Los centros comerciales como reflejo de la modernidad
Desde la llegada del boulevard
a Paris, las ciudades alrededor del mundo se han transformado en torno al
consumo gracias a los centros comerciales. Dicha transformación ha creado una
apertura que deja a la vista la desigualdad que anteriormente no se asomaba por
las calles destinadas a mostrar el esplendor y los lujos de la sociedad. Esta contradicción
surge con la modernidad pues como indica Marshall Berman en su libro Todo lo
sólido se desvanece en el aire, la modernidad está llena de contradicciones,
ya que, como el mismo título sugiere todo lo sagrado se profana, los valores,
la cultura y las costumbres caen dentro de la vorágine de la modernidad y se
transforman constantemente mediante el capitalismo.
Los centros comerciales
resultan un reflejo de las propiedades que caracterizan a la modernidad, pues envuelve
la dualidad de la sociedad y sus contradicciones. Esto se debe a que los
centros comerciales rompen con los espacios exclusivos y excluyentes al no ser espacios
destinados solo a la burguesía o al proletariado. Son espacios que contienen
los grandes exponentes del consumismo y el capitalismo, y a su vez se
encuentran abiertos a todo el público. Representa una contradicción, pues el
sistema que busca apartar a la pobreza de la vista, también crea huecos en
estos espacios que haga posible el acceso de la clase baja.
Aunado a lo anterior, tanto
la modernidad como los centros comerciales pretenden ser una experiencia
universal que trascienda cualquier contexto. En el caso del centro comercial, se
busca la universalidad con sus espacios que procuran aislarse del ambiente, es
decir, sin importar la cultura de la ciudad en la que esté, la hora del día, el
clima o el espacio urbano en el que se encuentre siempre se ve igual, como un
lugar idílico que nunca cambia, por lo que aparentemente no permite pluralidad
alguna que contraste con lo idílico de estos espacios. A pesar de esto, es
posible interrumpir el artificio, pues aún se encuentra dentro del mundo, por
lo que la experiencia individual de los sujetos que entran aún depende de su
contexto. Es decir, aunque es un espacio que aparenta estar herméticamente sellado,
permite una pluralidad de vivencias y perspectivas al tener diversidad de
público, por lo que da lugar a diversos fantasmas.
Es por esto que la atmosfera
del centro comercial puede resultar contradictoria, hostil, agradable, cómoda,
incómoda, extraña, esperanzadora, deprimente, reconfortante o ajena, todo depende
del fantasma con el que se vea. Es decir, la contradicción del modernismo está reflejada
en los centros comerciales a través de los fantasmas.
Podemos concluir que los
centros comerciales no se limitan a la simple venta de mercancía, buscan llegar
a ser un espacio de confort aislado del mundo, ya que es el símbolo del
esplendor del capitalismo, una especie de faro que pretende indicar un camino a
seguir, el cual no puede desligarse del todo del mundo real, llevando dentro la
contradicción de la modernidad.
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A diferencia de la naturaleza que es muda, la plaza comercial es parlante en extremo. Contra el desafío del Sentido, los sentidos. La comunidad abierta a sí misma, gobernada con precisión financiera y elegancia arquitectónica, obtiene su dispersión a través de casillas regidas por el uso de suelo y la lógica de la competencia. Es decir, la habitación humana ha quedado lejos del mutismo de las aisthemata, el locus humano es el simulacro del encuentro y el consenso, y aquello que se apresura al encuentro no es más que la indistinción disfrazada de individualidad. Todo recurso es ejecutado con tal de mantener la ilusión de un Yo que vindica su placer y se engalana con la semiótica adecuada: moda "aestetic", bolsas con logos, inflexiones corporales adecuadas ante el tacto de las mercancías, etc.
ResponderEliminarLa comunidad que allí "se encuentra" requiere su desobra, la interrupción de su mito fundante, la presentación de la partición genuina de los seres, todos ellos singulares.
No se malentienda, no se trata de abstenerse de la circulación comercial o del ofrecimiento de una ética abolicionista o puritana, se trata de participar en dichos espacios a título de lo que ellos requieren: un simulacro. Hay una tarea ontológica en la desobra, el tránsito del átomo espectralmente indistinto hacia el singular, su éxtasis doloroso y libertario.
Me parece muy interesante que los centros comerciales fueron un punto en común dentro de nuestros pensamientos durante el curso. Sin lugar a dudas, cambia mucho la perspectiva de como veníamos los centros comerciales antes y ahora. Y las contradicciones creo que también están dentro de nuestro propio pensamiento. En los últimos días he entrado en cuenta de lo problemático que resulta que las personas con bajos recursos anhelen obtener cosas fuera de sus posibilidades económicas y que las personas con facilidades económicas siempre intenten actuar "humildemente". Creo que lo único que se consigue es marcar más la diferencia y la desigualdad. Además, me atrevería a decir que los centros comerciales encontramos fantasmas más "activos" que los panteones, fantasmas que no sólo quedan dentro de el centro comercial. Se impregnan en nuestras mentes y vuelven a despertar cada vez que regresamos al centro comercial.
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