28
Ya tienes 28. No es algo nuevo, pero ahora tienes
deseos, que no, por supuesto que no te pertenecen. No es que hayas nacido con
el incansable deseo de usar ropajes glamorosos para cubrir tu cuerpo, ni la
ferviente necesidad de un auto italiano para estacionarte en alguna vía rápida
de la Ciudad de México. No querías vivir en una zona gentrificada inundada por
extranjeros, ni tampoco ostentabas alguna vez con alcanzar el ahora casi
imposible privilegio de comprar un pedazo de rascacielos; pero aunque
resistente y hostil a las redes, vives y respiras comerciales de bellas mujeres
con la cara del “éxito” prefabricado. Sin mencionar que todos tus
contemporáneos están embrujados, y con esto me refiero a que están
perfectamente alineados con estos mandamientos. Se encuentran fieles al
mandato, sumisos a éstas estructuras capitalistas que nos tienen del
cuello…apretando. De ahí que en tu psique rebelde y hambrienta de algo más que
de objetos brandeados buscaste y encontraste otra forma de llenar este vacío
colectivo que nos venden como proyecto de vida. Y ahora en este gran
descubrimiento de conocimiento, entre libros, autores y una facultad levantada
sobre pisos de lava, sí que hallaste algo, pero de nuevo, tienes 28 años y el
hostil tiempo capitalista te sigue aplastando.
Esta meca de intelectuales en la que tenías puestas
todas tus esperanzas está empezando a develarse como una cara más de este
monstruo de múltiples cabezas. Al parecer, la academia te pide lo mismo que las
demás máquinas. Una maquila incesante de trabajos de investigación con un punto
de referencia eurocéntrico, el cual, atraviesa no sólo tu cara y tu apellido
sino también tu bolsillo. Aunque bueno, eso último realmente no lo sabes y sólo
te estás dejando llevar por rumores de pasillo porque de hecho no encuentras ni
las ganas, ni la fuerza de ir a registrarte como un asociado más al culto del
conocimiento. Que si bien, suena cómo la opción más prudente al producir algo
más que vacío existencial, sin embargo, no es suficiente cuando también eres un
cuerpo atrapado en la necesidad de comer. Y de nuevo, ya tienes 28 y en serio
tienes que empezar a elegir algo.
En fin, todo este rollo casi panfletario sirve para
decir algo que vives desde una profunda desesperanza, de esa que se encarna y
te deja debilitado. Vacío, con un gran hueco en el alma. No mentían los
teóricos aceleracionistas cuando decían “ya no hay esperanza”, no hay otro camino
frente al gran abismo del capitalismo. No hay nada fuera de este deseo
desmesurado y sistemático que se convierte en nuestra propia ruina, en nuestro
calvario y a la vez único plano. Y pues claro, Land tenía razón al decir que el
propio tiempo ha tomado ahora la senda del verdugo y esta misma organización
ahí encontrará su ruina.
Bueno, con esto más claro y bajo una perspectiva de aceleración radical
sólo queda orillarte por la espera a que toda esta masa conflictual colectiva
explote y se reestructure post un gran final apocalíptico. En dónde no importen
más los deseos, los años y el sentido de la vida, sino algo nuevo, algo que al
día de hoy no puedes ni imaginar. Mientras tanto, mientras eso ocurre sólo
queda aceptar la finitud, y abrir los ojos a la oportunidad de estar con este
gran final, con esta desesperanza, escoger tu jaula y tal vez y sólo tal vez,
(eso lo dices tú y no Nick Land) encontraras el camino hacia adentro de ti
entre toda esta farsa.

Me llama la atención la breve mención que haces de las exigencias que el mundo académico aplica actualmente, precisamente porque es un tema que Land describe con mucha claridad.
ResponderEliminarNick nos pone el contexto de Schopenhauer y Hegel (riña bien conocida por nosotros), para proporcionar una severa critica a la tirania de las universidades.
Él nos recuerda que, lo que comúnmente llamamos "controversias", no son más que contratos tácito con el Estado o la figura política vigente; pensemos un poco, ¿a qué responden nuestros programas de estudios vigentes? Al capitalismo, sin duda. Y para rematar, ¿cómo eso impacta a que el aceleracionismo sea hoy una controversia?
La aritmética etaria y el 28 me hace pensar en el club de los 27, aquellas vidas incendiadas a través de un fuego que ha sido bien aprovechado por la cultura de masas. Se me ocurre pensar en un club de los 28, uno menos glamoroso, deslizándose entre las calles en formato de sombra, expuestos de frente al frío de los simulacros, a eso que llamas “embrujo”. Vaya, hubo un tiempo en que esa palabra, embrujo, tuvo connotaciones amorosas y sagradas, ahora nos sirve para una grisácea reflexión, para aquello que Stirner llamaba, refiriéndose al temple de las humanidades, la “tristeza del pensamiento”. El club de los 28 sabe, con Fisher (y con Land), que el éxito en esta sociedad es en el fondo un fracaso y que el éxito (por ejemplo, en el seno de la deglución onto-burocratica de la crítica en un sistema de puntos y bonos) no da lugar a la esperanza, o mejor dicho, a lo que ya sabía Kafka, que sí hay esperanza, pero no para nosotros.
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