Diario de un fantasma I

I

David Lowery en su filme de 2017, titulado "Ghost Story", nos presenta el regreso de un hombre, ahora con existencia espectral, a los suburbios donde vivía, atrapado en el tiempo no tendrá otra que verse forzado a observar cómo la vida que conoció, la mujer que amó, la posibilidad virtual de su vida, se esfuman y se pierden hasta quedar sólo con su condición de fantasma. Esa podría ser la sinopsis del filme. Es ahora, la puerta de entrada para este diario: una búsqueda y observación forzada, posibilidad e imposibilidad de una acción, una vida fuera de la vida; puesta en entredicho por una sabana sobre mi cuerpo. 

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Franco Berardio o Bifo pública en 2017 "Futurabilidad. La era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad". Un año antes "Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva". En ambos libros me encuentro envuelto por un mismo sentimiento de desesperanza. Aunque la reflexión en torno a las mutaciones del capitalismo terminan con pequeños arrebatos de entusiasmo, se eclipsan por el lastre que deja caer en mi la situación del nuevo orden de las cosas. Apenas comienzo a buscar la salida dentro del cadáver putrefacto de cierta forma del capitalismo, termino inmediatamente en otras cavidades con vida del cuerpo. Como parasito que soy, porque me he dado cuenta de que lo somos todos de este estado de cosas y no al revés, llego a sentir que mis facultades cognitivas empiezan a ser insuficientes para elaborar la complejidad del mundo y tomar una acción que no sea una serie en cadena de automatismos precondicionados algorítmicamente, como describe Bifo.

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            Mark Fisher no hizo más que potenciar el sentimiento. Termina su libro del 2016, "Realismo Capitalista ¿No hay alternativa?" De la siguiente forma: “La larga y negra noche del fin de la historia debe de considerarse una oportunidad inmejorable. La generalidad opresiva del realismo capitalista implica que hasta las más tenues alternativas económicas y políticas cuentan con un potencial enorme. El evento más sutil es capaz de abrir un enorme agujero en el telón gris y reaccionario que ha cubierto los horizontes de posibilidad bajo el realismo capitalista. Partiendo de una situación en la que nada puede cambiar, todo resulta posible una vez más”. De nuevo: “Partiendo de una situación en la que nada puede cambiar, todo resulta posible una vez más”. Esa frase podría ser la de nuestros tiempos. Pequeño entusiasmo o pequeña melancolía. Cada vez más el desgano de diversos sectores de la teoría revolucionaria o crítica, de los eventos políticos de resistencia, de las alternativas y las posibilidades. 

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Estamos dejando de ser. Los modos de vida están siendo trastocados y modificados continuamente. Como nunca estamos sometidos a un movimiento incesante donde lo sólido se transmuta para ser líquido y fluido, como diría Bauman. El diagrama de poder disciplinario descrito por Foucault, siguiendo a Gilles Deleuze, ha empezado a cambiar, sufre nuevas dislocaciones y aperturas. Ante este diagrama que señala lo que estamos dejando de ser, nos ubicamos ahora en las sociedades de control donde nada termina, teniendo como principio la modulación, es decir, el moldear de manera incesante y perpetuamente variable a los sujetos, en oposición al modular, que implicaría el moldear de manera definitiva de las sociedades disciplinarias

Pero también estamos dejando de ser un mundo en el que imperaba el fordismo como forma organizativa del trabajo y entramos en una nueva etapa, llamada el postfordismo. Esta está acompañada de un cambio en el régimen libidinal, donde impera el deseo de bienes de consumo financiados a crédito, descomposición de clase trabajadora y del espacio de trabajo. Hay desplazamiento de las manufacturas por la computarización, precarización del trabajo y la intensificación de la cultura del consumo.

Dos puntos de inflexión.  Sociedades de control y postfordismo son el telón de fondo de eso que Mark Fisher llama “Realismo capitalista”. Pero también el realismo capitalista se dice en diferentes sentidos.  Un primer sentido es una ironía del “socialismo realmente existente” que hizo eco en el periodo stalinista para determinar una parcela ontológica del mundo social. Pero también es una atmosfera que se posiciona como horizonte de pensamiento. La mutación del capitalismo actual inicia con el periodo neoliberal y se abre con las contundentes frases de Margaret Thatcher “No hay alternativa”. La temporalidad y la historia llegan a su fin, el futuro nos es negado. El principio de esperanza está amordazado, cada vez es deseable no imaginar un futuro con un nuevo escenario cultural y socio político. Se impone el liberalismo económico, libre comercio, desregulación del mercado,  poca participación del estadio nacional. El realismo capitalista trae un peso ontológico distinto, dice Fisher que “el capitalismo no es ya el mejor sistema posible, sino el único sistema posible. Y las alternativas no son solo indeseables, sino fantasmáticas, vagas, apenas concebibles sin contradicción”.

Entonces, atmósfera general que impide el pensamiento y la acción genuinos. En tanto que parece ser más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo, Fisher lanza la pregunta: ¿Qué pasaría si todo estuviera de acuerdo con tu protesta? De nuevo, otro sentido del realismo capitalista: condiciona la producción de cultura que forma y difunde en su interior el anticapitalismo. ¿Es posible ver atrás en busca de potencial político? ¿Recuperación y subversión? No. Ahora hay incorporación previa de todo potencial subversivo. Mark Fisher lo denomina precorporación: modelo preventivo de capturar deseos, aspiraciones y esperanzas por parte de la cultura capitalista. Parece que vivimos un tiempo altamente subversivo: abundan las zonas culturales alternativas, independientes, con sus gestos de rebelión cargados del mismo entusiasmo de antaño.  Alternativo e independiente pero también cool.

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En El nacimiento de una contracultura: reflexiones sobre la sociedad tecnocrática y su oposición juvenil, Theodore Roszak, nos acerca a los nuevos centauros de la cultura norteamericana de los años sesenta.  Herbert Marcuse, Allen Ginsberg, Alan Wats, experiencia psicodélica con lsd, Hippies, feminismo, comunas, música y rock and roll, brillan en sus páginas. Ante una sociedad cada vez más tecnocrática, una juventud cada vez más rebelde.  Ferviente entusiasmo. Pero ahora todo es precorporado. Hoy esas alternativas están capturadas. De nuevo con Bifo, alternativas como automatismos precondicionados algorítmicamente. Llevémoslo más allá y minemos toda esperanza. "Rebelarse vende. El negocio de la contracultura" de Joseph Heath y Andrew Potter y "La conquista de lo cool. El negocio de la cultura y la contracultura y el nacimiento del consumismo moderno" de Thomas Frank son dos ejemplos que nos hacen indagar en la cultura norteamericana y sus pequeñas alternativas y su conquista inmediata por parte del realismo capitalista. Todo puede devenir estética neón, escaparate de una mecánica libidinal de la publicidad y las empresas de relaciones públicas, las cuales parasitan el espacio público.  Incluso contra el Marketing, la gran industria de diseño, Naomi klien, en no logo,  intento decir no más producción semiótica. Si no mal recuerdo en un prólogo a una nueva edición reconoce su derrota, pero no decaen sus esperanzas.  De nuevo preguntemos ¿Recuperación y subversión? Mas bien estilos estéticos, no más modelos o ideales de vida. Queda ahora consumir nuestro anticapitalismo con impunidad, en lo que Fischer llama interpasividad.

 Termino de escribir. No reviso el camino. Suena ok. Computer de 1997, año en que nací. De nuevo: “Partiendo de una situación en la que nada puede cambiar, todo resulta posible una vez más”. 

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