Las cápsulas de la "felicidad"


Cuando menos se espera, el aguacero cae sobre la tranquila piel del día. 

Así ocurre. No temas, no te aflijas, no hay secreto (...)

La tristeza es un soplo, o un aroma, para llevarlo dulce y suavemente. 

(Pilar Paz Pasamar)


¿Cómo empezar un texto que pretende hablar de antidepresivos y ansiolíticos sin caer en la comodidad de la tercera persona y, por lo tanto, del casi anonimato? 

Empezaré con una breve anécdota de mi vida, pues he aprendido que la reflexión hecha en primera persona agrega matices que sobrepasan los lindes del estilo académico.

El lunes, el más cercano a la fecha en la que lean esto, tuve mi cita mensual con el psiquiatra. Entre las cosas que comenté con él fue que sentía que el medicamento "aplanaba" mis emociones. Se preguntarán, ¿cómo es eso? Pues imaginen que están en una alberca y traen puesto un chaleco salvavidas y ustedes desean ir al fondo de ella; obviamente no podrían. 

En alguna sesión de la clase decíamos que somos una sociedad enferma, más allá de diagnósticos, nuestras emociones y la forma en que vivimos dentro del capitalismo es atípica. Sabemos que cada generación que nace tiene más probabilidades de estar vinculado con la desesperanza y la melancolía; así que doctores y, particularmente, grandes farmacéuticas empiezan a configurar fórmulas "salvavidas" (pensemos en la sertralina o el célebre clonazepam). 

Por décadas estos medicamentos han tenido la función de mantener a flote a los ciudadanos, como yo, que hemos sido rebasados por la inestabilidad de la vida capitalista. Sin embargo, ¿no son también una herramienta para perpetuar un estilo de vida acelerado, donde la comunidad es precisamente una república sin vínculos?

No me confundan, no estoy en contra de estas cápsulas de felicidad. 

Sólo considero que también es válido nadar al fondo de la alberca y explorar los límites de nuestros sentimientos, pues son ellos los que nos proporcionan la conciencia de nuestra condición finita.

En este sentido, la melancolía también puede tener una función epistémica. Y si nos gustan tanto las fuentes de conocimiento, ¿por qué no reivindicar la melancolía?

Comentarios

  1. Cierto, la escritura en tercera persona hace más cómodo hablar de ciertos temas, lo mismo sucede con las conjugaciones impersonales y los giros metafóricos:
    En el capitalismo
    • Se han disparado los indicadores de personas con depresión
    • La vida humana avanza hacia un abismo emocional
    • Se vive encasillado en las funciones utilitarias deshumanizantes
    • Etc.
    Gracias por resistirte a la comodidad. Juzgo tu valor como análogo al de Mark Fisher cuando escribe el texto "Bueno para nada", en el que habla de su viacrucis (químico y clínico) con la depresión, de su progresiva toma de conciencia de los factores comunitarios que detonan las patologías afectivas, de los vectores políticos que la enmarcan, de la asunción de clase social como condicionante de la morfología afectiva.
    Sin pretender ser una voz terapéutica, creo que hablar de nuestra descomposición emocional (fuera de los espacios de atención profesional) tiene un valor existencial indubitable puesto que regresa el asunto al humus etiológico, la comunidad y su capacidad de expresión. Si una vida afectiva enferma, los demás están interpelados.
    Robin Mackay, amigo de Mark, habla de una "función Fisher" que debe ser aprendida, la función que pasa por la propia desapropiación, por la destitución del yo y por la importancia del cuidado mutuo. Así que, cuidémonos juntos…

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  2. Pienso que, por supuesto que debería hablarse sobre una reivindicación de la melancolía, agregaría también, la depresión y otras más categorías que institucionalmente se han reconocido. Es importante conocer las vivencias de quienes padecemos algunos de estos síntomas no desde un estudio institucional o médico psiquiátrico totalizado donde cada individux es reducidx a un diagnostico violento; las experiencias habladas a partir de un sentimiento de angustia, nihilista y depresivo son formas valiosas y reales de habitar el mundo. :)

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  3. Recuerdo muy bien cuando nos hablaste de tu texto, en específico de la metáfora de la piscina. Recuerdo que dijiste, parafraseándolo muy mal, que hay veces que tenías ganas de ir a explorar las profundidades de esta piscina de emociones difíciles y que los medicamentos eran este salvavidas que por su función de flotador no te permitía introducirte en lo más mínimo a ésta profundidad. Me pareció muy interesante porque recuerdo, con temor a equivocarme, que dijiste que a veces tenías esas ganas de hundirte a explorar esta obscuridad, este dolor ¿Por qué? Porque si. Disculpa si mi interpretación es torpe y no es lo que querías decir pero bueno eso se quedó en mi cabeza pensando, y me pregunté sin intención de crítica, sino más bien como duda genuina de alguien que comparte tu inquietud: ¿Por qué? ¿Por qué necesitamos explorar estas partes más obscuras de nuestro ser? ¿Por qué queremos sentir estas emociones que nos desgarran? Y sin pensar de inmediato que de entrada debe haber un por qué para un fin al estilo neoliberal o un por qué necesario que invalida la libertad de hacerlo porque si, pensé en que si, cada uno, tal vez inconscientemente, encuentra un por qué. Si logramos algo de esta exploración a lo más doloroso. Cuando abrimos esta caja de pandora y nos introducimos en ella, podemos encontrarnos a nosotros mismos en la versión más doliente y descarnada y en ese encuentro conocernos mejor, validarnos, tal vez hasta lograr abrazar esos grandes mares de aflicción, abrazarnos fuertemente y estar presentes a quienes somos en esa vulnerabilidad. Porque es NUESTRA VULNERABILIDAD ❤️ Tal vez, también, en ese espacio, en esas heridas podemos empezar a observar que no le debemos nada a este mundo. No tenemos que someternos a la necesidad de siempre estar bien, de estar sonrientes y productivos. Que es un mundo que enferma y da cura para sus propias necesidades. Algo que tal vez no habríamos llegado a entender si no nos hubiéramos hundido, sino fuéramos estas criaturas de las profundidades, sino tuviéramos esa inquietud de ir abajo, si no tuviéramos ese algo que, sin quererlo, nos arrastra al fondo. Tal vez, si sólo nos quedáramos arriba flotando, tal vez y sólo tal vez, nadaríamos de muertito. Esto no quiere decir que no esté bien echarnos a nadar boca arriba para mirar lo bonito que es el cielo, cuando el salvavidas es necesario es necesario y también esta bien :) y me encanta que tu texto, al menos así lo interpreto, nos invite a no idealizar la superficie y olvidarnos de la profundidad. No olvidar que nuestra singularidad está condicionada por la contradicción y los síntomas son compartidos. Y que tal vez, sólo tal vez, en ese dolor haya una puerta a nosotros mismos y a entender el mundo.
    En fin, lamento hablar en plural, no quiere decir que crea que es así para todos. Sólo me emociona pensar en todas las posibilidades creativas, críticas y políticas de la condición nihilista.

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