Esperanza.

 


Esperanza.

Lo que no me gusta de las historias de suicidio es que son como una nota roja. Son como el típico periódico en los puestos de revistas en Tacubaya, en dónde podemos ver cuerpos descarnados con las vísceras de fuera en un accidente aparatoso. Son como estas primeras planas que no quieres ver pero que de alguna forma el morbo de ver nuestra corporalidad destrozada atrapa la mirada de varios. Lucra con la tragedia, con la muerte. Digo esto porque al final de cuentas el muerto muere, sólo quedan los vivos, los que vemos. Los que observan desde afuera el acto, el accidente planeado, el dolor triunfante al difunto. Nosotros los que aún podemos hablar, respirar y reír, nos apropiamos de la historia. Contamos cómo nos duele que esa persona se haya querido bajar antes de esta vida con sus propias manos. Ahora nosotros tomamos el estrellato, de la mejor amiga, el amante, la mamá, los hermanos, de esos que no aguantaron. Ahora nosotros contamos quienes eran. Contamos sus anécdotas, les ponemos razones a sus razones. Nos volvemos víctimas de su decisión y hasta redimimos nuestros actos comprando la corona de flores más grande que compense todos los mensajes no enviados. Toda la atención y escucha no dada. Ahora nosotros vendemos esa historia envuelta en tragedia, y los demás la compran. Sólo quieren escuchar, la forma, el momento y la última nota. Todos quieren saber por qué, pero nadie quiere darse cuenta de que sus manos también están rojas, no porque en realidad hayan cometido asesinato sino porque precisamente cuando estamos hablando de nuestra historia olvidamos la del muerto, olvidamos escuchar al que agonizaba mientras estaba viviendo. Al que no ayudamos. Al que no fue escuchado.

Por supuesto que no se trata de ponerte la capa de héroe fallido, y que tu poder megalómano tenía las facultades de salvar al otro. Para nada. Sin embargo, no está de más aceptar que a veces en las horas más negras de la noche la mano amiga puede ser ese destello de luz que anuncia el alba; que da la esperanza de que puedes cargar toda esa oscuridad vacía que habita en tu pecho. Tal vez, esa sensación de que no estás solo en la deriva puede ser suficiente para esperar a ver si sale el sol al día siguiente.

En fin, nadie merece terminar sus días sin ser escuchado, sin contar su propia historia. Hagamos del estar presente al otro un acto político. Busquemos estar disponibles para entender y escuchar las sutilezas de su ser, de su dolor. Tal vez nunca comprenderemos, pero romper este muro que socialmente construimos entre nosotros puede ser un buen inicio a derribar el sistema. No tenemos por qué mantenernos individuales, herméticos, indiferentes al dolor ajeno. Al contrario, por qué no empezar por en realidad intentar mantener una ética del cuidado. No seamos idealistas y queramos salvar al mundo sólo es suficiente lograr escuchar al que tienes junto para mostrarle al sistema que todavía podemos conectarnos, que todavía se vale ser vulnerable, que somos humanos, que no estamos solos. Que aún hay esperanza en nosotros. Que los días grises si pueden ser mejores si estás acompañado.

Un buen día en C.U.


 
Para Ratita :)




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