Baudelaire y la ensoñación del trabajo sexual
A propósito del
texto '‘El pintor de la vida moderna’’ de Baudelaire, en donde presenta una
serie de figuras que pretenden retratar la ‘vida moderna’, es decir, el sentir
del paseante respecto de la ciudad, del observador apasionado que se deja
sorprender por todo lo que le rodea, Baudelaire desmonta la oposición
fundacional de la Ilustración (y de varias teorías políticas, por cierto) entre
lo natural y lo artificial, para trazar
un camino hacia un estética de lo abyecto, de lo no-bello o lo grotesco. Al
respecto nos dice que,
«la mayoría de los errores sobre lo bello nacen de una falsa concepción dieciochesca de la moral. En aquella época se tomó a la naturaleza como base, fuente y tipo de todo lo bueno y de todo lo bello posible. […] la naturaleza sólo mueve al hombre a matar a su semejante, a comérselo, a secuestrarlo, a torturarlo. […] la naturaleza sólo puede aconsejar el crimen.»
Es por ello que
Baudelaire piensa que, si hay virtud y belleza, es porque deben ser
artificiales, sobrenaturales. La moda—dice—es un intento permanente y sucesivo
de reformar la naturaleza.
En este marco es
que se introduce la figura del dandi, la mujer y en concreto, la de la
trabajadora sexual, todos ellos, como atisbos de realidades al margen de la
vida aburguesada e ilustrada, legitimas.
El buen gusto
cortesano había desplazado la representación de la trabajadora sexual por
chocar con la norma académica de la proporción y el velado del cuerpo desnudo,
sin embargo, Baudelaire subraya el carácter artificioso de la belleza de la
trabajadora sexual en contraste con la pintura de academia: las luces de
colores, pelucas, vestidos, el maquillaje, la vida de ensoñación, de fantasía
en medio del espectáculo permanente.
Ahora, alejándonos
del terreno de la estética, es interesante pensar que Baudelaire pretendía más
bien esbozar una actitud sonriente
frente a la trivialidad la vida; así, la trabajadora sexual es--en palabras de
Baudelaire--un ser maligno, sin alma, imbuida en un cansancio que hace las veces
de melancolía, pero también es esta figura alegre, mágica y sobrenatural, en
una fantasía que le provee de los medios para construirse su propia
originalidad. Algo análogo sucede con el dandi. El dandi es un burgués que se
separa de la burguesía, un artistócrata desclasado, una figura de resistencia
frente a la vida aburguesada, que desde una elevación del gusto hace ver al simple burgués como vulgar. Es la
transformación burguesa del gusto cortesano.



Así como en Aristóteles la naturaleza, presente a través de las sensaciones, es muda y asignificativa, en Baudelaire sucede lo mismo, la naturaleza requiere el despliegue de estrategias “analógicas” y simbólicas. Esto, en el lenguaje de Aristóteles, es el juego de los fantasmas, la ejecución ontológica del reino de las posibilidades, abiertas ahora a través de una luz (“tenebrosa y profunda”) que responde al requerimiento de unidad.
ResponderEliminarLa naturaleza es símbolo y es alegoría, al menos así parece serlo en Baudelaire. Sin embargo, aparece también en el poeta francés la concepción gnóstica del dogma ontológico que endosa el mal a la naturaleza, un mal del que no podemos escapara sino a través de las estrategias del artificio. Pero me permito cierta pausa aquí, más allá de la contradicción evidente que, por un lado, nos presente una naturaleza muda y, por otro, una naturaleza preñada de una sustancia maligna que se empela en expresarse constantemente, es posible, al parecer, plantear la maldad justo como lo inefable, como el estado de excepción de toda ley y de toda belleza, pero del cual emergen. Baudelaire nos orilla a saltar a un nuevo nivel del juego espectral, la naturaleza es muda porque así la desea el artificio, requerimos acallar el mal, necesitamos los despliegues constantes de lo bello, de toda ilusión que nos permita prolongar la vida mediante la mentira constante. Esta es la dinámica que, al parecer, Baudelaire empleaba en su contacto con las prostitutas, en especial con la Luchette, cuya calvicie y descomposición dental y anímica podían sobrellevarse con los imperativos del maquillaje, el corsé, los gestos afectados de seducción, etc. La naturaleza, así, no parece más que una enorme Louchette, madre amada de todos nosotros.