Cartografías fantasmáticas de las Sociedades de Control…o acerca de abandonar las Ideas
No
tratemos, tampoco, de recobrar el gran gesto solemne que estableció de una vez
por todas la Idea inaccesible. Abramos más bien la puerta a todos estos astutos
que simulan y chismean en la puerta…
Michel Foucault.
Michel Foucault, a partir de su lectura de textos deleuzianos tales
como; Diferencia y repetición (1968) y Lógica del sentido (1969),
nos insta a una inversión del platonismo, mejor aún, a una perversión del
platonismo, pero ¿qué entienden nuestros franceses favoritos por invertir y por
pervertir el platonismo? Foucault nos indica:
Inclinarlo a tener más
piedad por lo real, por el mundo y por el tiempo. Es apurarlo hasta su último
detalle, es bajar hasta este cabello, esta mugre de debajo de la uña, que no
merecen en lo más mínimo el honor de una idea; es descubrir el descentramiento
que ha operado para volverse a centrar alrededor del Modelo, de lo Idéntico y
de lo Mismo; es descentrarse con respecto a él para representar (como en toda
perversión) superficies. [1]
En
este sentido, la inversión/perversión del platonismo (o de cualquier otra
cosa), es un f a n t a s m e a r, y que es fantasmear, sino posibilitar al
propio mundo, a la propia experiencia, a partir no de lo que anhelamos que sea,
sino a partir de lo que de hecho esta siendo. En este sentido, Foucault
menciona que, “los fantasmas no prolongan los organismos en lo imaginario;
topologizan la materialidad del cuerpo”,[2] es decir, posibilitan al
cuerpo tal como la experimentamos en un plano inmanente.
Pero
no podemos aventurarnos a la superficie de este mundo, de estas múltiples
realidades, de estas múltiples experiencias del tiempo y del cuerpo, si no estamos
dispuestos a alejarnos de la seguridad, del piso firme de la Idea, la Idea de
lo humano, la Idea del cuerpo como unidad organizada, la Idea de que hay
Hombres y Mujeres, la Idea de una izquierda benévola lista para rescatar a los desposeídos,
las mujeres, los negros, los discriminados, la Idea de la política como una
lucha por la justicia, la Idea de que hay Ideas que perseguir.
Para
navegar por la superficie de este mundo (y de otros), hay que atravesar el
desierto al medio día (o la media noche), sin temor a perder la razón, las
piernas, la voz, los brazos, el sexo (o género), sin temor a invertir, perder o
re-agenciar los funcionamientos de lo que hasta entonces ha sido nuestro hogar,
transporte y existencia: el cuerpo. Tal como lo advertía Antonin Artaud:
EL PROBLEMA QUE SE PLANTEA ES QUE…
Es grave advertir
que después del orden
de este mundo
hay otro orden.
¿Cuál es?
No lo sabemos.
El número y el orden de las suposiciones
posibles
en ese ámbito
es justamente
¡el infinito!
¿Y qué es el infinito?
No lo sabemos con precisión.
Es una palabra
de la que nos servimos
para indicar
la apertura
de nuestra conciencia
a la posibilidad
desmesurada
inagotable y desmesurada.
El poeta, el loco, el santo, el profeta, el melancólico,
no solo pueden vislumbrar la media noche del mundo, sino también una parte, por
pequeña que sea, de las posibilidades que se aproximan. Ante esta situación,
tal como lo advierte Deleuze en su Post- Scriptum, sobre las sociedades de
control (1990): “No hay lugar para el temor, ni para la esperanza, solo
cabe buscar nuevas armas”.[3]
En este sentido, parte de la labor filosófica
y también política de vivir en nuestros tiempos, más que horrorizarnos ante el cadáver
de lo humano, ante la huella que se difumina en la arena, es estar abiertos a la
experimentación, poder proclamar que para ello no necesitamos de un espacio,
tanto como de un campo de relaciones, no necesitamos de un cuerpo, tanto como
de posibilidades sensibles, no necesitamos de una identidad, sino de muchas y a
veces de ninguna, no necesitamos de un ismo, una sociedad o una comunidad,
tanto como de nuestros amantes y amigos, no necesitamos salvarnos, tanto como
expandirnos, fundirnos, descomponernos y re-componernos, no necesitamos de un
ideal político, tanto como de los movimientos vitales como guía.


Me gusto tu texto, una parte me recuerda a ciertas ideas de Hannah Arendt en su escrito Sócrates respecto a la función de la filosofía y el pensamiento. Arendt apuesta por la pluralidad del pensamiento, ella menciona que toda postura se corresponde con la posición de cada cual en el mundo. Parece que en ocasiones los filósofos se ven alcanzados por la realidad, nos perdemos también en la oscuridad de la cueva como en el mito platónico. Regresando a Arendt, ella menciona: "El filósofo ha perdido el sentido común necesario para orientarse en el mundo común a todos, porque lo que alberga en sus pensamientos contradice el sentido común del mundo."
ResponderEliminar“Platón, padre excesivo”, dictamina Foucault en su teatro filosófico, padre que ha secuestrado las posibilidades de apareamiento (con lo real) de lo nimio, lo evanescente, de todo aquello que, en su singularidad irrepetible, se torna hostil a la repetición de lo mismo. Pero, como bien prosigue la reflexión foucaultiana, ¿quién no lo ha intentado? Y, en la esquina del fracaso, no sentir de nuevo la urgencia de denunciar la impostura que asigna a cada fútil singularidad un buen resguardo en el reino de la identidad. Y es que, como bien presenta tu texto, no se trata de perpetuar la mismidad, ni la esperanza salvífica que le es propia, sino de asumir (¿de una vez por todas?) que no necesitamos salvarnos, ni mantener la esperanza, sino de disolvernos, de rasgar la impronta quietista de “organismo”. No salvarnos es des/re organizarnos, es fracasar como “filósofos” y caer, y así, mirando al ras de la superficie (cual sea), contemplar de frente a la estupidez, amarla y mimarla, no importando que para ello sea necesario cambiar de máscara en cada jugada de acercamiento.
ResponderEliminar