El culto suicida del realismo capitalista

 



Acabo de ver Júpiter en la Cineteca y apenas va parando el frenesí provocado por tan desoladora conclusión. Dirigida por Benjamin Pfhol, contemple la cuenta regresiva de un culto del fin del mundo que espera la llegada del cometa Calipso para partir junto a este ha
cía el planeta Júpiter, lejos, muy lejos del hogar que hoy ven condenados, todo esto siguiendo la mirada de Lea, adolescente, escéptica, con disgenesia gonadal –sin menstruación, sin caracteres sexuales secundarios-; Lea en si misma requiere especial atención, pues su decisión me sumió en una fría congoja.

Pero, ¿te suena este relato? ¿Heaven’s Gate? ¿Jim Jones? ¿Tal vez la Orden del Templo Solar? ¿Qué te parece la ficcional secta de Amigo en 20th Century Boys? Los cultos apocalípticos han cobrado una fuerza de abominable magnetismo en los últimos sesenta años, administrando las vidas y fines de cascarones vacíos alrededor de una comunidad antitética unida siempre por una voz suave y gentil que guía a los corderos al otro lado de la cerca –pero, ¿hay acaso una frondosa pradera esperándolos, o solo un barranco sin fin?

Pueden enumerarse distintas explicaciones que ilustren el desarrollo de tan voraz retoño del cadáver de la religión moderna: pérdida y duelo de los grandes proyectos históricos, relativismo espiritual dando cabida a un pensamiento holístico –el llamado new age ochentero, a lo Osho-, y como sugiere Mark Fisher en su artículo Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo, la realidad histórica ha sido reducida a realidad capitalista (incluso resaltar capitalista resulta innecesario) vía una reducción de los símbolos a artefactos decorativos, especulables en su valor, incluso la fe. La noción de futuro pierde consistencia y queda reducida a un mecanismo productor de valor imaginario.

Aquí entran en escena estos cultos, que en apariencia se oponen a la unicidad de la directriz capitalista…pero en verdad tan solo son un efecto placebo manufacturado con los desperdicios de la religión. Te diré a grandes rasgos cuales son las creencias sostenidas por el culto del cometa Calipso: el mundo es una ilusión, los humanos interfieren con el equilibrio ambiental, las plantas nativas son reemplazadas por especies invasoras (espero esto no sea una metáfora), nuestros geists tienen que escapar con el cometa Calipso a Júpiter…es momento de una digresión.

¿Recuerdas la historia de Calipso? Una ninfa del mar quien encanta entre magia y seducción al héroe Odiseo, reteniéndolo siete años en su isla en la versión homérica. Ella le ofrece inmortalidad, vivir junto a ella por siempre en Ogigia, pero él no puede olvidar a Ítaca, a Penélope…Odiseo parte de la isla. Calipso cae en desesperación. No olvides esto.

De vuelta al ruedo. Como puedes ver las creencias del culto son un tanto genéricas, lo habitual en estas comunidades catastróficas, en especial unas consignas que cada tanto escuchamos en los medios masivos, como una reverenda sentencia a muerte: “Es nuestra culpa”, “Los humanos deberíamos desaparecer de la faz de la Tierra”. “Todo es culpa de la sobrepoblación”, “Hay que mudarse a Marte”, “No todos pueden despertar”…agh. Parece ser verdad lo establecido antes: en la realidad (capitalista) la posibilidad es un intento de fuga al espacio exterior, pero la plaga ya habita en nosotros y extenderá sus mecanismos de operación al menor indicio de vincularnos, una Cosa que asimila la cultura y genera un simulacro de esta. Como la mayoría de los cultos suicidas, no exalta en realidad a la nada, sino es una macabra alabanza vital, de perpetuidad (El ficticio antioquismo del álbum Deathconsciousness podría apelar a quienes buscan una absoluta aniquilación).

Quiero retomar a Lea, pues es ella un caso peculiar y vulnerable ante argucias sutiles que dejarían a Mefistófeles ruborizado. Su condición médica la deja en un limbo entre la niñez y la adultez, acentuando su adolescencia como inadecuada para los estándares libertinos de la Alemania contemporánea; yo lo veo también como una metáfora de las juventudes privadas de su praxis histórica, alineando las motivaciones vitales a una serie de contingencias distractoras –pero, ¿podemos ahora sobrevivir sin ellas? Ea, no en la realidad (mercantil, neoliberal, capitalista).

Lea no parece pertenecer a alguna comunidad en verdad, ni a los sectarios esperanzados con el fin ni a sus amigas de escuela ante las que no cumple un estándar ni de belleza ni ontológico (no es propiamente a sus ojos una “mujer”). La melancolía que lleva consigo es tan luminiscente, incluso en una escena recrea el nado en ennui de Justine en Melancolía de Lars von Trier, a su vez inspirado en Otelia de John Everett Millaís. Suya es una elegía que podemos rastrear desde la modernidad, pero subyacente a esta fase histórica…estoy pensando en Odiseo y Calipso, en Calipso y Odiseo.



Al final de la cinta, cuando parece que Lea ha aceptado todas las despedidas e ira hacia el paradisiaco Júpiter, desiste. Mientras todos se van ella observa el elegante, morado cometa Calipso surcar la noche. Los recuerdos de su padre, madre, de su hermano, todos ellos confluyen en un rumbo fijo, sin retorno. Lea, antes de ingresar a la sala suicida, nota sangre menstrual manando de ella. Es tal vez su motivo para quedarse...¿o es ella quien en realidad parte? A su vez es Calipso y Odiseo, toma un tren al norte y uno al sur; Lea pretende convertirse en alguien nueva y a su vez permanecer, persistir en su duelo. Incluso en el rechazo de la realidad neoliberal, sus secuelas pesaran en la humanidad como conjunto, como particulares.

¿Será aceptada? ¿Encontrará, formará una comunidad con las personas alguna vez? Quiero creerlo pero...solo puedo llorar como respuesta. Que sea la melancolía suya (ajena) simiente de un mañana compartido.      

 

Por: Roberto Carlos Cruz Mejía

 

Comentarios

  1. ¡Wow! Debo ver esa película y melancolizarme hasta los dientes. Tu texto logra la parsimonia en medio del colapso, es una continuación del ennui de Millais y de Trier, y tu presentación de Lea se antoja enteramente melancólica, irresuelta, sin márgenes, ambigua y, por ello mismo, capaz de desprenderse de los regímenes de identidad. Lea puede representar el aguijón contra el que patea cierta izquierda, cierto feminismo y cierta filosofía crítica. Lo que se ofrece, prima facie, como trabajo político frente a la melancolía (del fin del mundo) es su impugnación, su denuncia como tara, pero aquí emerge una peculiarísima dificultad, la polimorfia del sintagma melancólico. Tan funesto es su padecimiento como detonador de filos contra el "realismo capitalista". Hay formas melancólicas de desobrar las comunidades del fin del mundo, aquellas que nos dejan solos, en comunión con todo lo demás.

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