El poeta en la noche del mundo

 


En la humanidad pocos hombres han logrado desprenderse de la narrativa predominante de su contexto. Uno de ellos es Hölderlin quien, bebiendo del romanticismo alemán, valerosamente le da un diagnóstico a su época; en este sentido, su principal oficio, el de las letras, transmuta y empieza a cumplir funciones que sobrepasan el mero deleite estético.

Podemos pensar su actuar como análogo al de un médico que ve agonizante a un paciente y busca las razones de la enfermedad para socorrerlo. Como se podrá observar, su interpretación delirante y, al mismo tiempo, certera sobre el siglo XVIII nos permitirá extender su vigencia a nuestra época.

Pero ¿qué nos dice el poeta? En sus ojos de profeta hay una condición que aparece clara y distinta, él ve la pérdida del encanto por la divinidad como la inauguración de la noche del mundo. Para él eso significa que la oscuridad había cubierto la atmósfera intelectual y anímica de su época, que los pasos de Dios se habían perdido en la neblina y, por lo tanto, que el fundamento de las cosas, hasta ahora albergado en esa figura, se hundía junto con toda la humanidad. Ahora bien, es interesante la forma en que juega Hölderlin con la clásica dicotomía entre luz y oscuridad, porque claro, la oscuridad está fuertemente ligada a los aspectos negativos de las cosas; sin embargo, para él ésta es únicamente un momento de transición.

El ocultamiento de la muerte, el dolor y el amor, como síntoma de la noche del mundo, son motivo suficiente para la configuración de un personaje primordial, pero marginado, en la sociedad: el poeta. La poesía al ser género predilecto de la profundidad conceptual y de la indeterminación hermenéutica contribuye a abrir el panorama de sentido que se busca en momentos de conflicto como el que explica el poeta alemán y como el que actualmente se vive en mayor o menor medida.

Alda Merini, poetisa italiana, escribe desde el frenesí del psiquiátrico; “Pero un día desde la tumba/ también yo desperté/ y también como Jesús/ tuve mi resurrección, / más no ascendí a los cielos, /baje al infierno/ desde donde atónita miro de nuevo”. Ese bajar al infierno es una imagen francamente preciosa que describe la conciencia del poeta por la realidad, por su realidad.

Ahora bien, Hölderlin, como poeta, se define a sí y a sus congéneres como la lengua de los pueblos que se mezcla en el gentío. Esa invisibilidad y falta de productividad que durante tanto tiempo se les reprochó ahora es un faro sagrado de lo vital; en sus producciones literarias se percibe en plenitud no sólo el grito de la melancolía y la violencia, también la cura, ya que son lugares que proporcionan la libertad creativa de jugar con el lenguaje y con los imaginarios colectivos.

En la era de la melancolía es menester aprender a escuchar a los poetas, tal como escribe Hölderlin: “Él no vive ni perdura en el poema:/ vive y dura en el mundo”, porque serán ellos los que nos llevarán de la mano en la búsqueda de sentido.



Comentarios

  1. Leer tu texto sobre Hölderlin, y refiriendo de paso a Merini, me hizo recordar un poema de Concha Urquiza (he subido ese poema ahora mismo en el blog).
    El capitalismo es la única forma de producción que ha sobrevivido a la falta de fundamento; que parece, de hecho, requerir dicha ausencia. Ante la falta de principio, simulacros nocturnos...
    Quizá, como sugieres al final, ¿siguiendo a Heidegger?, el hilo de Ariadna yazca en la voz poética, pero ¿quién podría saberlo?

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