Klossowski, Deleuze y la lógica de los fantasmas

Las relaciones entre un cuerpo movible y un principio moviente, i.e. aquello que “persigue” o “huye” en función de lo sentido, ha dado pie a una extensa tradición en la filosofía occidental, desde el clásico binomio alma/cuerpo hasta las discusiones sobre el problema cerebro/mente, esta tradición ha conocido diversas propuestas que han intentado explicar la dinámica que se establece entre ambos puntos en tensión, así han surgido nociones como el pneuma estoico, el entendimiento agente de la escolástica o la glándula pineal cartesiana. En dicha historia se olvidó, a no ser por momentos extraordinarios, la heurística del “fantasma”, y fue hasta mediados del siglo pasado que en el pensamiento francés resurgió y dio vida a un ramillete complejo de ideas que desbordó su propio eje y expandió aquello que podemos llamar “topología espectral”, en la cual han encontrado cobijo cuestiones relativas a la economía política, el psicoanálisis, las estéticas de la imagen, la historia de la medicina, la teoría literaria, la erótica, el análisis de los mass media, la filosofía del lenguaje y varias otras.

En tal topofesia[1] habita intermitente la idea de corporalidad. Por pasmoso que parezca, la analítica del fantasma conduce ineluctablemente a lo que pareciera, en una aproximación naïf, su contrario. De alguna manera, pensar el cuerpo es pensar el fantasma, pues ¿cómo sería posible pensar al cuerpo si no fuera a través de su imagen, de su aprensión imaginaria? Del retruécano que comporta el cuerpo pensándose a sí mismo emerge un reino inestable, que juega con acercamientos y distancias, alturas y profundidades, generando así efectos de “superficie” sobre la que se posan identidades fugaces. El cuerpo puede afirmar su identidad sólo en términos de su diferencia, lo ejecuta una luz que le es tan ajena como propia. Para ejemplificar esto piénsese en un mecanismo propio del lenguaje humano, la emisión de una palabra es, por supuesto, un asunto corporal, pero se le adhiere para constituirla como “palabra” una orientación, un diferendo de los fonemas, un “sentido”.

               Explicar la maravilla que encadena las singularidades materiales con los artificios que las moldean y simulan ha sido uno de los principales fines de las analíticas del fantasma en el pensamiento francés de la segunda mitad de siglo XX. Michel Foucault, en su recuento de dos textos extraordinarios de Gilles Deleuze (Diferencia y repetición, 1968, y Lógica del sentido, 1969), no pretende hacer una exposición puntual, reconoce que su lectura es parcial, ofrece un canon cuyas secuencias son las series producidas por dos ejes por él filtrados: el acontecimiento y el fantasma, “el fantasma como juego del acontecimiento” (Foucault: 22). Si bien cree que “durante mucho tiempo […] esta obra girará por encima de nuestras cabezas, en resonancia enigmática con la de Klossowski” (Foucault: 7), quizá no pensó que su propio filtro espectral, reticente a la reificación, sería justo la imagen del cierre de siglo.


 



[1] En vez de “topología” o “topomorfía” prefiero ocupar la palabra “topofesia”, entendiendo por ésta la descripción de lugares imaginarios, esto es de “no lugares”.

 

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Comentarios

  1. Leyendo el texto encuentro un breve resumen de algunas de las discusiones que hemos tenido en clases; por ejemplo, la figura mediadora del fantasma. Además me surge una duda con respecto a los usos que se le ha dado al estudio espectral ¿cómo se ha aplicado en la historia de la medicina dicha área de investigación?

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    1. La medicina antigua, la medieval y la renacentista están llenas de argumentaciones relativas al tema. La medicina moderna, especialmente desde finales del XIX (motivada en gran medida por los ensayos de Claude Bernard) olvidó ese tipo de asuntos, a no ser por la, aparentemente, inocua catalogación de los "miembros fantasma".
      He encontrado algunos materiales escritos por médicos que abordan en tema del fantasma, pero, ciertamente, aplican su análisis a la medicona premoderna.

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