Mi experiencia nihilista
Naces. Aprendes a hablar. Comienzas a preguntar. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué?
De pequeño pregunté alguna vez por qué nacemos, y la madre Susana de mi primaria católica me dijo: “Dios nos ha dado la vida porque somos sus hijos, porque Dios nos ama. Nos trajo porque tiene un plan para cada uno de nosotros. Y si lo amamos a él por sobre todo y por sobre todos, si somos buenos y nos arrepentimos de nuestros pecados, Dios nos concederá la vida eterna junto a él. Por eso en esta vida tienes que portarte bien, para ir al cielo. Allí todo es perfecto y no hay dolor. Allí podemos vivir eternamente.”
Una eternidad de alegría y sin dolor sonaba bien, y volver a ver algún día a mi abuelo me animaba. ¿Quién no querría creer en eso? Promesas. Esperanza. Salvación.
Pero la madre Susana omitió leerme los términos y condiciones. ¿Qué era ese “portarse bien”? ¿De qué pecados había que arrepentirse? ¿Qué pecado podía haber cometido yo, que sólo era un niño? Pronto descubrí que eran muchos, que desde el primer pecado de Adán y Eva, todos sus descendientes estábamos ya manchados, y que había cosas inocentes y naturales que sentía y pensaba que al parecer también eran pecados. Como cada jueves la maestra nos lleva a mí y a mis compañeros a la capilla. Nos dicen: “Jesús murió para salvarnos del pecado, Jesús se sacrificó y murió por todos nosotros. Jesús murió por cada uno de ustedes.” Todos golpeamos nuestros pechos con nuestros puños mientras decimos: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.”
Pero no podía evitar pensar que esto estaba mal. ¿Por mi culpa? ¡Yo ni siquiera estaba vivo! ¡Yo no le había pedido que muriera por mí! Sacudía la cabeza, espantado ¿Pero qué decía? Me inunda ese cotidiano sentimiento. Me aterraba cuando pensaba cosas que no debía pensar, cuando sentía cosas que debía suprimir. Si Dios todo lo sabía y veía, él ya me sabía indigno del cielo. Existía apenado de existir, de pensar, de sentir, de ser. Ya me habían dicho que las personas como yo se van al infierno, pero si todos éramos hijos de Dios, si nos amaba y tenía un plan para todos ¿entonces por qué me había hecho así? ¿por qué crear un hijo (en ese entonces una hija) indigno?
Con el paso del tiempo mi fe comenzó a debilitarse. Lo que me decían en otras clases ya no cuadraba con la clase de religión. En geografía nos explicaron el big bang, en ciencias naturales la evolución, ¿entonces Dios no había hecho el mundo y al humano en siete días? Regresaba a casa confundido, preguntándole a mi familia cuál era la verdad, me sentía engañado. ¿La biblia no eran más que cuentos? ¿Dios existía de verdad? ¿Todo este tiempo, no habían hecho más que manipularme? ¿En hacerme sentir culpable por sentir y pensar? ¿Por ser?
Por un momento sentí alivio. Pero luego entendí que esto no era puro festejo, este era un momento profundamente agridulce. Quizás me había salvado de ir al infierno si no lograba cambiar eso que pensaba y sentía, quizás me había librado de algo que negaba el cuerpo y la vida. Pero todas aquellas promesas que me hicieron cayeron al suelo para desaparecer como polvo. “Polvo eres y al polvo volverás”. Tantas veces escuché ese pasaje de la biblia, pero hasta ese momento lo comprendí. Ya no debía temer al infierno, pero ya no podía creer en el cielo. No volvería a ver a mi abuelo, él no estaba esperándonos en ningún lado. Después de la muerte no iremos a vivir una mejor y eterna vida. Sólo nos esfumamos. La materia no es divina, sino baja, mortal. No hay un sentido mayor, no hay un plan. Nosotros tampoco somos especiales. Ahora, estaba solo.
Desengaño. Parteaguas. Ruptura.
A pesar de todo lo malo por lo que pasé mientras fui a esa escuela y fui creyente, una parte de mí extraña mi fe. Pero incluso si de verdad quisiera volver a creer, ya no hay vuelta atrás. Mi papá dice que no hay persona más convencida que un convertido, pero no hubiera imaginado que fuera a ser tan doloroso. Cuando creces creyendo en un sentido divino, en el cielo, en que alguien te vigila y cuida siempre, que tiene un plan para todos y que todo pasa por algo… y de pronto lo pierdes todo de tajo, lidiar con este duelo existencial se vuelve algo muy difícil, es un hueco que nada parece llenar.
Si quitas la piedra angular de un edificio, ¿cómo puede mantenerse de pie? ¿Cómo se supone que sigas adelante? Caes en el vacío que deja tu fe muerta, el sentido y propósito que alguna vez creíste fielmente se desvanece sin más. Sin un para qué, ¿qué sentido tiene todo esto? Si todo se lo devora el olvido, ¿qué más da saltar a él de una vez?
Intentas encontrar un sentido en otras cosas, en lo que sea que te mantenga a flote, buscas un propósito, en algo en qué creer. Te interesas por la filosofía y su potencial transformador, por sus carácter crítico y rebelde. El socialismo suena muy bien, quizás te llama el anarquismo, te interesas por las luchas sociales y procuras mantenerte informado y crítico. Te convences de que si estudias lo suficiente quizás puedas ser útil para lograr un cambio.
Pero el mundo resulta demasiado hostil y parece condenado, con violencia desmedida, desigualdad extrema, migraciones y desplazamientos forzados, siempre en crisis económicas, y sumido en una alarmante emergencia climática. Mientras más lo estudias más aborreces al capitalismo y al neoliberalismo, pero no logras imaginar cómo podría ser superado todo este desastre. Durante la pandemia fue obvio que era más fácil lamentar las muertes de los “trabajadores esenciales” –esencialmente trabajos precarios– que proporcionar un sueldo universal, apoyos reales o replantearse el modelo económico tanto de producción como de consumo. Ves que muchas de tus teorías filosóficas políticas favoritas y sus propuestas no han logrado incitar un movimiento concreto suficientemente fuerte, y si lo hicieron o bien no resultó como se esperaba o fueron reprimidos. La historia está repleta de revoluciones fallidas. Ves cómo organizaciones sociales se estancan, como el activismo se corrompe, como tantas protestas y propuestas no llegan a la acción.
Te sientes enojado e indignado con la situación, pero al mismo tiempo sientes que no hay mucho qué hacer al respecto. ¿De qué sirve separar tu basura y reciclar tus envases cuando sabes la cantidad de basura y contaminación que producen las grandes empresas y corporaciones a nivel global? ¿De qué sirve intentar bañarse en cinco minutos cuando sabes la cantidad de agua que Coca Cola consume? ¿De qué sirve estudiar y escribir sobre un cambio social, cuando ves cómo los gobiernos conceden permisos y rescates a las empresas pero nos dejan a nosotros a morir por nuestra cuenta? ¿Y cuándo sabes que incluso si lográramos quitar a un gobierno, o bien uno igual o peor lo reemplazará, o bien no lograremos organizarnos de manera autónoma y caeremos en un caos? ¿Qué haces cuando sientes que sin importar qué tanto ruido hagamos las cosas no cambiarán? ¿De qué sirve votar? ¿Para qué ir a esa asamblea, a esa marcha? ¿Realmente vale la pena entregar toda tu energía y salud a una causa con la que jamás puedes estar totalmente convencido? ¿A la que no le logras ver mucho futuro? ¿Para qué estudiar y prepararse para un futuro que ya fue negado? ¿De qué sirve planear tu vida cuando sientes que el mundo está al filo del abismo, encaminado a su propia destrucción? ¿Para qué intentar pensar en el futuro si este ya fue vendido?
Y de alguna manera, se supone que debes de llevar una vida feliz, de comprar cosas que no necesitas y te endeudarán para sentirte bien, de intentar conseguir un trabajo –pedir uno bueno ya es avaricia– cuando la precarización laboral está a tope, de ignorar las noticias de desplazamientos, desapariciones y guerras, y de platicar en cambio de la última serie tendencia con la familia y los amigos, o arruinarás la reunión.
Si tu ya existente depresión empeora cada día, la explicación jamás será que el mundo está jodido y es natural que te sientas tan mal, sino que todo está simplemente en tu cabeza y unas cuantas pastillas lo arreglarán; y sí, ayudan, pero gran parte de nuestra aflicción es causada por las condiciones asfixiantes en las que vivimos, y para arreglar eso no hay pastilla. Ah, y si lidiar con todo esto es demasiado, te dirán que simplemente tienes que esforzarte más para tener una mejor vida, abandonar tu ingenuo idealismo y dejar de preocuparte demasiado por el mundo, porque así son las cosas.
Por más retorcido que suene, pensar que ya no hay futuro puede llegar a sonar reconfortante. Si el desastre es inminente, entonces ya no hay por qué preocuparse, y peor aún, ya no hay por qué ocuparse. ¿Qué más da entonces, hacer o no algo? ¿No suena mejor entregarse al guión de vida que nos han vendido y olvidarse de todos los problemas del mundo? ¿Entregarse a esos deseos que ni siquiera son tuyos? ¿Comprar ese celular, sacar ese crédito, contentarse con ese trabajo precarizado, ignorar las noticias, votar, pasar horas en las redes sociales para conseguir un poco de dopamina que te ayude a soportar tu día, y esperar al fin de semana para salir de fiesta –cuando apenas y te alcanza el sueldo– y beber hasta sentir que todo está bien? De todos modos no hay alternativa… ¿o sí?
Si bien el sentimiento del nihilismo no me ha invadido por completo –de ser así, no estaría ya aquí–, tampoco me ha abandonado. Pero al menos sé que somos muchos los que vivimos así, de a momentos esperanzados en que sí puede haber un cambio significativo, en que la organización social y las movilizaciones políticas sí pueden lograr un cambio… y de a momentos llenos de angustia, impotencia, y desesperanza por la “realidad” en la que vivimos de la que a veces no parece haber escapatoria alguna. ¿Dónde encontramos alternativas, dónde encontramos resistencia?
A pesar de todo, sí hay comunidades que han logrado funcionar de manera horizontal, de manera autogestiva; hay colectivos, protestas y movilizaciones que logran echar para atrás proyectos y políticas violentas de la lógica capitalista, que en lugar de buscar ganancias buscan ayudarse y apoyarse mutuamente. Quizás no tenemos una solución final y total a todo este desastre, y quizás el sentimiento de angustia, depresión y nihilismo no pueda ser superado del todo aunque nos esforcemos día con día en convencernos de que sí hay esperanza, pero al menos debemos de saber que no es algo con lo que tengamos que lidiar solos, que sí existen alternativas y genuinas resistencias, y que la comunidad es el primer paso para salir de esta oscuridad.

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