A tres décadas de la caída del socialismo
Desde 1989 el orden político internacional sufrió un importante reacomodo de fuerzas, se han rebasado apenas tres décadas pero aún resuenan los nuevos mitemas en colisión desde entonces. Ha quedado claro cuan fácil es el montaje de significaciones históricas y nunca había resultado tan fácil poner fin al decurso de las ideologías.
Pensar hechos, efectos, mitos y retos de la caída del socialismo real implica hacer algunas precisiones, en primer lugar que su lógica originaria fue regional y no internacional, y que esta lógica territorial tenía un privilegio centralista e imperialista. No es exacto hablar de una crisis global del socialismo cuando esto apunta a una casuística focal. Dicho de otro modo, el socialismo como horizonte político no estaba en crisis en la segunda mitad del siglo XX, pero sí lo estaba un gobierno socialista particular cuyo rol en el mapa del socialismo internacional era trascendente pero no único.
Así las cosas, la nomenclatura “caída del socialismo” debe ser reducida a, o definitivamente conmutada por, la de “caída del socialismo soviético”, acotación que nos lleva a ciertas preguntas de carácter fundamental: ¿Qué relación puede dictaminarse entre el socialismo soviético y el pensamiento de Marx? ¿En qué medida el socialismo soviético fue una concreción válida del socialismo marxista? ¿Existe un carácter de necesidad, en los proyectos socialistas, de un apego a las doctrinas marxistas? ¿Puede ser asimilado el pensamiento marxista sin su constitutivo dialéctico?
Intentemos desenmarañar el asunto mediante una distinción primaria, históricamente establecida y de carácter heurístico, entre socialismo ortodoxo y socialismos heterodoxos. No cabe la menor duda de que la asunción soviética fue la versión dominante, incluso imperialista, en el terreno de significantes marxistas del siglo XX, a su sombra lograron divergir y desarrollarse familias “ideológicas” disímiles, no sólo adversas al socialismo soviético sino también adversas entre sí (me vienen a la mente pensadores y activistas como Karel Kosik, Mihail Markovió, Raya Dunayeskaya y un largo etcétera). Naturalmente, no existe un socialismo ortodoxo por dictamen atemporal sino por inducción histórica, y esto lleva a ubicar al marxismo-leninismo como el eje sobre el cual giraron, a favor o en contra, la vasta serie de constructos teóricos socialistas (es necesario aquí aclarar que cuando nos refiramos a socialistas heterodoxos debemos excluir a los marxistas de corsé, como aquellos priístas que han llegado a ser presidentes de la Internacional Socialista).
Una aclaración más, el marxismo-leninismo, como eje de la ortodoxia soviética dominante, no obstante su ofrecimiento nominal, no implicó una relación biunívoca con Marx, incluso podría tratarse del rompimiento de la pretendida isomorfía política, podría tratarse de la encriptación de algo que la historia ha dictaminado como una incorrección política: el stalinismo.
No es el lugar aquí para enfrascarse en el ámbito semántico de los socialismos, basta con comprender la distinción entre un discurso socialista hegemónico, imperialista y teniente de recursos, y los socialismos divergentes, llamados aquí “heterodoxos”. Hablar de caída del socialismo implicaría, al menos, realizar una importante acotación, aquella que sitúa la catábasis en un ámbito focal históricamente dado y que, por la posición central en que se dio, atrajo reacciones consecuentes en las regiones satelitales, cuya circunstancia era propicia para el desmantelamiento de gobiernos parasitarios.
También debemos estar atentos y no pensar la tipificación “ortodoxia-heterodoxias” en términos maniqueos, no es un juego de luz y sombras sino una compleja red de claroscuros multívocos y confusos. El discurso socialista dominante, evidentemente, había incorporado las llamadas tres fuentes del marxismo: el socialismo francés, la economía inglesa y la dialéctica alemana. Me centraré en esta última. Lenin, en su célebre texto ¿Qué hacer? cita la “rareza bibliográfica” de Engels dedicada a Las guerras campesinas en Alemania: “Sin la filosofía alemana, que le ha precedido, sobre todo sin la filosofía de Hegel, jamás se habría creado el socialismo científico alemán, el único socialismo científico que ha existido”. El valor de la formación hegeliana está obviado, sin esta formación la lucha socialista caería en las garras del activismo estéril y en el anquilosamiento doctrinal, pues el razonamiento se enfrenta a lo móvil y debe ser autocrítico, de ahí que la revolución no quepa sólo en las acciones sino también en las ideas: “sin teoría revolucionaria no hay revolución”.
El socialismo soviético de extracción leninista había abrevado del mejor recurso filosófico, el avance revolucionario se pensaba en términos dinámicos (tantos pasos al frente, tantos pasos atrás) y el mismo Lenin, actuando contra la corrección doctrinal que condenaba todo a rajatabla todo uso de “propiedad privada”, ante la crisis del agro soviético posrevolucionario, fue capaz de otorgar títulos de propiedad a campesinos para incentivar la producción agraria. Pero fue una desgracia que las noblezas filosóficas de Lenin cedieran ante los embates de una actitud cada vez más estrecha, que terminó por secuestrar el pensamiento crítico confinándolo en las mazmorras de un cientificismo del todo ajeno a la raíz dialéctica del marxismo.
A decir verdad, fueron pocos los líderes socialistas capaces de procesar el hegelianismo sin terminar en la indigestión azorada que buscaba su alivio en los certeros manuales del Diamat y del Histmat, así encontramos, sección por sección en el mapa socialista, a líderes con una precaria formación dialéctica, más prontos al atrincheramiento que a la autocrítica, a fin de cuentas ¿no estaban ya establecidas las verdades?
La historia de México también conoció lastimosas beligerancias entre socialistas ortodoxos y heterodoxos, la serie de desencuentros entre la dicotomía impuesta por la ortodoxia soviética vigente opacó, pero no pudo eliminar, el brillo con el que algunos pensadores socialistas intentaban abrir paso al pensamiento crítico. La situación reinante fue la tensión operada por las movilizaciones de un proletariado sin cabeza cuyos resultados eran ambiguos, el caos instaurado en las resistencias brindaba síntomas híbridos, propios del movimiento intestino del capitalismo. Por un lado, organización popular, universitaria, sindical… por otro, ensamble de mitemas, autocomplacencias y mezquindades políticas. A este proletariado dinámico debemos, sin duda, el trenzado complejo de los movimientos estudiantiles y laborales de la segunda mitad del siglo XX en México, y seguramente en su serie de luchas puede ser depositada la construcción de una sociedad menos vertical, sin embargo es necesario verlos sin el halo romántico que otrora impedía explicitar su interpretación literalista de una dilatada tradición de textos críticos que debían dar identidad dialéctica al marxismo, pero que, en el descuido hermenéutico, motivado acaso por el activismo coyuntural permanente, eran sometidos a una actitud maniquea que acartonaba el escenario de la, así entendida, “lucha de clases”. Pero es que ¿cómo sustraerse a la tentación del socialismo ortodoxo? Las herramientas bibliográficas con que se podía contar en términos efectivos estaban filtradas por el dominio soviético; en sus mejores años, la Editorial Progreso surtió a muchos movimientos con sus traducciones de obras selectas de Marx, Engels, Lenin, Stalin y diversos especialistas soviéticos en “comunismo científico”, la peculiar imagen del mundo que se ofrecía colindaba con la semántica religiosa: la historia tiene un final irrevocable predeterminado por férreas leyes develadas por el materialismo histórico y dialéctico, y al cielo del comunismo se llegaba por la vía del purgatorio, hendidura social de hipóstasis de la violencia y la dictadura (del proletariado, claro está).
Afortunadamente, como decía Ernst Bloch, lo mejor de la religión es que produce herejes, y el socialismo, como religión civil, no fue la excepción. Gracias a los heterodoxos podemos contar con un socialismo menos risible, uno que irradia un haz de múltiples tonalidades, poliedro complejo capaz de proyectar luces entrañables. Por ellos el socialismo es capaz de sobrevivir a su propia autopsia, y a dictámenes generalizadores como el del Dr. Enrique Semo, historiador del capitalismo en México, quien ha dicho que “algunos postulados de la teoría marxista han probado hace tiempo su carácter utópico. Ya nadie cree que la revolución socialista asegura la abolición de la religión, el Estado, el dinero, el nacionalismo y las guerras entre países socialistas”.[1] Entendamos bien, las críticas hechas al socialismo tienen un destino que debe ser contextualizado adecuadamente, la ortodoxia soviética difícilmente se salva, es cierto, pero eso no valida su generalización respecto al “socialismo” en cuanto tal.
Retomemos algunos de los cuestionamientos al inicio plantados, ¿es válido ligar el socialismo “realmente existente” al “socialismo” tout court? Examinemos algunas de las posibilidades hermenéuticas. Siempre hubo quien arguyó que el socialismo era un proyecto que tardaría décadas en afinarse, por ejemplo, antes de la caída del socialismo, en el contexto de la Perestroika, el Dr. Sánchez Vásquez interpretaba los cambios en la política de Gorbachev como una oportunidad de oro para construir (¿por vez primera?) el socialismo genuino, para lo cual era necesario, aunque tal vez no suficiente, que el entonces Partido Socialista no se implicara biunívocamente con el Estado para así generar un deseable pluralismo político (sin el desmantelamiento de las condiciones socialistas institucionales). Pero ya sabemos lo que ocurrió, la oportunidad de llevar el patrimonio estatal a la sociedad rusa quedó rebasada por el frenesí de una bestia burocrática.
Además, cabe mencionar que el tiempo no sólo se mide por años, sino también por avances tecnológicos y el grado de explotación de las riquezas naturales y humanas, de lo cual el siglo XX es claro testigo. A la luz de esto, se pudo muy bien cuestionar ¿cuánto “tiempo” sería necesario para esperar el advenimiento del genuino, auténtico, irrevocable socialismo/comunismo? Y aún más, el socialismo soviético (recuérdese que de él hablamos), poseía planes de desarrollo generados a la luz de sus exigencias doctrinales, pero claramente hubo una desproporción en la inversión dedicada a rubros prioritarios para el Estado, como el militar, en relación con aquellos destinados al bienestar social. Por cierto, hay quienes afirman que el problema de fondo no era político o ideológico sino técnico administrativo, pero habrá que valorar a detalle tales interpretaciones.
Y frente a quienes asumen que el socialismo ruso fracasó porque el original modelo marxista no apuntaba a las zonas semi feudales (como las rusas) sino que estaba territorializado en los países con una clase obrera robusta, como la inglesa o la alemana, en quienes ya cabía la posibilidad de crear una conciencia crítica de enajenación capitalista del trabajo, cabe preguntarse: ¿Estos países caminaban inexorablemente, a través de su proletariado, hacia el cumplimiento del sueño socialista? No es necesario ahondar en lo obvio, si el proletariado del tercer mundo hubiese esperado los movimientos de vanguardia política de aquellos se hubieran muerto de inanición esperando a Godot.
Y respecto a quienes piensan que en el socialismo soviético no representó nunca una instancia genuina del verdadero socialismo (científico), cabe recordar un principio de dialéctica hegeliana: entre lo real y lo pensado siempre existe unidad esencial. Nadie puede negar que en Europa del Este el “socialismo” no respondió a una “negación determinada” de lo existente, no surgió por revolución sino por imposición imperialista, por lo que hasta cierto punto es válido hablar de un “socialismo realmente inexistente”, pero respecto a la URSS es imposible utilizar el mismo argumento, ahí se dio, se quiera o no, una concreción real de la teoría. Pero el problema se revierte: ¿la teoría de quién? ¿Marx? ¿Lenin? ¿Stalin? Aquí es donde se dividen las opiniones, los marxistas heterodoxos dirían que, definitivamente, de Marx no es, o bien que sólo en su principio lo fue, pero que se desvirtuó aceleradamente después de la muerte de Lenin.
Recuperemos lo que habíamos planteado arriba, la caída del socialismo soviético, y del socialismo europeo y asiático satelital, implicó, efectivamente, un colapso en una extensa región a partir de un epicentro, pero ello no debe implicar la aceptación de una nomenclatura como la de “caída del socialismo”, lo cual es un exceso, una manipulación expresa del oportunismo neoliberal (cf. los textos de Francis Fukuyama distribuidos a finales de los 1980 a través de las embajadas norteamericanas). No es inocente afirmar que Dios había resucitado entre luces de neón en medio del supermercado global para poner fin a la tensa polarización de la guerra fría para dar paso a la eternidad espiritual de una comunidad humana resuelta en sus contradicciones.
El entusiasmo liberal hinchó las venas ¿quién no querría ser parte de la selecta generación que recién entra en el maravilloso fin de la historia? Pero dicha energía jovial se acompañó de excesos e imprudencias pueriles. Pero el pecado es compartido, recordemos que algo similar ocurrió a finales de los 1920 en el bloque socialista, el advenimiento de la verdadera “comunidad” humana tocaba la puerta del presente.
Ahora toca ver el espectáculo patrocinado por el entusiasmo globalizante, el Espíritu (con mayúsculas) ha puesto de moda un monismo sui generis, que corre desde la filosofía posmoderna hasta la sociedad de consumo; en los planos económicos, los tratados de libre comercio no cesaron de extenderse, las fronteras financieras se expandieron pidiendo la abolición de diques arancelarios, y los mercados regionales se reestructuraron para ser afines a una lógica aglutinante para conseguir mejores beneficios y mayor impacto internacional; en el terreno mediático todo se tornó impúdico, las guerras ya eran espectáculos familiares que pueden ser vistas en la comodidad del hogar... Queda claro que el tono que caracterizó al Espíritu de la época no era el temple ilustrado, republicano y nacionalista del liberalismo clásico, nada que ver, el Espíritu se había desprovisto de sus ropajes meta-narrativos para reducirse a un régimen abúlico de administración judicial. Pero aún en esto fracasó aquella generación de prístinas certezas.
Por último, las transformaciones de la democracia o, mejor dicho, de la idea de democracia, han sido significativas. Entre los viejos socialistas ortodoxos era casi un rito de iniciación la perorata contra la democracia formal del liberalismo burgués y la acalorada defensa del régimen soviético contra las críticas a la falta de transparencia y condiciones democráticas tanto en Rusia como en las naciones anexas. Es claro por qué el marxismo vio con recelo las teorías democráticas liberales, dictaminadas como fenómenos de superestrcutura, eran vistas como conatos permanentemente fallidos ante cualquier desafío social, esto llevó a los socialistas más endebles a una asociación acrítica co-implicativa entre democracia y burguesía liberal. Esto, justo esto, fue el talón de Aquiles de la ortodoxia socialista, la defensa de la democracia fue vista como nefasta secreción ideológica del capitalismo, un intento puramente formal para intentar palear las desigualdades intrínsecas generadas por la propiedad privada de los medios de producción. Lo nefasto y curioso del asunto fue, y aún es en algunos sectores de la izquierda, la incapacidad de redimir los valores que entraña el imperativo democrático.
A estas alturas de la historia queda claro que no toda crítica a los regímenes socialistas carentes de garantías democráticas implicaba una subordinación ideológica al capitalismo. Entre las pocas certezas que nos quedan está ésta, la defensa de un socialismo genuino no excluye la defensa de los imperativos democráticos, aquellos que forman su patrimonio mítico irrenunciable.
[1] Semo, Enrique, “La perestroika vista desde México”, Utopías (4), Fac. Filosofía y Letras, UNAM, 1985



Comentarios
Publicar un comentario