Vaporwave, o la experiencia ideológica hecha música

   


        A todas las cosas, al llegar el fuego, las juzgará y condenará. 

                                                                          —Heráclito, DK 22 B 66

                                   Leemos para saber que no estamos solos.

                                                                                              —C.S. Lewis

      En su análisis sociológico, Adorno sostiene que dentro de la música, y en las artes en general, se manifiesta el espíritu de la época a la que pertenece su propia producción. Así, y en cuanto que, como plantea Fisher, la ideología imperante de nuestro tiempo es la del realismo capitalista, me parece razonable entender que nuestra música está también impregnada por ese espíritu que cree que el capitalismo es insuperable. A este respecto, el ejemplo del Vaporwave me parece realmente esclarecedor. 

       Se trata de un género musical reciente y de gran popularidad en internet, uno que manifiesta, a mi juicio, su espíritu tanto en su naturaleza sonora como en su estética visual. El espíritu ideológico del capitalismo contemporáneo, el del realismo capitalista, se hace patente en ambas dimensiones.  Por un lado, el sonido de este género suele utilizar «samples» de videojuegos emblemáticos de los 80's-90's o sonidos de los aparatos electrónicos de finales del siglo XX e inicios del XXI, arreglados de tal manera que encajen uniformemente con la pista. A su vez, mezclan o agregan el típico sonido/efecto entrecortado de las grabaciones viejas de VHS. En lo que respecta a la estética visual del género, es común encontrar o bien fotos o videos de fondo que nos recuerdan a la producción cultural de épocas pasadas, o bien lo contrario: animaciones o fondos futurísticos y coloridos, marcados por un ambiente de ensoñación o de un mundo post-apocalíptico. Basta hacer una búsqueda del término «vaporwave» en YouTube o en Google para encontrar múltiples ejemplos de lo dicho. 

  El Vaporwave es un fenómeno cultural interesante, entre otras cosas, porque precisamente es la expresión de la recuperación de lo retro, de la nostalgia por un pasado que, desde una visión superficial, se considera mejor y al que se quiere desesperadamente traer de vuelta para ver, ilusoriamente, si así se puede revivir un poco de la experiencia de ese mismo pasado. Considero que esa ilusión nace como resistencia al poder ejercido por el neoliberalismo (en cuanto que se quiere huir del modo de vida acelerado y de lo volátil y lo fragmentadas de nuestras experiencias de vida actuales), pero cuya resistencia es ineficiente porque no logra subvertir de manera sólida al sistema y, por el contrario, termina cebándolo. Todavía más, creo que el sistema ha sabido consumir esa resistencia, algo que hace bien el capitalismo, que se nutre también de sus negaciones, porque pudo capitalizarla al consolidar en ella otro punto más de consumo. Se trata, entonces, de la otra cara de la misma moneda. Además, esa obsesión por un pasado idealizado es marcadamente melancólica, como se puede atisbar en el arte hipnótico que acompaña a la música. La mezcla tanto del arte visual como sonoro generan en quienes escuchan este género la sensación de tristeza, de ensoñación, desvelo y soledad. Estas peculiaridades en su consumo son importantes para destacar por el componente ideológico. El realismo capitalista hace acto de presencia en el género por medio de la renuncia a una alternativa al neoliberalismo en sus sonidos, pero especialmente en su estética visual. Los sonidos reflejan fielmente la experiencia social de nuestro tiempo al provocar, psicológicamente, esos momentos de soledad y de reflexión pesimista en los que no se halla solución alguna a los problemas cotidianos y en los que ni siquiera hay cabida para pensar en mejoría alguna, mientras que la estética visual no es extraña cuando representa ese énfasis especial de la entrega al capitalismo, a sus contradicciones —como lo es la destrucción del medio ambiente, algo que se puede ver en las imágenes que hacen referencia a la contaminación y los desechos tóxicos— y a la subsunción total, e incluso resignada, de nuestra sociedad al avance tecnológico desmedido. Aquí surge, sin duda, una situación paradójica, pues no hubo época en la historia de la humanidad en la que estuviésemos más interconectados con gran parte del mundo gracias a la tecnología, pero que al mismo tiempo se sienta tanta lejanía y tanta artificialidad en las interacciones. Recuérdese la frase popular de internet —que da testimonio de la sensación generalizada que señalo— que sostiene que, en su momento, la gente acudía a internet para escapar del mundo; ahora, la gente necesita acudir al mundo fuera de internet para escapar de internet [y de sus tendencias ideológicas, por supuesto, aunque, desafortunadamente, ellas no sean producto de internet como tal, sino de nuestra realidad histórico-política, económica y social]. 

    Me gustaría anotar también que en el Vaporwave hay un poco de lo que Jameson concibió, culturalmente hablando, como posmodernismo. La mezcla de las tecnologías o las representaciones del pasado conforman esa característica de lo anacrónico, del acto fetichista que se empeña en traer el pasado en un pastiche que disuelve la línea entre la alta y la baja cultura —véanse, por ejemplo, los videos musicales en YouTube del género que mezclan esculturas heredadas por la cultura grecorromana u obras artísticas del Renacimiento, la «alta cultura», con videojuegos o referencias al anime o la cultura popular, la «baja cultura»—. En tanto tal, este tipo de música se podría considerar posmoderno, cosa que no hace sino confirmar una vez más que es un producto más de la llamada «lógica cultural del capitalismo tardío».

      Creo necesario resaltar, por último, que aunque el género pueda ser un buen ejemplo de la manifestación de la ideología imperante de nuestra época, hay en él un intento por crear comunidad, una que pueda subvertir la atomización, consecuencia del capitalismo, de la sociedad. Al final de cuentas, ¿qué representa la popularidad que tiene el género sino la creación digital de una comunidad que se construye a partir de los lazos que le caracterizan en cuanto género? En efecto, tanto la melancolía como la desesperanza impresas en la atmósfera me parecen aspectos fértiles para mantener y crear lazos o relaciones de comunidad que pueden interpelar a quienes han tenido la oportunidad de escuchar y compartir tanto sus pensamientos como sus experiencias por medio de la música. Por eso, aunque la situación es crítica, no está todo perdido. La tarea que nos queda es complicada, pero necesaria: hay que politizar nuestras experiencias y nuestros espacios culturales —en este caso específico, el de la música en redes sociales, espacios, por cierto, donde la consciencia del tiempo está tan distorsionada que se podría afirmar, por recordar aquella frase de Primo Levi, que «las semanas parecen días, y los días parecen semanas»— por medio de nuestros puntos y experiencias comunes. Naturalmente, es una tarea ardua, una que nos llevará tiempo y que debe ser constantemente revisada para escapar, en la medida de lo posible, de la depredación voraz del capitalismo, o al menos que, si es consumida, pueda resistir y atacarle desde dentro eficazmente. Si no nos dejan más que escombros, hay que tomar lo que se pueda y seguir luchando desde todos los puntos para la construcción de un mejor porvenir. Al final de cuentas, si sentimos que el mundo nos aplasta, no se nos tiene que olvidar que escuchamos la música y leemos los comentarios —muchos con los que podemos empatizar y, hasta cierto punto, entender— de otras personas; al menos sabemos, con ello, que no estamos solxs. 

Comentarios

  1. Aunque ya tenía experiencia de haberme topado con la estética vaporwave, sobre todo el youtube, no tenía claro que ello comportara una "categoría". Pero es así, tal cual, atrapa bien lo que hemos aprendido no por vías estéticas sino filosóficas. Pienso en los diagnósticos de Fisher, acompañando a Simon Raynolds, que refieren a la lógica de la contracción del futuro, de su casi desaparición, retracción consecuente con el flujo cultural en sentido contrario, hacia lo retro. Debo confesar que la exploración del vaporwave me indujo en un deleitable estado de ensoñación sin conseguir, para nada, la ensoñación genuina en la que vivían los imaginarios culturales de las últimas décadas del siglo pasado, aquellos que llamaron tanto la atención de Mark Fisher en su póstumo curso sobre el deseo postcapitalista. Mi experiencia, si bien grata, fue más bien liminal, análoga a la experiencia de nadar en una alberca cinematográfica que alteraba mi sentido ontológico de orientación.

    https://youtu.be/ypBMccQFers?si=eSrQIkWBMxXfUbBr

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