El territorio en disputa del internet
Nuestro mundo contemporáneo quedó atrapado bajo los ritmos del desarrollo tecnológico e industrial, donde lo único que importa es el desarrollo ilimitado de éstos y la lógica de la ganancia propia del capitalismo neoliberal. Nos encontramos en un constante déficit, siempre precarizados en todos aspectos, pero se nos da el respiro y espacio mínimamente suficiente para no llevarnos a o bien acabar con nuestras vidas por la desesperación absoluta, o bien a un límite en el cual no nos quede más que perder y entonces nos organicemos para rebelarnos; es decir, se nos mantiene en un límite en el que todavía podamos ser productivos y útiles. Como podemos comprar muchas cosas, acceder a muchas plataformas y consumir muchas series, entonces parece que somos libres y estamos dispuestos a seguir las reglas del juego; nos quedamos en ese trabajo explotador o no podremos pagar el crédito que acabamos de sacar para conseguir ese teclado con lucecitas de colores. ¿Cuál es entonces, la vía revolucionaria? ¿Queda siquiera alguna? El capitalismo es una máquina que se lo traga todo, incluso las resistencias y críticas hacia él se las come, las digiere, y nos las regresa como mercancías listas para ser consumidas. ¿Cómo se opone resistencia a un sistema así?
Hemos de recordar que, como menciona Marx en los Grundrisse, toda producción es a su vez consumo. Para producir algo se consumen recursos naturales, medios de producción y la propia energía y cuerpo del obrero; toda producción implica un consumo y desgaste de fuerzas vitales y medios de producción. A su vez, cuando el humano consume algo en este acto se está produciendo a sí mismo, pues el consumo modifica su cuerpo, mente, sus necesidades y deseos. Producción y consumo constituyen el medio y posibilidad para el otro, pues la producción precisamente produce los objetos que serán consumidos y así se posibilita un consumo, mientras que en cambio, el consumo crea al sujeto cuyas necesidades activan la producción de los objetos que consumirá para satisfacerlas. Por ello, la producción y el consumo se crean mutuamente: se producen mercancías para los sujetos y se crean sujetos para consumir las mercancías.
Hoy en día hay contados espacios y momentos en los que no estamos inundados de mercadotecnia, de espectaculares enormes, postes de luz empapelados, pantallas brillosísimas, pop-ups molestos, anuncios en videos y redes sociales que gritan todos una cosa: compra algo nuevo, aprovecha las ofertas, paga en meses sin intereses, saca una tarjeta de crédito, endeudate, esclavizate, consume. El mismo marketing nos produce deseos mediante toda una narrativa del “éxito” y la “buena vida”, para después vendernos aquello que ahora creemos que queremos. Estamos tan inmersos en el sistema que nos resulta casi imposible salirnos de él precisamente porque parece que puede darnos todo eso que queremos.
Deleuze y Guattari nos dicen que el capitalismo requiere de la territorialización de nuestros deseos para funcionar, es decir que nuestros deseos tienen que ser los mismos que los del capital. Nosotros mismos somos territorio, y no nos damos cuenta de qué tanto estamos territorializados, de qué tanto de lo que deseamos no es en realidad el deseo del capital, de que sospechosamente aquellas cosas que nos han enseñado a querer se alinean perfectamente con el status quo. Ahora bien, si el consumo activa la producción y la producción activa el consumo, la manera que tenemos que hacerle frente al flujo de la aceleración del capital sería rechazar aquellos deseos consumistas que no son nuestros sino que el capitalismo nos han inculcado para desactivar entonces el consumo y por lo tanto el flujo de capital. Cuando un individuo, un cuerpo deseante, no comparte los deseos del capital y no responde a su lógica, Deleuze y Guattari hablan de una desterritorialización como una forma de resistencia.
La territorialización y la desterritorialización del capital es una lucha que se encuentra constantemente en tensión. Nunca hay terreno ganado contra la lógica del capital y sus políticas violentas. Nuestros mismos derechos se ven constantemente bajo ataque, al punto donde, por ejemplo, derechos que creíamos ya ganados como derechos laborales, derechos reproductivos o derechos para minorías se ven “debatidos” y puestos en peligro cada vez que un partido político de derecha o incluso un pequeño grupo de personas tienen suficiente poder, influencia y exposición en medios de comunicación e instituciones. Los acuerdos ambientales y de responsabilidad social siempre se vuelven flexibles y se terminan rompiendo. Las prohibiciones y sanciones pensadas para frenar a grandes empresas, instituciones e incluso gobiernos de ejercer violencia son fácilmente ignoradas. Pero esta tensión también va del otro lado: los terrenos aparentemente perdidos a la lógica del capital también pueden ser desterritorializados.
Para mí, uno de los terrenos en disputa más interesantes de analizar en nuestros días es el terreno de lo digital, específicamente del internet. El internet se desarrolló inicialmente desde los 60's por el departamento de defensa de los Estados Unidos en colaboración con universidades, pero hasta los 90's se vuelve lo que ahora conocemos como internet con la llegada del primer navegador web y de la world wide web. Todavía recuerdo el gran asombro que tuve al entender de qué era capaz esa cosa llamada Internet Explorer cuando mis padres me dejaron jugar solitario y rompecabezas en la computadora familiar. ¿Cómo era posible que al picar ese iconito pudiera entrar a un sitio que podía mostrarme lo que sea que quisiera buscar? Ahí podías encontrar lo que quisieras, juegos, fotos de animales, música, o aprender cosas nuevas, y en lugar de buscar en la enciclopedia larousse entrar ahora a wikipedia. Incluso podías hablar con otras personas ahí dentro, y en navidad o año nuevo mis tíos asistían a la reunión familiar desde una llamada de Skype.
A todas luces el internet parecía el mejor invento que se hubiera hecho. Cuando mis padres vieron que pasaba mucho tiempo en sitios de juegos, en mi primer facebook que abrí a pesar de que me lo habían prohibido, y descargando música de sitios piratas, decidieron hablarme de los peligros: virus, fraudes, la deep web, extorsiones, chantajes, etcétera, etcétera. Si eso no era suficiente aguafiestas, años más tarde el internet comenzó a cambiar. La pequeña tira de anuncios de algunos sitios de internet se comenzó a volver más y más ancha, los sitios de donde pirateaba música los habían tirado al igual que algunos sitios de juegos gratis, y aquellos juegos que ahí seguían ahora tenían “contenido premium” por el que había que pagar.
Actualmente es bien sabido que si un sitio, plataforma o aplicación es gratuita, el producto eres tú. Es casi imposible navegar el internet sin toparse con una cantidad enorme de anuncios, y aunque muchos tenemos instalado un adblocker hay muchos sitios que no te dejan acceder a menos que lo apagues. La experiencia de internet ha cambiado, ya no es ese sitio que prometía un acceso libre e ilimitado a la información, o la posibilidad de conectar tanto con familiares y amigos como con cualquier persona en el mundo. Además de los infinitos anuncios, ahora te topas con paywalls, con desinformación, noticias falsas, polarización, con grupos de personas horrendas en redes sociales, con cookies, rastreadores, con cientos de páginas de términos y condiciones que nadie tiene tiempo de leer, y aunque sabemos exactamente qué dicen seleccionamos el botón de “aceptar”. No ha sido necesaria la victoria de Ingsoc porque nosotros mismos entregamos nuestros datos, vidas privadas y permitimos que nuestra sala se vuelva una segunda oficina de tiempo extra sin hesitar. No fue necesario instalar en nuestros hogares la pantalla vigilante de Big Brother que no se puede apagar o las bocinas con las que adoctrinaban a los bebés en Un Mundo Feliz, porque nosotros mismos las compramos en el buen fin.
Sin embargo, así como la tecnología ha creado nuevas formas de opresión y explotación o ha acrecentado las que ya existían, también puede ser una herramienta para el cambio y ofrecer nuevas formas de resistencia y rebelión. No todo lo que se produce dentro del capitalismo le pertenece ni obedece a este, y por lo tanto se pueden re-apropiar los avances tecnológicos. Es verdad que muchas veces surgen a partir de una lógica capitalista y son utilizados para servir a esta lógica, pero pueden ser resignificados. Una ironía de la izquierda es que resulta ser altamente conservadora y no admite luchas, estrategias o dispositivos que, aunque podrían ser de gran utilidad, los consideran de derecha y se niegan a aprovecharlos para su causa. Esto es a lo que Fisher llama estilo radical chic. Si bien es cierto que detrás de un aparato electrónico puede haber mucha violencia –probablemente fue ensamblado por un trabajador explotado y precarizado, después vendido a un costo mucho mayor generando ganancias al capitalista, e incluso desde sus propios materiales se ve envuelto en temas de extractivismo, contaminación, obsolescencia planeada, y ni hablemos del uso violento que se le puede dar– sería necio negar que mediante un uso redireccionado se puede lograr algo positivo.
Volviendo al internet, ¿de qué maneras puede ser utilizado para bien? Si bien las redes sociales han sido utilizadas para alimentar la desinformación, los discursos de odio y la polarización, también han sido herramientas políticas para la organización social y la movilización política. No olvidemos por ejemplo el gran papel que tuvieron en la Primavera Árabe entre el 2011 y el 2012, o cómo en el actual asedio sobre Gaza resulta vital que las imágenes y videos de lo que realmente está pasando sean compartidos para llegar a más personas que posiblemente dejarán de ser apáticas y acríticas y quizás eso las lleve a movilizarse. Gracias a grupos y páginas se ha podido facilitar crear espacios y grupos de convivencia e intercambio alternativos a los regidos bajo la lógica capital; se organizan trueques, bazares –no los gentrificados–, grupos de apoyo, grupos de voluntariado, centros de acopio, comedores y talleres comunitarios, se convoca a manifestaciones, protestas y plantones, etcétera, etcétera.
Otros ejemplos son la lucha por el libre acceso a la información y a los datos, o el movimiento de software libre. Una característica vital del realismo capitalista es la pérdida y destrucción del espacio público, quedando sólo lo privatizado y lo particular; la privatización ha ocasionado que el enfoque del desarrollo tecnológico sea la ganancia económica por encima o incluso a pesar de necesidades sociales o ambientales. Gracias a esto es que internet cada vez se llena más de anuncios y paywalls, cada vez recopila más de nuestros datos sin decirnos para qué los usan, y está relacionado también con la obsolescencia planeada del software y hardware y que estos sean cerrados/privatizados.
En contraste, el libre acceso a la información aboga por que la información no sea únicamente accesible mediante el pago que puede ser ridículamente caro, como pasa con los paywalls de innumerables papers, artículos y libros académicos y científicos. Proyectos de libre acceso a la información serían las muchas páginas de piratería que distribuyen gratuitamente estos textos, así como las páginas, foros y comunidades que constantemente trabajan para crear extensiones, herramientas y programas gratuitos que ayudan a los usuarios a bloquear el constante bombardeo mercadotécnico, engañar a paywalls y crackear programas para su uso.
Por otro lado, quienes abogan por el libre acceso a los datos exigen una transparencia de los datos recopilados por las grandes empresas y de cómo es que usan estos datos exactamente. Recordemos el escándalo de Cambridge Analytica, donde mediante el uso indebido de datos personales en redes sociales de millones de personas la empresa definió posibles perfiles de votantes que se utilizaron para diseñar una estrategia propagandística según el perfil de las personas. El objetivo último de la empresa es identificar a posibles votantes por un candidato, llenarles el feed de propaganda, y así influir en los resultados de una elección. Cambridge Analytica resultó estar metida en las elecciones estadounidenses de 2016 cuando ganó Trump y en el referéndum del Brexit en el mismo año.
Este uso indebido de los datos personales fue denunciado por un antiguo empleado de la compañía, pero en muchas ocasiones se denuncian este tipo de situaciones mediante los llamados “leaks” o filtraciones, que son un claro ejemplo de resistencia mediante el uso de la tecnología. Sitios como Wikileaks han contribuido a denunciar y sacar a la luz innumerables casos de violaciones a los derechos humanos y de corrupción, como el Collateral Damage de 2007 o los Irak Log Wars de 2010. En este ámbito es importante mencionar también al grupo hacktivista Guacamaya, quienes en 2022 publicaron los Guacamaya Leaks con millones de correos y documentos del ejército mexicano, que expusieron grandes casos de corrupción, violencia militar y de vigilancia a periodistas.
Finalmente, el software libre tiene por propósito ético fundamental la libertad del usuario informático. Sólo se puede decir que un software es libre si el usuario es libre de utilizarlo, de estudiarlo, de distribuirlo y de mejorarlo. El punto es que el software sea no sólo free de gratuito, sino free de libre, ya que no todos los software gratuitos son abiertos, modificables y mejorables, lo que ya los haría software libres. Cada vez que escucho a alguien decir que las personas hoy en día no hacen nada a menos que se les pague por ello, pienso inmediatamente en todas esas personas en comunidades virtuales y foros que publican sus códigos o programas abiertos para que cualquiera pueda utilizarlos, y normalmente en los comentarios de la publicación original encuentras a otros usuarios felices de publicar su aportación al código para mejorar el programa. Desde extensiones originales de videojuegos, herramientas nuevas, hasta programas de adblockers o crackers para programas de arquitectura, animación, o diseño gráfico que son muy caros para la persona promedio, estos grupos virtuales trabajan juntos de una manera realmente horizontal y solidaria.
El uso de la tecnología no es algo que se deba satanizar sino aprovechar; no hay que caer en una tecnofilia, pero la tecnofobia tampoco nos sirve de mucho. Puede ayudar a la distribución de información y herramientas, a concientizar, a denunciar, y a la organización y movilización social. Dentro de la lógica capitalismo se puede aprovechar la tecnología para bifurcar el flujo y no abonar al capital, es posible subvertir las narrativas y prácticas hegemónicas y abrir espacios para la resistencia. Fisher nos invita a replantearnos cómo la tecnología puede ser utilizada no sólo como una herramienta de control, sino como una poderosa herramienta para construir nuevas formas de comunidad y participación política.

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