Comunidades entre Muerte y Vida: Abismo, Duelo, Colapso y esperanza
Mark Fisher
se suicida el viernes 13 de enero del 2017,
informa su
esposa y compañera de vida a
quien
Fisher dedicaba cada uno de sus últimos libros.
¿Perdimos?
Un terror a la luz del sol: fantasmas, muerte y mutilados
Después del
suicidio de Mark Fisher un pequeño grupo de sus estudiantes se encontraba en la
biblioteca realizando tareas pendientes para el día siguiente (jaja). De pronto
y de manera abrupta se enteraron de dicha noticia, asaltó a sus corazones la
caída del cuerpo y alma de el que era uno de sus profesores. Uno de ellos dejo
de realizar sus actividades en la mesa de la biblioteca y dijo: "¿Qué
estoy haciendo?, ¿Qué sentido tiene ahora?"
El suicidio de Fisher aconteció tal como acaece un día nublado por la mañana como evento que permite que surja el día y su luz, aunque de manera más grisácea, pero que curiosamente al mismo tiempo impide salir al sol como normalmente surge. Esto acaeció como el susto repentino de una película de terror: enmudeció los labios, aceleró los ritmos cardiacos, altero los cerebros, dejo un gran impacto en los espectadores, pero a diferencia de dichas películas, el olor a muerte es más asqueroso e incómodo, ese impacto no tenía pausa como la que se tiene al terminar una escena de suspenso en cualquier función de media noche. Este fue un terror a la luz del sol, de un sol oculto.
Las
preguntas que surgieron en esa mesa serían el fondo y la brújula de un proyecto
colectivo que rondaría entre mucha gente cercana a Fisher (y más allá) para
pensar de manera seria y grave aquellos cuestionamientos terroríficos que
salieron a la luz tenue del sol. "Lo grave es aquello que nos deja qué
pensar" decía el filósofo Martin Heidegger en sus lecciones sobre qué significa pensar. Yo agregaría que
además de lo grave, lo terrorífico invita al pensamiento, incluso lo traspasa,
se introduce entre la carne hasta llegar al corazón, a las vísceras y a la
mucosa cerebral, nuestros núcleos fisionómicos. No resulta fortuito que Fisher
en su última obra publicada incluyera reflexiones de este orden de ideas en Lo raro y lo espeluznante.
Lo terrorífico,
lo capaz de estremecernos y asustarnos antecede a cualquier pensamiento, manifiesta
un sentir violento en nuestro ser. Somos seres para la muerte, pero la muerte
siempre se mira a la distancia, pero si se encarna como espectro, fantasma o
monstruo transgrede el “orden natural de la vida” y nos altera, nos estremece,
nos inquieta, nos asusta. Nos asusta que el monstruo, el fantasma, espectro nos
lleve a su habitar espectral que no es de este mundo. La muerte se imagina de
manera postergada y por ello cuando aparece resuena en nosotros la finitud.
Cualquier
impresión que haga ecos en nuestra finitud es capaz de asaltarnos violentamente,
porque en primera instancia parece ser que la vida quiere prevalecerse. ¿Pero
qué sucede cuando la vida atenta contra la vida?, y más aún, ¿Qué sucede cuando
la vida atenta contra su propia vida?, ¿Qué se activa o desactiva en nuestra
vitalidad para querer pasar al mundo de lo espectral o la no-vida? La muerte de
los otros, desde nuestra impresión o experiencia estética no es menos violenta,
de hecho su violencia adquiere fuerza cuando es un suicidio. El suicidio de alguien
cercano traspasa fenomenológicamente a todas las vidas vinculadas afectivamente.
En un sentido la muerte del que se quitó la vida es una cierta muerte de aquellos
que lo quisieron en algún modo. Freud señalaba que mientras una persona se va
de nuestras vidas, una parte de configuración existencial se va de nosotros con
ella y por tanto, la construcción de nuestro mundo queda mutilada en cierto
sentido, no volvemos a ser los mismos, ni mucho menos aquellos más involucrados
íntimamente. Cuando alguien se va de nuestras vidas algo de nosotros se va con
ellos. Muchos se vuelven los mutilados en luto, el luto se convierte en el
instante de los mutilados. Ese momento reúne, genera un encuentro entre almas
dolientes, el luto compartido es una comunidad de dolientes o de mutilados
existenciales.
El abismo
"Entre
el cielo y el infierno solo hay un espacio, sólo hay un abismo"
-Natanael Cano
No he
comido bien estos últimos días, de hecho no he comido mucho. Mi cabeza lo ha delatado,
con un pequeño dolor punzante craneal que a veces incrementa. Mi boca se seca
porque olvido a veces del agua, el cuerpo se agota. A veces lo olvido o a veces
simplemente me es indiferente.
Siento mi cuerpo doliente que me pide que no
lo maltrate, aunque a veces parece que no siento aquello que llaman alma para
que lo salve. De cualquier manera no siempre tiene que sentirse, simplemente
hay días así.
La comunidad del abismo
Yo y todo
lo demás entre un gran espacio, el abismo.
Entre mi
ser y el otro, entre yo y toda alteridad hay un abismo.
Lo que hay
entre yo y todo lo demás puede causarme incertidumbre, extrañeza, terror, eso
que pone en pausa mi cotidianidad. Por experiencia ante horrores rodeamos un
gran abismo quienes hemos sentido esa crudeza.
A su vez, ese
abismo, entre eso que llamamos vida y eso que llamamos muerte es indescifrable.
Sin
embargo, no hay abismo que aleje completamente del otro, no hay abismo que
aleje completamente del infinito, en términos Levinasianos esto es, de los
otros rostros, de la alteridad, desde las infinitas posibilidades en las que el
otro acontece ante mí como alteridad.
Yo soy
finitud y reconozco aquello que es el otro en mí, es otra finitud que, a su
vez, es infinitud, puesto que acontece como posibilidades ante mí. Esto es lo
infinito en lo finito. Puedo sentirlo, podemos reconocernos mutuamente aunque
un abismo este presente.
Basta con
reconocer nuestros rostros uno con el otro.
En ese
sentido, podemos ser comunidad aunque un abismo este presente.
La comunidad del abismo-Microhistoria
Sentados en círculo, escuchando una única voz que dice palabras, todos atónitos. Todos se preguntan qué hacen ahí, todos se preguntan qué sentido tiene, todos se preguntan si hacen lo correcto, todos se preguntan, pero en silencio. Lloran en silencio cada noche mientras están recostados antes de dormir, todos tienen problemas para poder dormir, todos tienen pesadillas de las que nunca hablan. Nadie lo sabe, pero comparten eso en ciertos días de la semana, en ciertas penumbras de la noche. Ellos se entenderían si tan solo miraran y reconocieran sus rostros mutuamente un poco más.
Pero uno le pregunto al otro un día y de manera aleatoria: “¿cómo se siente tu alma?”, entonces dieron un primer paso, quizá el más importante.
¿Dónde está la esperanza para quienes ya no podemos?
Johan Liebert es un personaje misántropo en el anime llamado "Monster". Una historia que se desarrolla en época postguerra y después de la caída del muro de Berlín. Un ambiente de fascismo, desilusión, crisis económica y ruina se respira en el transcurso de la trama. Johan tiene un desprecio por la vida humana, de ahí que él se propone a viralizar este desprecio a tal modo de que induce a niños al suicidio, a tal modo de que se muestra amable ante las miradas de todos para una vez en confianza, manipularlos, someterlos a su voluntad o incluso torturarlos para invitarlos a ver la muerte como una misericordia. Para invitar a los otros a que miren que cada día vale lo mismo si solo es una tortura desoladora, a ver la vida como una tortura asfixiante que sólo merece un fin y lo más pronto. En este sentido podemos afirmar que Johan hace y reproduce a la comunidad de los sin esperanza.
En la trama
se cuenta un cuento clave a descifrar para comprender la ontología de Johan
como el monstruo sin nombre o el monstruo misántropo:
Johan es el
monstruo sin nombre, buscó por un tiempo cualquier posibilidad de ser y hacerse
con un nombre, pero no encontró más que posibilidad extinción contra la
alteridad, acabar e imposibilitar ese rasgo infinito en los otros para
afirmarse a sí mismo. Johan se sirve de los otros para afirmar su voluntad, su
fin y su fin es el del desprecio, sufrimiento y la muerte humana. A su vez, no quiere ser reconocido por una
alteridad, pero si quiere que cada alteridad reconozca la extinción como único
fundamento vital. El principio metafísico y motor que mueve las motivaciones de
Johan nos recuerda ese encuentro mitológico entre Sileno y el rey Midas. Donde
el rey midas le pregunto al sátiro: “¿qué es lo más preferible para el ser
humano?” y Sileno le respondió: “son solo dos cosas, no haber nacido o morir
pronto.”
Johan no quiere ser reconocido como un yo finito ante los demás, ni reconocer otras alteridades como posibilidades de existencia singular, desde su misantropía política quiere que se le reconozca como una extinción política, como aquel que devora a las alteridades, que arrasa con toda alteridad: con su mente, mundo emocional y después con su vida.
En ese
sentido Johan es la representación del monstruo que te hace entrar en las
tinieblas para sentirlas. Es el monstruo que te hace desear salir de ellas pero
con ello también hace desear salir fuera de toda vida posible, renunciar a
reconocerse como posibilidad.
Esta imagen
nos es útil tenerla en mente para distanciarnos de ella, para redimir la imagen
del monstruo, y después considerar apropiarnos de ella, pero no como máquina
asesina desesperanzadora.
Incluso las
tinieblas son cálidas y hay que reconocerlo.
Salir de las llamas no tiene que significar acabar con las posibilidades infinitas de las que somos mientras seamos posibles en la finitud. No negar nuestro rostro ni el rostro de los otros, aspirar a ser el monstruo de infinitos rostros que se reconocen podría ser una bella aspiración.
Colapso
Alguien que
se ha vuelto muy importante para mi vida me envió un mensaje sorpresivo en un
momento inesperado. Me dijo que sentía que no podía más, que la tristeza había
traspasado todo su ser. Pese a la brevedad de las palabras pude sentir un gran
desborde, una pequeña explosión ontológica. Alguien hecho cenizas puede
reconocer a alguien hecho cenizas. Pues "¿Cómo podemos realmente
conocernos a nosotros mismos sin la oportunidad de vernos reflejados en los
ojos del otro?" (Colquhoun, Egreso,
p.20)
Enseguida
quise atender a su llamado, pero no siempre se puede atender a todos los
llamados. A pesar de eso, me reconozco en el otro y tengo la corazonada que su
abismo más que destruirle le transforma, y toda transformación es en sí misma
dolorosa. Sin embargo, si sintiera lo contrario muy probablemente me hubiera
acercado más a dicha otredad, aunque seamos cenizas no dejaría que nos perdiéramos
dispersados en el frío viento. Seremos cenizas pero no por ello merecemos
desvanecernos abruptamente entre el viento que oxida cuerpos, desintegra
materia y extingue almas.
No soy salvador de nadie, porque no hay nadie debajo de mí a quien salvar (toda
idea heroica tiene un fascismo interno). Pero una ceniza reconoce a otra porque
entiende la experiencia de haber vivido alguna vez en llamas. Y mientras esto
no signifique su extinción acompañaré la prevalencia de toda ceniza.
Esa ceniza
tiene un rostro, uno que he visto y reconocido, como un infinito levinasiano. La
preocupación y el cuidado por el otro es ese ejercicio heterónomo donde no se pierde
la autonomía ni la singularidad.
He visto el
infinito en la alteridad como la posibilidad que puedo reconocer en su rostro y
he tenido encuentros con ese rostro a través de experiencias semejantes, por
ello de alguna forma compartidas. Y no quiero que ese infinito se extinga. Ningún
rostro debería apagarse por las posibilidades que aguardan en los misterios de
los abismos, la vida es una posibilidad para descubrir y descifrar esos
misterios del rostro.
Si esa
persona pudiera leer esto le daría mis más cariñosas y sinceras gracias. Un
agradecimiento por considerarme en su colapso. Por otro lado, siento un pequeño
alivio, ya que esto significa que en el fondo de sí sabe que en esos instantes
no hay puro ruido ni incendio quemador, ni saturación de la vida. En el colapso
es consolador saberse no-desolado. En mi ser posible puedo ser para-otro y otro
puede ser-para-mí en un posible colapso. Es consolador.
Sí… firmo
este final de párrafo con una pequeña gota de mi ser,
con una
pequeña lágrima…
A veces el corazón
tiene que regarse un poco para que algo florezca.
Laberintos y rostros: hacia una fenomenología
comunitaria del laberinto
Mark Fisher llamó como lo raro a aquello que sentimos cuando parece que algo se desnaturalizaba e inestabilizaba en el mundo, una apertura al exterior que irrumpe con lo cotidiano. Pero pienso que también podemos hablar de un "raro" interno, esto es, aquello que puede senti-pensarse como lo que está en mí y me inquieta, como aquello que me desestabiliza y no me permite estar en orden, ni en calma porque hay algo en mí que no entiendo, pero que algo me afecta. Una rareza fenoménica y laberíntica hacia nosotros mismos, donde buscamos algo internamente, pero parece difícil encontrarlo, de cualquier manera no sabemos cuál es exactamente nuestra búsqueda. No le hayamos explicación clara al buscar en este laberinto interno, bajo esta experiencia fenoménica, a su vez, identificamos esto raro en los otros una vez que nos hemos reconocido como laberintos indescifrables, uno a través del rostro del otro.
La comunidad del colapso
“Entonces
llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus
discípulos: Siéntense aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a
Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en
gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la
muerte; quédense aquí, y velen conmigo.”
Mateo
26:36-38
“Y estando
en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre
que caían hasta la tierra. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus
discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza.”
La
comunidad del colapso surge en una emergencia. En los dos sentidos de dicha
palabra, primero como aquello que emerge de manera espontánea, como un
resultado distinto del conjunto de sus partes y segundo como aquello que es
resultado de algo inesperado y preocupante.
La comunidad del colapso es algo que emerge, algo de lo que podemos ser una vez conscientes para reconocernos y proceder a una especie de cuidado mutuo, como aquello que sugirió el amigo íntimo de Fisher, Robin Mackay cuando señaló en el "mark Fisher memorial" en un discurso doloroso y preventivo sobre el cuidado de los unos de los otros: "necesitamos aprender en términos de cuidar de nosotros y el uno al otro ahora mismo."
Vivir en comunidad: pensar y sentir
En la
universidad de Londres donde Fisher impartía clases su suicidio tuvo efectos,
en tanto que se organizaron y formaron comunidades alrededor no sólo de sus
obras, sino de aquello que había pasado con el mismo Fisher.
En lo
personal, alguna vez hablaba con un amigo sobre el suicidio de Fisher. Recién
salíamos de una clase de filosofía mexicana, el tema sobre el que habíamos
reflexionado en la clase era sobre la comunidad. Nos hicimos la siguiente
pregunta: "¿Mark Fisher se hubiera suicidado si hubiese conocido una comunidad
como la Maya-Tojolabal?" Esto debido a que consideramos que la estructura
socio-económica capitalista puede internalizarse de tal modo que nos deja sin
esperanza ni salida, nos fragmenta, nos separa, nos constituye como sujetos
individuales y desolados. Con ello rompe vínculos porque su funcionamiento
opera desde la atomización y la competencia salvaje de unos con otros. En cambio, en la
comunidad Maya-Tojolabal la unión comunal es de gran relevancia para la
convivencia y cada singularidad. En esta comunidad la palabra de cada uno y una
es muy importante, se prioriza el escucharse mutuamente porque esto se
considera un bien para el corazón (altsil), es importante para dicha comunidad
pensar en cómo relaciono mi corazón con el otro, pues debe ser una relación de
cuidado. Pero esto va más allá de la relación interpersonal. En cierto sentido podríamos
decir que esta comunidad tiene una “cosmocracia”, debido a que considera que
cada parte de la naturaleza, además de nosotros, tiene un atsil y por ello hay
que saber cuidar el atsil de los ríos, las plantas, etc.
El filósofo Carlos Lenkersdorf quien centró sus estudios en aprender el pensamiento, prácticas y vida de los Mayas-Tojolabales relató en su texto "Padre, te confieso que he pecado, chingué la lumbre" cómo en la comunidad había prácticas procedentes de la colonización como la implementación de la religión católica y sus respectivos ejercicios confesionales, sin embargo, la comunidad se apropiaba de ellas y las adaptaba a su vida y cosmovisión. Por ejemplo, al momento de la confesión de los pecados un sacerdote llega a la comunidad, Carlos cuenta que en una ocasión un integrante fue a confesarle al padre que había “chingado el fuego”, debido a que no había cuidado de su atsil (corazón), le contó que se encontraba enojado en un estado de inquietud y eso lo condujo a hacerle daño al atsil del fuego, aunque al sacerdote le pareció extraña la confesión recibía muchas de este tipo y aunque les decía que eso no era “pecado”, los miembros de la comunidad insistían en que un estado de arrebato o enojo no era razón para lastimar el atsil de alguien más.
En otra ocasión Carlos se llevó
una gran sorpresa al sentir un contraste al que estaba acostumbrado a vivir desde
el individualismo de occidente, se dio cuenta de los vínculos no estaban
fragmentados en esa comunidad. En otra ocasión mientras realizaba su
investigación contaba que se había separado del grupo y una niña se acercó a
él, le pregunto "¿Por qué estás triste?" A lo que él se sorprendido y
dijo: “¿por qué piensas que estoy triste?”, a lo que la niña respondió: “cuando
alguien se aleja y camina solo mientras todos conviven juntos es porque está
triste. ¿Puedo caminar contigo?” A lo que Carlos no dio mayor respuesta y sólo
caminaron juntos. Carlos contaba a partir de esta anécdota que se sintió
incluido y se sintió como parte de la comunidad mientras conocía y comprendía
las costumbres y modos de vida.
En ese
momento mi amigo y yo nos preguntamos: “si Fisher hubiera conocido a esa
comunidad y se hubiera vinculado con prácticas y cosmovisones de este tipo y
hubiera ocupado el lugar de Carlos Lenkersdorf, ¿todavía hubiera elegido
desvivirse?
Dicho de
otra manera, ¿puede haber una comunidad del cuidado que genere una resistencia
protectiva o una comunidad que proteja de las violencias capitalistas?
Esto
nos recuerda a la reflexión que se hace Colquhoun sobre el acompañamiento en
comunidad: "En Goldsmiths en particular, nos encontramos actuando de
nuevas formas en compañía de otro. En medio del dolor y la desesperación, nos
vimos cuestionando la surrealidad de nuestros modos de existencia previos, nos preguntamos:
'¿Qué tal si siempre nos tratamos así?'. Y, lo que es más importante: '¿Por qué
no hemos actuado de esta manera antes?'" (Colquhoun, La función Fisher en Egreso,
p. 29)
Hacia una esperanza política (en comunidad)
Colquhoun
nos cuenta desde la comunidad del duelo que pueden construirse bases políticas
del cuidado mutuo: "creo que, a través de un examen sensible de las
implicaciones políticas de la muerte de Mark, será posible ver qué las nuevas e
intensificadas prácticas de comunalidad y cuidado, que tan a menudo brotan
desde el interior de las comunidades de duelo, pueden extenderse y efectuar
cambios más allá. Al hacernos estás preguntas difíciles, de modo honesto y
abierto, podemos encontrar esperanza, y no solo esperanza, sino confianza."
(Colquhoun, La función Fisher en Egreso, P.30) Por su parte, cabe
recordar que Fisher abandonó la esperanza, en tanto podría tener un efecto
inactivo o pasivo que no impulsara hacia un cambio, por eso abogaba más por la
confianza. Fisher decía en una entrada de su blog en 2015: "no necesitamos
esperanza; lo que necesitamos es confianza en la capacidad de actuar."
Sin
embargo, el precio de abandonar la esperanza es dejar de lado una herramienta
que, si bien ha sido utilizada en campos religiosos o teleológicos también
puede politizarse. Abandonar de manera contundente la esperanza nos aparta de
la posibilidad de construir algo que yo llamo como esperanza política.
La esperanza política puede ser una herramienta transformadora si se piensa en ella como la posibilidad del cambio hacia algo "imposible", romper con el orden de las cosas, pensar hacia algo nuevo, retomando el sentido bataileano de pensar lo imposible. En un mundo donde lo posible es lo que está establecido, lo que ya está en aras de construcción para llevarse a cabo y seguirse reproduciendo catastróficamente sobre ruinas hay que posicionarnos política e imaginariamente hacia aquello que escapa fuera de estas coordenadas, en aquello que no ha sido pensando o imaginado antes. Por ello también es importante rescatar la imaginación como factor crítico y político transformador. Abogar por una imaginación crítica, con tanta seriedad como la que se le ha dado a la racionalidad política para conducir y construirnos nuestra esperanza política. Parafraseando el sentido de la última obra de Paulo Freire antes de morir, la "Pedagogía de la indignación": hay que pensar en una esperanza que sea una herramienta política y transformadora.
Pensemos en
construir comunidades: hagámoslo en duelos, en colapsos, en cuidado, en
laberintos, pensemos en que somos seres finitos, pero con posibilidades
infinitas, transformadoras, veamos rostros, seamos un monstruo, pero con
rostros infinitos, seamos un monstruo donde caben muchos monstruos que se
reconocen como singularidades, escuchemos, pensemos lo imposible, pero
pensemos, hablemos de lo que nos duele, pero no nos neguemos de ningún sentir,
seamos rebeldes, pero prudentes, cuidadosos, hagamos herramientas, seamos
críticos, pero con esperanza, imaginemos, no dejemos de imaginar...
Lo que yo quiero no está en este mundo. Pero tampoco está fuera de él.
Todavía
siento que quiero, estando en el mundo.
Mientras
permanezco quiero.
Mientras
permanezco me quiero
como un agente
transformador.
Mientras
permanezco.

Comentarios
Publicar un comentario