¿Podemos soñar lxs subalternxs?

 



Calibán: Me enseñaste el lenguaje y mi provecho es que sé maldecir. La peste roja te lleve por enseñarme tu lengua. 

—Shakespeare, La tempestad.


     Nuestra época está profundamente marcada por aquel acontecimiento de 1991. La disolución de la Unión Soviética representó la caída no sólo de un Estado, sino también el desvanecimiento y la caída de los sueños de toda una época y de un movimiento que tenía la esperanza de emanciparse. Lo que comenzó como un bello sueño se mostraba, ante los ojos del mundo, como una pesadilla. El intento de emancipación se presentaba, no sin su trasfondo ideológico, por supuesto, como otra de las formas del esclavismo y la represión. Se nos envenenó políticamente, lo suficiente como para creer que no hay esperanza posible y que toda rebelión está condenada ineluctablemente al fracaso. Por eso es que, para muchos, tal evento fue la marca definitiva del fin del siglo XX, un fin que, para los círculos de pensamiento que opinaban como Fukuyama, demostraba la victoria de aquella perspectiva hegeliana del triunfo del liberalismo, y que, por lo tanto, la historia estaba consumada. La historia, según esa vieja opinión, se había cerrado y no sería posible ningún evento que marcara su renacimiento. Era, sin duda alguna, para quienes se regocijaron en su momento, el inicio del sueño capitalista que traía consigo la «democracia» y la «libertad». 

   Este es el escenario que se ha legado hasta nuestro tiempo. El neoliberalismo realizó lo necesario para combatir la influencia del bloque soviético, pero ello no fue suficiente: quiso sepultar la opción de siquiera concebir una alternativa. Peor todavía, los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 revivieron la historia, pero esto no representó una luz al final del túnel, sino una penumbra. Se trataba del renacimiento de la historia, una que trajo consigo más desesperanza y miedo, cosas sumamente útiles para esta etapa renovada del capital y su conocido proyecto imperialista. Todo fue perfecto para generar el caldo de cultivo del que se alimentaría la depredación extractivista. En efecto, el capitalismo avanzaba triunfante por el mundo, valiéndose del azote del terror, cambiando la retórica del eje del mal de la Unión Soviética, ya extinta, a Medio Oriente. La izquierda, en este momento histórico, había quedado desbancada del mapa político internacional; sus ruinas sólo se mantuvieron sirviendo a los discursos panfletarios que señalaban la supuesta cercanía entre ella y el totalitarismo o las experiencias desafortunadas del mundo —véase cómo el discurso, pretendidamente liberador, del neoliberalismo sacó a relucir las perlas que le han adornado desde estos últimos años, capitalizando ideológicamente con el discurso aprovechándose del dolor ajeno—, cosas que, por si no fuese suficiente, se han mantenido a día de hoy en las opiniones de quienes, siendo parte de los grupos oprimidos, repiten consignas que se complacen con acusar de fascistas a quienes luchan contra el crecimiento y la expansión del neofascismo —según sus pareceres, habría que callar y permitir el avance del fascismo, salvo que quieras ser tú, al no permitirlo, un fascista; ¡hay que tolerar y permitir toda clase de opresiones y discriminación, no sea que nos convirtamos en intolerantes que no permiten a otras personas el ejercer su «justo derecho» a discriminar a gusto!—. 

    Por todo esto es que ahora es necesario recuperar la utopía, el derecho a soñar y concebir alternativas, que durante un tiempo se nos ha negado bajo la excusa de la derrota de la izquierda. Es de notar, sobre este punto, que convenientemente se intercambian y confunden a propósito la idea de la derrota y el de la hegemonía política, puesto que es clarísimo que, una vez cayó la Unión Soviética, el neoliberalismo coptó eficazmente la política internacional, pero ello no implica que la izquierda como proyecto emancipador sea falso o que sea imposible de conseguir como sugiere la narrativa idealista que sostiene al capital. La melancolía de izquierda, en consecuencia, es más que necesaria. Nuestra época es la época que se ve coaccionada a abandonar toda esperanza de un futuro mejor. La obsesión, por tanto, por el pasado no es la enfermedad misma de la sociedad, sino el síntoma; es el llanto de la sociedad en un tiempo en el que ha tenido que callar por las condiciones históricas que le presionaron a olvidar o tergiversar su memoria, quitándole la opción de concebir utopías, nuestras brújulas sociales. La melancolía, entonces, no es otra cosa que el cuestionamiento necesario para la reconstrucción del espacio que nos fue arrebatado desde hace más de treinta años. Se podría traer, en este sentido, aquella frase de Nietzsche según la cual «debes consumirte en tus propias llamas; ¡cómo pretendes renovarte sin haber sido antes ceniza!». La melancolía de izquierda significa eso, tomar el duelo para seguir pensando, como dice Traverso, en un proyecto revolucionario en una época no revolucionaria; de ahí que la izquierda tenga que renacer de sus cenizas. Así, y retomando lo dicho al principio, si nuestra era es tal que el neoliberalismo, una vez se derrumbó el bloque soviético, sueña con la hegemonía política mundial, ¿por qué nosotrxs no tenemos también el derecho a soñar? 

Comentarios

  1. Gracias por tu texto, me ha permitido una reflexión personalísima que quiero compartirte. Tuve la oportunidad de conocer desde muy jóven las militancias de las generaciones mayores, la de mis padres, por ejemplo, pero también las mayores a las de ellos. Yo mismo, cuando fui lo suficientemente consciente, participé en grupos que, para entonces, eran radicales, tanto que mi nombre sigue apareciendo en las fichas de Gobernación (estigma al que no ayudó la llegada de correspondencia que me llegaba a la Facultad directamente de la embajada china, justo cuando acaba de ingresar como profesor del Colegio). Eran los años noventa, y eran los días en que el zapatismo había oxigenado las militancias de izquierda a nivel nacional e internacional. Actuaba como ignorando lo sucedido a finales de los 80, mis delirios políticos eran salvajes pero inconexos y, de hecho, melancólicos. La tristeza se me había pegado en alguna parte, sin mi consentimiento, y esa oscura sensación no fue desvaneciéndose, como me gustaba pensar; por el contrario, el demonio meridiano, ese que aparece a medio día, a plena luz, devoraba el entusiasmo ocasional. Tal fue mi vivencia de la primera década del nuevo milenio. La caída del socialismo, a pesar de haber sucedido a medio día, era un asunto difícil de procesar. Mis maestros solían negar que lo que había caído fuese el entusiasmo revolucionario, decían que había caído el estalinismo, el falso socialismo, la dictadura de izquierda... Pero circular así, ciego a mitad del día, me impidió elaborar un trabajo de duelo, opté por un ensimismamiento que, a nos ser por ciertos químicos, me hubiera dejado en las puertas del psiquiátrico. Perdí mis comunidades, casi todas. Me es difícil creer que apenas, con las lecturas que estoy haciendo con ustedes, parece rehacerse algo parecido a la esperanza, no libre de melancolía, pero que funge como luz (espectral), muy diferente a la flama que llevaba en la adolescencia, pero que parece permitirme experimentar una vez más lo que puede un cuerpo.

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