Derrida y J-L Nancy: dos reflexiones sobre el principio de identidad

 



‘‘The idea behind deconstruction is to deconstruct the workings of strong nation-states with powerful immigration policies, to deconstruct the rhetoric of nationalism, the politics of place, the metaphysics of native land and native tongue… the idea is to disarm the bombs… of identity that nation-states build to defend themselves against the stranger, against Jews and Arabs and immigrants.’’[1]


    Un punto de contacto, y que suscita la reflexión filosófica, entre los trabajos de Jean-Luc Nancy y Derrida es la crítica al principio de identidad, y es que en medio del turbulento siglo XX, la metafísica-ontología occidental del sujeto se mostró como un proyecto inviable, cuyos significantes habían sido apropiados por proyectos fascistas, entendidos—de acuerdo con Derrida—como todo proyecto con pretensiones de aniquilación o marginalización contra la diferencia, es decir, contra quienes no participan, no les es común, la propiedad identitaria dominante.

    Derrida, por su parte, desde la estrategia lingüística de la deconstrucción, asevera que lo que la metafísica occidental hace es aislar un signo en su positiva presencia, como pretendidamente pleno y autosuficiente para dar cuenta de la identidad del sujeto como algo intuitivamente accesible, significante. Sin embargo, (y es aquí cuando la crítica lingüística derridiana adquiere sus matices políticos) los signos son iterables—apunta Derrida—;se repiten una y otra vez en contextos diversos e incluso opuestos, y con ello uno y los mismos signos adquieren significados varios. Es en la repetición constante en la que el sujeto encuentra un espacio para la subversión, no solo de carácter lingüístico sino también político.

    El sujeto es análogamente, differánce, esto es, que no tiene una esencia o significado positivo por sí mismo—muy a pesar de los deseos de la Modernidad—sino que está diferido temporal y espacialmente: el sujeto es lo que no es todavía, y asimismo es aquello que ya no es, es su propia historia. Para Derrida, el sujeto es un proceso de interpelación iterativa, que inaugura el espacio de la emancipación, abierto al porvenir, algo que algunos teóricos han denominado como ‘’esencialismo estratégico’’, esto es, la asunción momentánea de una sustancia como estrategia política.

    Derrida apunta que toda esencialización es ‘’un arma de doble filo’’ porque toda clausura del ser supone el peligro de exclusión de lo que se muestra como simulacro, como irrupciones de nuevas formas del ser, y es menester un cálculo.

    Por otro lado, bajo el contexto nihilista del siglo XX, Jean-Luc Nancy llamaría ‘’narrativa mitológica’’ al principio de identidad, fundador de proyectos políticos, e instaría a la urgente interrupción del entramado de significantes que dotan de identidad a comunidades y proyectos políticos. En su lugar, propone una estrategia como salida a la inmanencia de la indistinción entre singulares, como resistencia a la fusión, a saber, un ser-en-común des-obrado, es decir, una comunidad que se resiste a hacer obra, que resiste la perpetua inmanencia; individuos entre individuos cuyo único comercio es la extroversión del ser a través de la comunicación.  

    En este sentido, sería imposible encontrar el origen del ser, en tanto que se desdibuja de inmediato la posibilidad de un sujeto a priori, aislado y diferente de otras conciencias, aniquilando con ello los causes de un amparo (teórico) trascendental o bien la figura de un héroe/salvador, en suma, la emergencia de una nueva mitología. El ser-en-común supone que el ser es pura exteriorización, es la declinación del sí-mismo para con el otro. No hay más ser que el que comparece en su éxtasis. Una constatación de ello la encontramos en la etimología de la palabra ‘’existencia’’, en donde el preifjo ex refiere a un exterior; un desde fuera o hacia fuera. La existencia, lo que es (esse), es hacia afuera.

    Como ya se advierte, Nancy adopta una comprensión relacional de la existencia. El sentido del ser no es común –sino que el en-común del ser transita todo el sentido. O aún: la existencia no es más que para ser compartida.

    La apuesta de Nancy, de manera similar a la derridiana, es una tarea incesable, cuyo carácter radical yace en el tiempo gerundio: se trata de un proceso constante, nunca acabado y abierto al porvenir cuya clausura supondría la sustancialización del ser, y esto, en última instancia, la reactivación del principio de identidad.

    A manera de conclusión, es interesante trazar los puntos de contacto entre pensadores como Derrida y Nancy, cuya vida atravesó por las consecuencias más tristes de proyectos fascistas y cuyos esfuerzos se dedicaron a desmantelar la metafísica detrás de toda pretensión identitaria y violenta. Para estos dos filósofos, el tiempo porvenir es crucial para la articulación del ser ya no como una sustancia sino como pura resistencia, un quehacer permanente. 

 

 

 



[1] John D. Caputo, The Prayers and Tears of Jacques Derrida: Religion Without Religion, Indiana University Press, 1997, p. 231.


Comentarios

  1. Al texto sólo puedo reaccionar iterando, no mucho que añadir, casi nada que ajustar, sólo se abre el desafío a diferir, pero esta ocasión a una diferencia que se antoja más allá del ámbito conceptual. El reto del diferimiento es un imperativo existencial, he ahí la auténtica dificultad, diferir de los defensores de la diferencia, es decir, de las comunidades académicas que, al estilo del tipo denunciado por Bataille al hablar de la comunidad universitaria del rector Heidegger, se atrincheran contra las insurgencias divergentes, las que "no hacen comunidad", las no aptas, las no académicas, las de lengua bárbara (que no hablan la misma lengua del dominio "diferentista").
    Es seguro que no es empresa fácil, por eso, entre tanta oscuridad vulgar de la vida filosófica institucionalizada, brilla la singularidad de los que desafían, de vez en vez en cada iterancia, el agotamiento en una lógica de comunidad que pretende la perpetuación de lo mismo, aún así sea como supuesta "estrategia".
    ----pienso en las infidelidades teóricas de Lenin y de Wittgenstein---
    La singularidad se antoja como el punto máximo de resistencia, como la fuga, siempre posible, nunca sencilla, de las comunidades dadas.

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  2. La postura de Derrida sobre el individuo expande mi comprensión sobre el tema, pues sólo tenía clara la reflexión de Nancy frente al problema del individuo como absoluto. Me parece que la perspectiva de Derrida sobre el sujeto aporta a la idea de la imposibilidad del individuo de Nancy, ya que, tanto para Derrida como para Nancy, no podemos pensar el individuo como un ser absoluto y terminado que no permite ninguna filtración, sino que es más bien indefinido o en devenir, ya sea porque depende de la différance en su contexto o porque es el éxtasis que se desborda en el ser en-común.

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  3. Tu aportación me hizo pensar mucho en la "performatividad del individuo" que plantea Judith Butler debido a la repetición constante de las políticas de los cuerpos hasta que se hace cotidiano/ normativo. Todavía no entiendo muy bien cómo relacionarlo con la postura de Derrida, pero en la postura de Nancy me parece que hay un énfasis en la concepción del individuo como algo inacabado, algo que se construye constantemente y que nunca termina de hacerse. Además, la parte de la comunidad resalta el planteamiento de Butler respecto a que la comunidad influye en la construcción del individuo y las políticas de los cuerpos.

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    1. Así es Fer, Butler estaría muy de acuerdo con Derrida sobre la iteración como parte de la construcción de los cuerpos,y esta idea, finalmente, es parte de la concepción del inviduo como algo inacabado y sujeto a las transformaciones del porvenir. El ejemplo del lenguajer inclusivo es muy úitil para comprender cómo la comunidad influye en esta construcción iterativa. Piensa en que en sus prístinos inicios era objeto de burla, quienes eran usuarios del lenguaje inclusivo eran, por lo menos, ''raros''. No fue sino a través de la iteración en y por una comunidad que el lenguaje inclusivo adquirió su fuerza estratégica y está siendo más o menos aceptado en ámbitos (como el académico) inimaginables. No he leído a Butler aún pero me imagino que ''hacer cotidiano o normalizar'' algo que hoy día se considera anormal, abyecto, es análogo a lo que Derrida llama la labor deconstructiva: Iterar, repetir significantes en un contexto en donde su significado ''normativo'' deja de ser para darle lugar a un significado opuesto, subvertido, hasta que el significante ''deje atrás'' su normatividad y se haya asentado un nuevo significado. (Un ejemplo de esto es lo que sucedió con la palabra Queer).
      Este proceso, desde luego, no sólo es linguístuico sino también político.

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