Ficciones distópicas y realismo capitalista
El género distópico es entendido de manera generalizada como una ficción con pretensiones de advertencia, cuyo objetivo principal no es entregar un retrato fiel de la sociedad sino plantear escenarios cuasi apocalípticos que fomenten la reacción del lector y le orillen a realizar una reflexión respecto a tendencias políticas, sociales, tecnológicas, etc.
Cuando nos confrontamos con este tipo de historias las reacciones pueden ser muy variadas, pero al final siempre queda una pregunta en el aire:
¿Qué clase de sociedad sería capaz de condonar tales actos?
En algún punto de la historia los escenarios proyectados en estos relatos permitían al lector/espectador mantener una distancia razonable respecto a lo que estaba al frente; la presencia de tecnologías “futuristas” (pensemos en 1984 y sus mecanismos de control basados en el uso de la tecnología) o los planteamientos “absurdos” (como los bomberos que provocan incendios en Fahrenheit 451 o la gente que come carne humana mientras utiliza semillas como moneda en Delicatessen) eran razón suficiente para sostener la creencia de que lo que se presenciaba no era un reflejo de la realidad más que una simple (y quizás absurda) ficción fatalista llevada al extremo, un extremo del que afortunadamente no éramos partícipes.
Cuando en 2012 “Los juegos del hambre” alcanzaron su auge mediático aún pudimos participar del alivio que proporciona el saberse lejos de una sociedad de esta naturaleza, asquearnos frente a la posibilidad de realizar una matanza de niños y jóvenes con el único objetivo de generar entretenimiento para las masas (y alimentar la dinámica de control), cuestionar el sistema de castas y régimen totalitario de Snow y empatizar con la lucha de los distritos, creyendo (erróneamente) que si estuviéramos en aquel escenario formaríamos parte de la resistencia.
Cuando al salir del cine o concluir la lectura nos sentimos seguros de habitar una realidad diametralmente opuesta a la que acabamos de presenciar estamos dando una clara muestra de los efectos negativos que la cultura mediática del capitalismo tardío ha tenido en el imaginario colectivo, nuestro juicio no considera las violencias que presenciamos o de las que somos partícipes porque ha sido bombardeado por imágenes múltiples de hedonismo o violencia, como consecuencia, todo lo que acontece es apenas nada, o lo es todo, es primario y esencial pero sólo durante las primeras 24 horas. Creemos que no seríamos capaces de quedarnos de brazos cruzados frente a un sociópata que asesina infantes mientras ignoramos (consciente o inconscientemente) el costo de nuestra cotidianeidad y entretenimiento, el hecho de que nuestro acceso a internet se sostiene sobre pérdidas naturales y humanas y reduce considerablemente la esperanza de vida de quienes habitan los espacios próximos a las minas de metales que son necesarios para la fabricación de aparatos electrónicos; somos conscientes de las crisis humanitarias, nos comprometemos con la protesta política en torno al genocidio en gaza o las múltiples represiones políticas a lo largo del globo o dentro de nuestro propio país pero sólo en la medida en que no representa una traba para nuestras ambiciones personales y no nos quita más que el tiempo sobrante.
Frente a esto las historias distópicas ya no parecen una ficción tan lejana e inverosímil sino una caricaturización de la realidad, algo que en perspectiva es más digerible que a lo que nos enfrentamos.
Habitamos una sociedad aún más terrible y alarmante de lo que cualquier ficción pudiese plantear; el mal ejercido sobre las masas no obedece a la naturaleza cruel y tiránica de un único agente político que busca sostener el poder por el mero placer de poseerlo sino a un sistema complejamente estructurado que ejerce una violencia constante y multifactorial sobre la población, un sistema que ha determinado el valor individual y colectivo en términos de producción y mercancía y ha reducido el valor de la vida y la dignidad del ser al imperativo del mercado.
¿De dónde viene la incapacidad para oponerse a esto?, Mark Fisher apuntaría a una impotencia reflexiva; hemos nacido inmersos en la densa sustancia que es el sistema capitalista, conocemos el duelo, la tristeza, la rabia, pero también el peligro de entregarse a ello, somos hijos de la impotencia, no la impotencia que incita a la acción sino aquella que trae letargo, el tipo de impotencia que exige desensibilizarse del alrededor, del aquí. Nuestra inacción es la más pura expresión del realismo capitalista.
Al pensar en esto viene a mi mente el caso de Omelas, país ficticio planteado por Ursula K. Le Guin en un cuento homónimo, que plantea la posibilidad de habitar una “utopía” perfecta (valga la redundancia), con el coste único de la existencia de un individuo – un niño- condenado a vivir una existencia miserable que sustente la bienaventuranza del resto de la población. En el cuento, los habitantes del país aceptan esta realidad y deliberadamente sostienen la injusticia cometida, negándose a prestar ayuda, frente a la posibilidad de desprenderse de la vida que conocen. Nosotros (pensando en nosotros como un sector poblacional menos mancillado) no hemos generado las condiciones sistemáticas que violentan los derechos individuales y colectivos de los mancillados, no obstante, cual habitantes de Omelas, tenemos un rol de complicidad que trae consigo la responsabilidad de cuestionar(nos).

Se antoja escribir una historia del pensamiento a través de sus dictums más célebres puesto que, por obvias razones, se hicieron famosos porque pudieron condensar su generación. Así comprenderíamos el "humanum sum humani nihil a me alienum puto" y el entusiasmo holista del espíritu clásico; el "cogito ergo sum" y el pujante nacimiento del espíritu moderno; el "sapere audere" y el prometeísmo del Aufklärung; o el oscuro "Dios ha muerto" y el cierre de un siglo de secularización liberal. Tu texto me hace pensar en el dictum de Frederic Jamson: "Es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo". Frase lapidaria, certera, contundente, capaz de engullir en sus entrañas tu breve texto y nuestra experiencia colectiva. ¿Qué debería seguir a esta toma de conciencia del "realismo capitalista"? No es clara la respuesta asertiva, pero es claro que el dictum distópico no puede borrar la conciencia crítica.
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