Vamos al tianguis a pensar cosas
Hace algunos años, se viralizo en internet el vídeo de una chica de entre 12 a 15 años que se encontraba realmente afectada porque no tenía el permiso de su madre para salir. La niña lloraba y pedía que la dejara salir a caminar por el tianguis de su colonia y recibía preguntas de su madre por el motivo de su necesidad de ir, y la chica respondía que "quería ir a pensar cosas al tianguis. En su momento el vídeo me causó gracia por la manera en la que la chica pedía el permiso y las respuestas de su madre, pero ahora me preguntó ¿Por qué precisamente en el tianguis y no en otro lado? ¿Qué hay en el tianguis que le podría dar a la chica el ambiente adecuado para pensar sus cosas? Y ¿Qué cosas querría pensar en un tianguis?
Los tianguis han acompañado a la humanidad y han evolucionado con ella. Ha sido un punto de intercambio no solo comercial sino de experiencias y fuente de muchas cuestiones importantes sobre el comportamiento humano. En la actualidad no solo existen los tianguis sino también las plazas comerciales y los mercados, y aunque podríamos decir que se trata de la misma dinámica de compra- venta, de sueños y de " algún día" empaquetados, existe una diferencia entre cada uno de estos centros de comercio relacionada con los ingresos de cada uno de los visitantes.
De cierta manera comprar la despensa, ropa o accesorios en una plaza comercial te da más prestigio, más valor y es un mayor logro que si lo haces en un tianguis o un supermercado. Sin embargo, la diferencia de ingresos no impide que las personas vayan a las plazas comerciales "a pensar cosas".
El fin de semana pasado salí con unas amigas y el punto de encuentro fue una plaza, mientras las esperaba dentro oía las conversaciones de las personas que pasaban. Algunas iban con niños pequeños que pedían juguetes de los aparadores, otros señalaban sin algún propósito las prendas de ropa que había expuestas en las vitrinas, y muchas otras se quedaban paradas enfrente de los aparadores a contemplar lo exhibido. Lo que llamo mi atención de está última clase de visitante fue el suspiro no sé decir si de esperanza o desesperanzador que daban antes de girar sobre sus pies y seguir caminando.
Después de comer, una de mis amigas sugirió ir al IKEA que se encontraba ahí. Al principio pensaba que era un chiste, pero la cara de mi amiga expresaba todo menos sarcasmo. Cómo la madre del vídeo, pregunté el motivo de querer ir precisamente a IKEA y ella respondió "ir a IKEA me ayuda a imaginar la vida que quizá algún día tendré". Quise hacer el experimento de "pensar cosas" en un IKEA y por eso hago está entrada.
IKEA es un lugar extraño, la gente que si va a comprar muebles y accesorios para sus hogares parecían niños en una juguetería. Señalaban los colores de las paredes, alagaban las iluminaciones estratégicamente colocadas en cada uno de los pequeños escenarios montados. Tocaban la textura de los edredones, de los cojines y de las cortinas. Pasaban la mano por las encimeras y se paraban enfrente de las estufas por un rato más largo que los demás espacios. Se recostaban en las camas y cateaban la calidad de los sofás. Algunos incluso fingían comer sentados en los comedores de exhibición y otros miraban alguna cosa que no estaba ahí y que solo ellos podían ver. Todos parecían estar jugando el mismo juego en donde cada uno tenía ya la casa de sus sueños teniendo la vida que siempre soñaron y que quizá algún día tendrán. Todos estaban creando pequeñas fantasías que los reconfortaba y emocionaba de igual manera.
Viendo todo esto, pensé en que quizá la chica del vídeo tenía las misma intenciones, quizá el tianguis también le ayudaba a imaginar y fantasear la vida que siempre ha querido tener y era el tianguis el único lugar en donde podía encontrar todas las "herramientas" para su imaginario. Pero ¿Hasta dónde es una fantasía y hasta donde es real? ¿Cuándo se termina el juego? ¿Por qué se siente y se ve tan real que casi es palpable? ¿Por qué nos causa emoción imaginar el "quizá algún día" enfrente de una vitrina? ¿Por qué la cara de desencanto después de ver la tarjeta con el precio o al salir de la plaza? Solo las personas que salen con bolsas en las manos salen con la misma cara de alegría con la que seguramente entraron. Y las demás, las que solo fuimos a pensar cosas, salimos con un sabor amargo, con desesperanza, desilusión y hasta frustrados porque todo lo imaginado sigue siendo un quizás algún día, sigue siendo lejano a pesar de haberlo palpado con los dedos hace unos minutos. Me enfrasque tanto en mi experimento que hubo un momento, varias horas después de haber salido de ahí, en el que me encontré a mi misma pensando en un aparador en particular: un librero alto y espacioso con algunos estantes vacíos acomodado junto a un escritorio de la misma madera y color con libros y accesorios de oficina regados "casualmente" y una silla ajustable y suave que me invitó a sentarme y formar mi propio "algún día" frente a ese escritorio y librero casi lleno. Fue triste después de comparar la comodidad de la silla con la dureza del asiento del metro y todos los materiales y espacio del escritorio con mi pequeño teléfono y su teclado reducido.
Mi conclusión es que ir al tianguis (o al IKEA) si te hace pensar cosas.


Qué particular entrada; me ha gustado cómo lograste atrapar la atención del lector y el ejemplo que usaste para la reflexión de un tema que hemos abordado en clase: la melancolía del deseo dentro del capitalismo.
ResponderEliminarHay una relación problemática con esas tiendas. Ellas al mismo tiempo que nos permiten experimentar (momentáneamente) un estilo de vida soñado, nos hacen conscientes de las carencias; y es ese choque lo que provoca una desarticulación emocional.
No me imagino qué tan profundo ha de ver sido el impacto cultural y existencial en el siglo XIX, impacto cuyas radiaciones aún persisten, aún asombran. Engels hablaba muy mal, por ejemplo, de la disposición urbana de Londres y la lógica de su articulación comercial, misma lógica que siguieron las urbes nacientes, sin posibilidad de redención. Ahora bien, la actitud de Engels podría no parecernos la mejor y, de hecho, no lo es. La actitud airada contra la comercialización del mundo, más allá de su eventual utilización como combustible revolucionario, por sí sola es insuficiente para cambiar el entorno. Hubo otros colegas en el siglo XIX que, ante los escaparates comerciales, empatizaron espectralmente, es decir, la enajenación mercantil no les robó un ápice de supuesta "humanidad", por el contrario, usaron esos mismos corredores féericos para subrayar el carácter amorfo en que yace la naturaleza humana. Ante el hechizo, la máscara sonriente, la articulación empática con aquello desprovisto de alma y ante lo cual podemos ceder de la misma forma, des-animados (sin dolor, sin gozo, sin ira).
ResponderEliminarBaudelaire en IKEA hubiera sido muy "feliz", sólo porque la dicha es justo también un artificio, como todo paraíso lo es. Pero no quisiera dar a entender que esa inoperancia ontológica sea lo único en la vida, también está la lógica de la partición del yo en la multitud, la experiencia de la desobra en la espontaneidad de una lucha social, tal como sucedió con nuestro poeta en la revolución de 1847. La estrategia espectral como modalidad óptima de contacto con la lógica del capital obedece a una actualización del viejo principio del talión, ojo por ojo, espectro por espectro.
Como bien dijo Alejandra, retrataste muy bien la desarticulacion emocional que supone la experiencia contraria--si a caso dialéctica--entre el deseo y la carencia o imposibilidad de consumar el deseo. Y en específico me hizo recordar algo que dice Freud: ante la consumación de un deseo [digamos, aquí de aquirir o comprar algo de un aparador] se erigen limitantes sociales que impiden que compremos el producto. Tal traba en el curso de nuestra experiencia satisfactoria (porque, admitámoslo, comprar lo que nos gusta nos da placer) deviene en frustración. Deliberadamente renunciamos al placer (sea por ejemplo por cuidar nuestras finanzas, pagar la renta, comer, etc.) y ello implica que deliberadamente damos cabida al displacer, la insatisfacción o melancolía. En general, renunciar al deseo deviene en melancolía y la melancolía está condicionada en gran medida por el sistema capitalista, frente a el cual el ser humano no puede empatar sus deseos. Asi que, sí, ir a IKEA seguro nos evoca pensamientos sobre nuestra condición melancólica enfrente de un aparador. :)
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