lo sagrado y a las fuerzas del inconsciente como un "fuera de..." al que aludió mucho Fisher en su último libro.
ResponderEliminarOtro asunto que entra en juego aquí es la comunidad y lo sagrado, lo sacro como fundante de una comunidad y la comunidad como instancia de lo sagrado. Para Jean Luc Nancy toda comunidad es comunidad de muerte, surge alrededor de la muerte de alguien (sea chivo expiatorio, mártir, etc.); la comunidad es lo que nos enfrenta a la finitud y a la otredad. Esto está muy presente tanto en el caso ficticio de Hanging Rock como con el suicidio de Mark Fisher en 2017, la muerte (la desaparición de las jóvenes, el suicidio de Mark) como catalizador de afectos melancólicos que une (separando en el caso de Sara) a las personas y las saca de sí mismas y las expone a la comunidad, al afuera, a lo otro.