Hacia una genalogía vindicativa del "fantasma"
La reflexión filosófica contemporánea (al menos desde hace medio siglo) ha empleado el término “fantasma” en connotaciones diversas. Klossowski, al ofrecer un análisis de lo corpóreo e intempestivo en Nietzsche, utiliza el término bajo un sistema de relaciones y diferencias con las nociones de “simulacro” y de “estereotipo”; Derrida ha utilizado al fantasma para procurar un acceso diferido al proyecto político de Marx, justo en tiempos en los que el socialismo marxista parecía liquidado; Deleuze hace lo propio en su Lógica del sentido en relación con el nudo ontológico de la representación, el pliegue y el sujeto; Agamben también, en Stanze, lleva a cabo un análisis sorprendente y complejo de la relación entre palabra y fantasma a través de temáticas aparentemente inconexas como la erótica medieval, la literatura kafkiana, el naciente capitalismo industrial de siglo XIX y los problemas epistemológicos del lenguaje en Saussure. Otro tanto se puede hallar en pensadores disímiles como Aby Warburg, Jacques Lacan, Didi-Huberman, Ioan Coulianu, Clement Rosset, Mark Fisher, etc. Este escenario compele a llevar a cabo una genealogía semántica del término para recorrer desde su origen la lógica que pone en circulación un término tan peculiar como éste.
Entre los antiguos griegos, la palabra “fantasma” (φάντασμα) era de uso corriente, se utilizaba para designar una aparición sobrenatural y se relacionaba con la idea de ángel (αγγελος), de daimon (δαίμων) y de “sombra” (σκιά). También se le utiliza en sentido de “visión” fantástica y engañosa, tal como puede ser encontrado en Homero:
“Luego, Apolo, el del arco de plata fabricó un fantasma parecido a Eneas en persona…” (Il. V.445)
El fantasma de Eneas tenía como finalidad engañar a los troyanos y propiciar con tal artilugio el triunfo de los aqueos. Es notable que el término tenga ya una connotación política en los más antiguos registros literarios griegos. El fantasma, como fenómeno escópico (ámbito propio, nótese, del dios Apolo) está asociado a la ilusión, ciertamente, pero con dicha ilusión se puede hacer eficaz la voluntad de poder, el fantasma induce control en las zonas requeridas. Tal disposición volverá a aparecer en la reflexión de los filósofos de la era clásica.
En los textos platónicos aparecen de nuevo los usos metaforizados del término “fantasma”, pero Platón parece no lograr una articulación virtuosa de tal noción puesto que asocia irremediablemente el término con su máxima depreciación ontológica. Los fantasmas están vinculados al fallo de los juicios, al extravío de la psique que, atrapada en las apariencias, no puede escapar fácilmente a su engaño. En la sección 520 de la República se puede leer:
“Por imágenes [φαντάσματα] entiendo ante todo las sombras [σκιές], y después las figuras reflejadas en el agua o en la superficie de los cuerpos compactos, lisos y brillantes” (Rep. 510a).
Debemos recordar que las imágenes pertenecen al dominio de la “eikasía” (representación, suposición), primera sección de la línea platónica, y la más alejada del verdadero saber, situada en la antípoda del “nous” que trasciende juicios, discursos y, por supuesto, experiencias visuales. Los fantasmas dependen de la sensación que se tiene de objetos que, por sí mismos, no constituyen las referencias cognitivas correctas. El fantasma, así, representa la sombra espectral de la sombra sensible, la zona más oscura y, por tanto, el límite ontológico opuesto a aquel al que se desea conducir al alma. Con todo, a pesar del malestar platónico del diagnóstico del fantasma, “lo real” ha quedado distante (si no “afuera”) de la red de significaciones de la existencia humana, y es válido preguntar qué pertinencia tiene mantener la noción de algo que está así de lejos, así de inalcanzable, puesto que lo fáctico es lo significativo mientras lo real es distante y silente.
De hecho, en materia de placer, Platón sugiere la imposibilidad del darse de este a no ser por la participación de los fantasmas (Filebo 40a). Al respecto podemos entrever al menos dos interpretaciones posibles: 1) el ámbito espectral, al depender de las imágenes (εικόνες), ata al placer al territorio más oscuro de la existencia (el sector opuesto al Nous); 2) por otro lado, en contraposición a la denigración ontológica, se puede hacer circular la noción de fantasma ligada a la comunidad de los afectos en la cual se da toda facticidad de lo llamado “humano”. En este territorio es más fácil distinguir la inoperancia de lo real a través de la asunción de lo espectral puesto ¿qué déficit hay en aquel placer que, dándose, es diagnosticado como falso?
Por un lado, el fantasma es la instancia molesta que frustra el deseo de decir la verdad sobre “lo real”, desorienta al pensamiento (cual Eneas “inexistente”), y lo extravía en la selva de sombras. Pero, por otro lado, es el constituyente de la experiencia comunitaria tal como se ofrece a la experiencia.


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