Tecnología y derrota
Si
bien es cierto que cuando tengo una tarea o interés intento decantarme de lleno
a ello tengo la sensación de que no es tan fácil como cuando lo hace algún
personaje de película en un montage: libros apareciendo y desapareciendo
mágicamente dándonos a entender que ya fueron estudiados, el cambio físico
notable e impresionante que demuestra estar listo para la batalla decisiva o la
rapidez con que una relación es afianzada y mantenida dando amistad, amor y
apoyo a los involucrados.
Las
cosas que valen la pena necesitan tiempo, esfuerzo. Eso es intuitivamente
cierto, pero también parece que todo nos empuja hacia completar todo en la
menor cantidad de tiempo posible. Es muy frecuente escuchar que alguien que
intenta algo lo deja por no ser inmediatamente bueno, incluso el mejor: por no
ver en sí mismo ejemplificada la hollywoodesca historia del prodigio.
El
tiempo que necesito para hacerme bueno en algo esta sumamente competido por
diferentes ámbitos de mi vida; trayectos, estudio, trabajo, relaciones,
sustento y labores de cuidado son elementos esenciales de mi vida que tengo que
atender y el poco tiempo que queda está secuestrado.
En
cada aplicación de redes sociales y entretenimiento hay, desde hace
aproximadamente 4 o 5 años, un tipo de video corto cuya duración es de entre 20
y 60 segundos en los cuales se me invita a ver contenido más largo o se encuentran
los que en el contenido más largo serían los grandes momentos, los grandes clímax
por los cuales mi sensación de satisfacción se completa. A través de estos
videos puedo llenar mi ambición de “completar” innumerables veces, miles al día,
millones a la semana hasta el punto en que ni siquiera cruza por mi cabeza la
inquietud por tomar un proyecto más grande, esos que “valen la pena” Este nuevo
contenido es tan sencillo y digerible que lo empiezo a consumir en la mañana al
abrir los ojos y lo dejo sin darme cuenta perdiéndome en el sueño tarde en la
madrugada.
Necesito
librarme para hacer cosas, para crear. ¿Para crear qué? Para crear contenido
parece ser el pensamiento más frecuente hoy en día, parece ser el sueño de los
niños cuando deben elegir una carrera; se quieren convertir en influencers que
viven encerrados en las medidas que las plataformas les imponen para mantener a
la población cautiva, pasiva y conforme (o ansiosa, desesperada y frustrada, no
importa mientras siga consumiendo). Necesitamos el tiempo libre, pero
necesitamos la libertad para poder utilizar ese tiempo sin que las grandes
compañías busquen lucrar con el fruto de nuestro hacer.
Estas creencias parecen apuntar a un deseo por lo antiguo, anterior a la globalización y a la tecnología que se utiliza en ella, también al antiguo deseo de una sociedad liberada en la que el tiempo del ocio fuera bendito. ¿Cómo alcanzarla?
Aunque no siempre fue así (o no siempre es así) hoy me parece
claro que difícilmente la tecnología será usada con motivos revolucionarios. La
hegemonía tiene un dominio tan pleno de la tecnología que necesitamos y a la
cual somos adictos que si así les place pueden hacer explotar los dispositivos
usados para comunicaciones por parte de un grupo de rebeldes indeseables (pero
no de otros “indeseables” por alguna razón). Sabe a derrota. Es conocida la
ventaja de la tecnología militar con respecto a la civil, pero sabe feo.

No estoy seguro de haber captado la idea central de tu texto, veo que tiene muchos matices, y evade la contradicción pero justo está en medio de ella. No me refiero a la consistencia lógica de la argumentación sino a la condición cultural de la que nace tu reflexión. Me pregunto, por ejemplo, si tendríamos los problemas que tenemos con las redes sociales, y si sufriríamos sus atropellos a nuestra capacidad de concentración y de contención emocional ante la frustración si los capitales, en su momento, no hubiesen querido territorializar las empresas de comunicación digital, expandir sus ganancias en su seno. A fin de cuentas, está en la genética del capitalismo explotar toda relación social, todo vínculo humano posible, ser el todo para sus entes. El drama de nuestras agendas, de nuestra administración del tiempo, está pautado por su estructura deseante y anónima. No creo que falte tiempo para ser bueno, falta tiempo, siempre, para ser eficiente, cada vez más eficaz, ahorrando más y más recursos (del mezquino capital) para generar más ganancia. El tiempo que nos falta es el del futuro, y la asfixia que padecemos es por nuestro secuestro en un tiempo congelado.
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