Ecos de ti.

 


¿Quién eres tú?,

me han dicho que eres yo,

¿o eras?,

¿O he sido?,

Miro el espejo y lo que veo no es a ti, pero tampoco tengo tan claro que sea yo.

¿Qué es lo que tú pensabas?

Mi papá adora contar historias sobre como tú comías cebollas enteras como si fueran manzanas. Mi mamá aún evita ponerle cebolla a la comida porque tú pasabas horas quitando los más pequeños trozos de cebolla de tu comida. Yo, siempre corto la cebolla del tamaño de las que tu quitabas para darle sabor a mi comida, pero nunca más grandes porque no soporto la textura.

No te conozco, pero no me eres completamente ajena. Sigues aquí, cuando con orgullo infantil cuento como yo solía comer cebollas enteras.

No soy tu evolución, no soy tú, sin embargo, resuenas en mí.

La abuela a veces nos confunde, como no nos hemos terminado de conocer te sigue tratando a ti y como tú sigues aquí, la veo y la veo como con tus ojos. Su comida sabe salada al saborearla con tu paladar, a pesar de que la abuela ya no cocina. Su cocina quedó en ti y en mí.

Cuando lo pienso, la abuela ya no existe, así como tú.

No existes, pero tu presencia sí.

Cuando le pregunto a mi mamá sobre la abuela, me doy cuenta de que ella tampoco ha terminado de conocerla. Mi mamá confunde a la abuela con su mamá; me enseña una foto de una señora con apariencia maya y habla de una señora malhablada que gritaba a sus hijas por mirarse en el espejo. A esa señora yo no la conocí, la mamá de mi mamá.

La señora que tu conociste contaba una historia de un sueño que tuvo en el que unas ovejas místicas venían a llevarse a su primer esposo (el drogadicto, abusador), una vez que despertó el hombre estaba muerto. Cocinaba salado y diario sin importar que no comieras su comida. Ahora mi abuela se encuentra desvariando, es débil y no podría gritarle a mi mamá, ni aunque ella se mirara en mil espejos, mi abuela como que se quiere morir.

No todas ellas son mi abuela y a pesar de ello hay algo en todas ellas que está presente en mi abuela. 

Lo que mi abuela ha sido.

Lo que yo he sido.

Es difícil unirnos cuando no te reconozco, es difícil unirnos cuando solo resuenas.

Mi rostro tiene ecos de tus expresiones.

Mi piel tiene ecos de tus tropezones.

Mis pensamientos tienen ecos de tus inclinaciones.

Pero no soy tú, ni tu eres yo.

No soy tu evolución.

Eres lo que he sido.

Soy lo que no has acabado de ser.

Mañana ambas seremos lo que aquella ha sido.

Nunca acabada hasta que ya no sea(mos).

 Tep Nembhard

Comentarios

  1. ¿Qué es lo que queda cuando algo importante en nosotros se rompe? La escritura, es en y por la escritura que podemos tratar de unir esas piezas que se rompieron en nuestro interior, puesto que nosotrxs somos escritura, escritura del otrx sobre nosotrxs, escritura propia sobre lx otrx.

    Conmovedor ejercicio de escritura, Tep :)

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  2. Gracias por compartir los laberintos de la íntima memoria de "ti". Al igual que con la poesía, con la reflexión autobiográfica me pasmo, no sé qué decir con precisión, y sólo puedo atinar a pensar lo análogo con mi propio ser, aún en devenir. Invoco lo dicho en una sesión, a propósito del libro de Traverso, el pensamiento (incluso el más crítico) no puede evitar el cerco de la historia, no es lo mismo abogar por la comunidad judía antes o después del genocidio en Gaza. Lo mismo sucede cuando intentamos decir algo de nosotros, a nosotros, por vía de un medio tan impropio con el devenir como lo es el lenguaje (y la escritura). Decir-me, decir-nos, debería siempre conducir a la destrucción, y el asomarse de los "eventos" debería bastar para desconfiar de la narración en la que confiamos como si esta fuese atemporal, más allá del cerco histórico.

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