El retrato de un Fausto

El mito fáustico ha sido un tema recurrente en la producción literaria. Su genealogía data de la tradición oral de la Edad Media y no es hasta el siglo XVI cuando la impresión del Volksbuch ayudó a que dicho argumento permeara con más fuerza en la memoria colectiva de siglos posteriores.

Ahora bien, no podemos dudar que las historias de aquellos que han entregado su alma a entidades demoniacas a cambio de algo son interminables. Sin embargo, es preciso reconocer que han existido hitos narrativos y que algunos de los Faustos más reconocidos en las mesas de discusión fueron creados por la pluma de Goethe, Thomas Mann y Christopher Marlowe.

Cada Fausto comparte un particular impulso que los orilla a transgredir los límites de su propia condición, a saber, el sentimiento de insatisfacción, de ausencia, incluso de frustración por la vida vivida. Lo que entendemos coloquialmente como lo fáustico es una metáfora poética de la condición humana y el reconocimiento (no tan grato) de su finita condición ontológica.  De ahí que el Diablo sostenga el espejo sobre el rostro del desdichado Fausto.

Observo además que las exigencias que los Faustos le hacen al demonio son el espejo de las carencias de su época, en pocas palabras, a través de ellos una colectividad grita afligida sus anhelos.  Bien dijo León Felipe: “El grito vale más que la ley, más que la razón, más que la dialéctica (…) Mi grito es la llamada, en la puerta, de otra revelación”.

De manera que, mientras en el siglo XVI Fausto abogaba por el conocimiento de los misterios del cielo y de la tierra; durante el romanticismo se encarnaban en él las consecuencias del hombre moderno y, por ende, su petición se encaminaba a la vivencia satisfactoria de todas las formas posibles de la experiencia humana

El panorama que actualmente invade la existencia humana se gesta en una zona espectral de significados. La articulación de los discursos y las consecuencias de ellos se transmutan con gran velocidad, por lo tanto, es difícil admitir una unívoca necesidad que poner en voz de Fausto. Pese a lo anterior, no resulta vano preguntar: ¿qué diría nuestro Fausto contemporáneo? ¿qué le pediría al Diablo que valiera la venta de su alma? 

Comentarios

  1. No sé qué podría pedir un Fausto contemporáneo, pero me parece transparente que algo nos empata con la vieja historia alemana: la imposibilidad del placer real. Estamos bajo el manto de un mal ontológico que lo impide,

    ResponderEliminar
  2. La pregunta de que demandaría un Fausto contemporáneo es muy potente y no me ha abandonado desde que la planteaste. A bote pronto pensé que podía ser un sentido general de la vida humana, no individual, aunque eso parece contradictorio en nuestra sociedad y se me hacía una respuesta insatisfactoria. Confieso que aún no he podido acertar con una buena respuesta (si es que la hay), si existe un deseo por esperanza o una convicción verdadera, pero al obtenerlas parece que no se soluciona el problema de fondo. A veces pienso que la demanda sería ignorancia en cierta medida, no se si de la situación de la sociedad, de la saturación de información y mentiras, de la incapacidad de entrar en contacto con la realidad, de la historia o una combinación de cosas, pero una ignorancia que propicie una paz profunda.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares