Abre la puerta
Montaigne viajó a Augsburgo en 1580 y describe las
numerosas puertas o murallas que rodeaban la ciudad y servían de filtro en la
entrada de viajeros nocturnos; Jean Delumeau, un historiador francés, al proponerse
hacer un recorrido por los rostros del miedo en Occidente recupera esta
particular experiencia del humanista del Renacimiento.
Para Delumeau las puertas que delimitaban la ciudad
alemana durante el siglo XIV son el símbolo concreto del diálogo permanente que
las sociedades han entablado con el miedo, pues marcan la frontera entre lo
conocido (es decir: lo seguro, lo permitido) y lo desconocido (esto es: lo
otro, lo salvaje, lo anómalo). En palabras del autor: “Gracias a ello, una
ciudad singularmente codiciada logra, si no rechazar completamente el miedo
fuera de sus murallas, al menos debilitarlo suficientemente para poder vivir
con él”. Desde aquí se puede advertir
que existe una topología del miedo que nos indica los puntos donde es apabullante
la existencia colectiva o individual, además la localización de dichos lugares
marca un adentro y un afuera, aquello que también puede llamarse cerrado y abierto.
Rainer Maria Rilke también nos hablará de los límites
entre lo abierto y lo cerrado a través de un estudio ontológico de la posición
humana ante el mundo. Para el poeta austriaco lo abierto representa lo que no
tiene límites, eso implica que es la totalidad no explorada por la luz de la
razón y la percepción; mientras que lo cerrado escenifica el mundo conocido y
configurado por reglas sociales concretas. Sin duda, esto también trae
reminiscencias a la declaración aristotélica sobre la singularidad humana,
recordemos que el discípulo de Platón decía que lo único que lo hacía ser él
era actuar con reglas que las bestias desconocían.
La conciencia que conlleva estar ante el mundo y no en
el mundo marca una distancia que pronto cobra factura, Heidegger escribe: “La
naturaleza, lo ente en su totalidad, el mundo, están para el hombre situados
fuera, fuera de esa sorda oscuridad de la percepción ilimitada”. Como se
podrá intuir esta dicotomía no es sostenible cuando atravesamos el colapso de
los pilares culturales, porque olvidamos que ese espacio segregado termina por
ser una posibilidad de sentido.
Explorar el colapso ontológico más allá de la
protección que dan las categorías familiares es abrir la puerta que se construyó
desde el miedo a lo desconocido. Dejar de huir a la periferia o a lo abierto, y
empezar a interactuar con ella es permitirse estar en el filo de la navaja con
la esperanza de incorporarse al mundo desde una nueva dinámica. Tal vez abrir la
puerta a la investigación por lo inadaptado y la locura del pensamiento sea nuestra
única opción.

Recién veía, una vez más, Un hombre que duerme. Esta ocasión, justamente, me llamó la atención la expresión del miedo, un miedo que no desfigura el rostro sino el "bienestar". Pareciera como si el personaje estuviera ajenado, ante la multitud, no en la multitud, como si estar en la multitud fuese un hogar y que, arrancado de ella, expuesto ante ella, se conectase con su animalidad, indiferente a todo, indolente a su propia condición de rata de laboratorio que espera (sin esperar realmente) a que el experimento llegue a término.
ResponderEliminarPero la espera y el miedo carecen de fin. Lo que queda es aferrarse a las avenidas, a las máquinas, a los horarios... portando la carta sin dirección que nos ha sido entregada. Malaventurados la carentes de hogar, de ellos es el reino silente, de ellos la imposibilidad del afuera.